Domingo 31 de Julio de 2011
GANADORES. La performance del candidato del PRO, Miguel Del Sel, en las elecciones del domingo pasado fue impactante, por su ascenso meteórico y la aspiradora de votos que pasó sobre el peronismo pero también sobre el Frente Progresista. Sin detenerse en detalles, es bastante evidente que su participación en la contienda fue como representante de la derecha política más nítida y explícita. ¿Su gran elección significa que ganó la derecha en Santa Fe? No necesariamente. El 60% del electorado santafesino votó candidatos a gobernador a dirigentes de espacios que, con todos los peros del caso se construyeron identificadas con una constelación de ideas y discursos asimilables, con criterio amplísimo y voluntarista, a cierta forma de “progresismo”. O, dicho de otro modo, al establishment político consolidado en la renovación de la posconvertibilidad. Opacados por la estrella rutilante del Midachi, los comicios santafesinos mostraron una trama de resultados más variada y compleja que incluye la consolidación de referentes como María Eugenia Bielsa y Miguel Lifschitz, cambios en la composición de representaciones territoriales, reflejadas en los cruces de votos departamentales, y el crecimiento de nuevos espacios. La boleta única favorece esa tendencia a construir votos con mayor libertad, algo que el aparato político y judicial santafesino pretende corregir apelando a normas de la dictadura para imponer pisos electorales a las expresiones que lo desafíen.
BINNER. Sin la empatía que proyecta el aval de Susana Giménez y con la humanidad fruncida todavía por el susto del domingo, la victoria por menos de cuatro puntos de Antonio Bonfatti puede ser analizada desde otra perspectiva. Hermes Binner logró una vez más trasvasar votos a figuras poco conocidas y poco carismáticas. Una virtud suya y de la construcción que lo tiene como jefe. Es probable, incluso, que el triunfo hubiera sido más amplio si el candidato hubiera sido Miguel Lifschitz. En todo caso, la decisión cristalizó el resultado de una pulseada política interna, que no comprometió la victoria. Por escaso margen, es verdad, pero mayor al que le dio el triunfo a Carlos Reutemann en las elecciones para senador nacional en 2009 o el que sacó Lifschitz cuando llegó por primera vez a la intendencia de Rosario. Sin olvidar que en la provincia, la ley de lemas consagró que no fueron los que sacaron más votos a nivel individual. Sin negar que perder 200 mil votos en cuatro años dista de ser gracioso para el oficialismo provincial, conviene sopesarlo con las particularidades que presenta cada elección. En todo caso, fue el mismo Reutemann quien en las últimas legislativas acuñó el axioma: aunque sea por un voto, el ganador es el ganador. La diferencia entre las expectativas y los hechos, y la sorpresa electoral, no le quitan su parte de razón.
PERDEDORES. Agustín Rossi aparece como el gran perdedor de la elección del domingo. Es difícil discutir esa afirmación. Pero se puede ensayar también otra lectura. El candidato justicialista sumó algo más de 100 mil votos desde las primarias y duplicó el caudal obtenido con la candidatura a diputado nacional en 2009. Son elecciones distintas pero, aun en el clima de derrota, es un dato a reconocer el crecimiento de un espacio político que desde su nacimiento lidia con techos muy fuertes. La resistencia del “sistema peronista” provincial, el odio del “campo” y los electores refractarios al kirchnerismo y, en el último tiempo, el abandono y casi traición del gobierno nacional por el que se “inmoló” en 2008. Más allá de los nombres y de eventuales fugas, la tercera fuerza que surgió de las elecciones provinciales parece mostrar un núcleo de votantes bastante seguro de qué quiere votar. Un espacio que seguramente deberá ser tomado en cuenta si la renovación dirigencial del peronismo llega de la mano de María Eugenia Bielsa.
TRAIDORES. La resistencia de un amplio sector del peronismo a la candidatura de Rossi saltó del voto refugio a Perotti en las primarias, al voto a Del Sel. Esta obviedad expresa la disposición de este colectivo, que tiene a Carlos Reutemann como principal referente, a asumir una estrategia de derrota para dirimir la interna partidaria. Los votos son de la gente pero los dirigentes y los aparatos ayudan. La dificultad de armar una estrategia común puede hablar de incapacidades de consenso o de imposibilidades de consenso. Las denuncias de traición sobre Reutemann y otros dirigentes del PJ son tragicómicas. El que avisa no es traidor, y el kirchnerismo siempre supo con quién se juntaba. En todo caso, la ortodoxia provincial expuso que su liderazgo es la condición necesaria para la unidad del peronismo. No al revés. Fuertemente atado por la estrategia del gobierno nacional, el rossismo pagó cara la mala elección de amigos y adversarios. El seguidismo a los senadores reutemistas en la confrontación con el socialismo, la traducción local de la soberbia que bajaba de la Casa Rosada, la nacionalización de la campaña que lo convirtió casi en un extranjero en su tierra, entre otras cosas, señalaron el rumbo que lo llevó a la emboscada. Un aviso para Hermes Binner y la campaña rabiosa para captar votos y aliados conservadores que lanzó apenas se contaron los votos el domingo pasado.
BRUJULAS. Los votos de Del Sel son tan claros ideológicamente que contribuyen en mucho a la definición de los espacios del Frente Progresista y el Frente Santa Fe para Todos. Incluso a pesar de ellos mismos. Queda cada vez más claro que los espacios de acumulación de socialistas y kirchneristas tienen puntos de intersección. La adscripción más o menos entusiasta a una serie de valores y referencias ligadas a la importancia de la política como herramienta de transformación, el papel del Estado en la economía y la sociedad, el reconocimiento de los derechos humanos, cierta vocación por ampliar espacios de decisión democrática, un discurso a favor de una mayor equidad y una mejor distribución del ingreso congregan a muchos de sus votantes. Sin sobrevalorarlos, ubican a esos espacios en las coordenadas de la centroizquierda y, en términos históricos, como parte de la renovación partidaria surgida de la crisis de 2001. Esa opción juntó el 60% de los votos de la provincia. La persistencia de un discurso alimentado por sus dirigentes y por los analistas y formadores de opinión que los orbitan se empecina en cavar trincheras dentro de ese campo común. Rossi pagó caro la concentración del kirchnerismo en el combate al socialismo. El exitismo y la “ampliación de la base de sustentación del modelo”, alteró las brújulas. La presidenta vino dos veces a Santa Fe en campaña. En ambas se dedicó a bardear al gobernador. La última fue, además, en la inauguración de una planta de biodiesel, eslabón final de la cadena del yuyo a la que supuestamente enfrentó durante el conflicto del campo. Conflicto extraño que Rossi todavía está pagando más que los cráneos que lo fogonearon. En esas teñidas no hubo ni una mención a Del Sel ni a Reutemann. El FPV y el PS fueron aliados circunstanciales en la pos 2009, cuando la derrota de la 125 y su correlato electoral, obligaron a reexplorar la transversalidad. El éxito barrió con esa experiencia. La irrupción violenta de Del Sel ubica nuevamente los puntos cardinales. Las lecturas, igual, son desorbitadas. Binner eligió contar el 80% de los votos provinciales como un grito de anticristinismo militante, y salió a seducir el voto gorila con una oferta discursiva acorde.
LOS CAMINOS DE LA UNIDAD. Como en el rating, el minuto a minuto de la política embarca a los cuadros “progresistas” a explorar alianzas inmediatas con los sectores que, más tarde o más temprano, los asaltarán por la espalda en la oscuridad del bosque. En esa búsqueda, estiran como un chicle la tolerancia de un conjunto no menor de electores que construye el voto sobre la oferta de candidatos disponibles con el objetivo puesto en mantener ciertos valores políticos ideológicos que acompañaron la posconvertbilidad. No se trata de forzar alianzas imposibles o coaliciones voluntaristas. Sí de encontrar los puntos de encuentro que le pongan límites a la agenda sobre la que se disputa en el sistema político. Sin exagerar ni extrapolar, hay experiencias funestas en la historia contemporánea de cómo las expresiones más retrógradas de la política llegaron al poder formal sacando provecho de las divisiones y “picardías” de los partidos democráticos.
PRAGMATISMO. Los caminos de la unidad parecen estar más claros para la derecha. Lejos de ensimismarse en guerras de vedettes, sus huestes se arremolinan sobre los golpes más certeros y las figuras mejor rankeadas. Se sube a la 125, al Indec, a las quejas de los organismos internacionales, a Macri , a Alfonsín, Duhalde o Reutemann y a cualquier elección distrital para mantener su capacidad de daño y sus perspectivas de vigencia electoral, en un escenario que empujó a más de uno a bajarse de la elección nacional. En esta revancha no importa si el que mide más es Macri, Del Sel o Idi Amín Dada. Allí se concentra el voto. El pragmatismo es un activo de la derecha, que no se jacta de la duda.
ANTIPOLTICA Y BRONCA. ¿El voto a Del Sel es antipolítico? No. El voto a Del Sel es recontrapolítico. El cómico es la fachada de un sector del peronismo y de la derecha no peronista que busca recuperar la centralidad perdida con el corrimiento del espíritu de época pos 2001. Su corta carrera política lo blindó de la contaminación de los debates políticos de la vida cotidiana. No tuvo que explicar no sólo qué va a hacer con la EPE, los acueductos provinciales o la gestión de la seguridad. No tuvo que explicar nada. Y nadie se lo pidió. Esa era la condición para concentrar los votos de los que no están de acuerdo con la relación actual de las hegemonías políticas. El voto a Del Sel es un voto ideológico, romántico en el peor sentido y pasional. Va contra la doxa política de la posconvertibilidad pero no contra su doxa económica. Es parte de la búsqueda de la derecha por presentar una oferta que supere su identificación con los 90. Una versión remixada del menemismo que propone representar a los beneficiarios económicos del ”modelo”, y a los que todavía no ingresaron, sin discursos “ideologizados” sobre derechos humanos, sin tolerancia a los piquetes, huelgas, paritarias, trapitos, limpiavidrios, proclamas de redistribución del ingreso o explicaciones complejas del problema de la seguridad.
VACO. Esta apuesta restauradora se sirve de la banalización y/o pasteurización de las consignas que acompañaron la construcción del “modelo”, entre la rebelión del 2001 y el primer kirchnerismo. El modelo vive una suerte de momento termidoriano que lo convirtió en el régimen. Los jacobinos de ayer hoy son directores de empresas. La lucha política se licúa, y el voto disconforme se disfraza de “antipolítica”. Si la discusión es si Santa Fe creció un punto más o encima de la Nación, es difícil armar un gran relato que divida aguas. Y ese vacío no es reemplazado por la versión oficialista y banalizada de las grandes luchas épicas del pasado.
AGENDA. Aparecen, en este punto, problemas a de agenda política que deben tomar en cuenta los sectores progresistas. Está recontraexplicado el papel que juega en el armado de inteligencias electorales la búsqueda de equilibrios, el valor de la territorialidad, la aversión a los excesos discursivos y a la soberbia. Esto parece estar funcionando en las últimas elecciones. No necesariamente significa pacatería o conservadurismo. A lo mejor es la voluntad de sacarle la grasa ciertas a discusiones, por más que se consideren válidas. Pero también desnuda los puntos oscuros del modelo que se pretenden ocultar con exitismos y consignismos. El crecimiento a tasas chinas no alcanzó para insertar en los beneficios económicos a un amplio sector de la población que navega en los márgenes del sistema por lo bajo y precario de sus ingresos. La precariedad laboral, el déficit de vivienda, el rigor que le hace sentir la impunidad del mercado inmobiliario, la escasez de oportunidades y la desigualdad y la inseguridad son la contrapartida del modelo de “tipo de cambio competitivo”. El efecto de la inflación es, este segmento, fatal. Es difícil que una persona que se ve condenada a una constante carrera por su poder adquisitivo no lo tome como una herramienta de impugnación a la política. Más allá de la histeria antipolítica, el modelo tiene que asumir una agenda compleja y hasta ahora ninguneada.
OCTUBRE. En el corto y mediano plazo, el previsible foquismo electoral de la Región Centro promete convertir en “eterna” la llegada de octubre para Cristina. No tanto por la posibilidad de la oposición de articular proyectos que le compiten sino por su poder de daño. A la derecha todo le sirve para cavar trincheras. Shocklender, la inflación, las quejas de los ruralistas, y las victorias territoriales de quien quiera que sea que no huela a K. Puja por convertir cada traspié oficialista en un relato, y Biolcati, con su anuncio sobre el fin de la larga noche ya se anotó para reeditar la 125. Es una ilusión reeditar un conflicto de esa magnitud pero, como en las elecciones, a falta de candidato para la general se pueden potenciar los resultados de las elecciones locales. Hay muchos conflictos posibles de ser activados. Y la limpieza cristinista en el armado de las listas nacionales invita a auscultar cómo se interpreta el actual escenario en la CGT o el conurbano bonaerense. A favor de Cristina, y a pesar de Binner, puede jugar el miedo a atropellado por el tren fantasma.
ESCENARIOS. Sin exagerar el efecto de las elecciones distritales, se asoma una amenaza al estatus político que se afincó en los últimos años. Un sistema de representación que no cuestiona el poder económico pero que intenta civilizarlo. istintos sectores políticos de partidos tradicionales asumieron esa agenda, en buena medida como condición para reconstituir su relación con la sociedad. Ahora, asustados por un supuesto “voto bronca”, algunos se tientan con transitar la ruta de la restauración. Un guiño a la derecha que, pese al ropaje de novedad, muestra la hilacha al desempolvar una norma de la dictadura para birlarle a Proyecto Sur una banca en la Cámara de Diputados de la provincia.