Lunes 28 de Marzo de 2011
América Latina vive un momento rutilante: un crecimiento económico más sólido que en los países desarrollados, un gasto social que va en aumento y un escenario donde los pobres son menos pobres.
Pero la región aún no logra reducir la abismal desigualdad y las cosas prometen seguir por ese camino.
El peligro de que los que menos tienen recojan pocos frutos de la bonanza es que en el largo plazo puede sembrar la semilla de malestar social.
A pesar de todo, la región aún sigue siendo un buen lugar para poner dinero porque se espera que las tasas de interés y el consumo continúen creciendo.
Todas las naciones latinoamericanas, excepto Venezuela, superan el umbral del 0,4 del coeficiente Gini —el parámetro que se usa para medir la desigualdad— que los especialistas consideran como muy alto.
“Ningún país encontró una receta para acabar con la desigualdad”, dijo Marco Antonio Paz, subsecretario de la Secretaría de Desarrollo Social de México. “Se han logrado avances, pero no a la altura de lo que se requiere”, agregó.
La desigualdad surge de puestos de trabajo poco productivos, carencias en educación, vivienda y salubridad que se traducen en menos oportunidades para los pobres.
El gasto educativo en la región ronda el 6% del producto bruto interno (PBI), según la Comisión Económica para América Latina (Cepal) y es similar al de países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (Ocde).
Sin embargo, en salud no rebasa el 5%, frente al 7% de los miembros de la Ocde.
Y aunque las cosas mejoraron, distan de ser buenas.
El Banco Mundial calcula que en Latinoamérica y el Caribe el Gini bajó desde 1995 hasta el 2009 un modesto 7%, en gran parte porque la región creció a un promedio del 4% anual en los últimos 5 años.
Hace más de una década los economistas creían que el crecimiento bastaría para reducir la pobreza y traer igualdad. La realidad no resultó tan simple.
María con sus 12 años es un rostro de esa desigualdad. En su rebozo lleva a su hermano menor dormido mientras pide limosna a los autos detenidos en un semáforo de la capital mexicana frente a las tiendas de Cartier y Louis Vuitton. A unas cuadras, el hombre con la mayor fortuna del mundo, el mexicano Carlos Slim, dirige su imperio desde una oficina vestida con pinturas de Van Gogh y Renoir.
Los contrastes son rotundos en Latinoamérica, a pesar de que hay menos pobreza —en 1999 sofocaba a un 44% de los latinoamericanos y hoy acosa a un tercio de la población.
Los multimillonarios. Pero la brecha en la distribución de la riqueza es inmensa: Slim con sus activos por 74.000 millones de dólares y otros 50 latinoamericanos integran la lista de millonarios de la revista Forbes de 2011. Entre todos suman una fortuna de 334.300 millones de dólares, un monto mayor al PBI de Venezuela. Sólo en el 2010, la riqueza de Slim aumentó en 20.000 millones de dólares.
“Con más crecimiento el ingreso se distribuye más o menos de la misma manera, sólo que hay niveles de ingresos mayores tanto de los más ricos como de los más pobres”, dijo Ernesto Espíndola, experto de desarrollo social de la Cepal.
Hace diez años, el 36% del ingreso iba a parar a manos del 10% de la población más rica, y el 15% se destinaba al 40% más pobre, según promedios calculados por Reuters en base a cifras de la Cepal. Hoy las cosas no cambiaron mucho: los más pudientes se llevan el 34% del ingreso y el 40% más humilde se queda con el 16%. l