Natalia Filoni maneja en las líneas 131 y 132 desde hace cinco años. Fue chef, taxista y arbitra partidos de vóley. Y no le tiene miedo a manejar de madrugada
Domingo 08 de Marzo de 2026
A las 4.40 de la mañana, cuando todavía es de noche y Rosario recién empieza a despertarse, la colectivera Natalia Filoni ya está arriba de una unidad del Transporte Urbano de Pasajeros (TUP). Tiene 46 años y desde hace cinco maneja en las líneas 131 y 132, que se internan en la zona sur profunda de la ciudad, llegando hasta barrios como Puente Gallego y Tío Rolo.
Es una de las mujeres que ingresó en los últimos años gracias a la aplicación de la ordenanza que creó el Registro de Conductoras. No tiene un servicio fijo. Un día le toca un horario, otro día otro. Lejos de incomodarla, dice que esa dinámica le gusta. “Va cambiando el recorrido y no se vuelve monótono. A veces te descompagina la vida cotidiana, pero lo disfruto”, cuenta.
Manejar de noche
En esos barrios del sur, asegura, la mayoría de las caras se repiten. “Son barrios normales, como muchos que hay en Rosario. No tenemos grandes problemas de inseguridad. A veces aparece algún adolescente que tira una piedra y rompe un vidrio, pero la mayoría es gente laburante. Nos conocemos todos y suelen ser muy amables y respetuosos”, describe.
En los servicios nocturnos, entre las 10 de la noche y las 5 de la mañana, las unidades cuentan con policías que realizan adicionales. De todos modos, Natalia dice que nunca tuvo miedo arriba del colectivo. “Nunca tuve problemas. Con el tiempo uno aprende a reconocer a la gente que sube”, relata.
Su relación con los vehículos empezó mucho antes de pensar en manejar un colectivo. A los 8 años su papá la subió por primera vez a una Zanella. A los 12 ya manejaba una Ford F100 con la clásica palanca de tres cambios en el volante. Su papá era verdulero y el furgón formaba parte del trabajo cotidiano. “Siempre me gustaron los fierros”, dice. Tuvo varias motos grandes y a los 18 años ya tenía su primer auto.
Gastronomía y taxis
Sin embargo, durante mucho tiempo su vida laboral estuvo lejos del volante. Estudió para chef y trabajó durante años en gastronomía, principalmente en cocinas de clubes, restaurantes y buffets. Vivía en Granadero Baigorria y hacía doble turno, un ritmo que terminó volviéndose muy exigente. “La cocina me apasiona y la sigo amando, pero era muy cansador”, recuerda.
En paralelo, desde hace casi 30 años es árbitro de vóley, una actividad que todavía mantiene. Entre el trabajo gastronómico y los partidos de los fines de semana, había días en los que salía de su casa a las seis de la mañana y volvía recién de madrugada. El cambio de rumbo llegó cuando empezó a trabajar como taxista. Lo hizo entre 2011 y 2019, y recuerda esa etapa con entusiasmo: “Me encantaba ser tachera. Si podía hacía doble turno porque me gustaba mucho manejar”.
En 2019 tuvo su primera oportunidad para entrar al sistema de colectivos urbanos, en la empresa Movi. Pero poco después llegó la pandemia y todo se frenó. Como tantos otros trabajadores, tuvo que reinventarse. Con su propio auto hizo repartos para aplicaciones como Glovo y también realizó entregas de módems para Cablevisión. “Nunca tuve problemas para rebuscarme y ganarme el mango”, dice.
El "primer amor"
En 2021, cuando la actividad empezó a reactivarse, volvió a ponerse en contacto con otras mujeres que también habían quedado a mitad de camino en el ingreso al sistema. Se organizaron y siguieron insistiendo hasta que un grupo fue convocado por la empresa El Cacique. Hicieron las pruebas y quedaron seleccionadas. Tiempo después la empresa se disolvió y fue convocada nuevamente por Movi. “Volví a mi primer amor”, resume.
Para Natalia, manejar un colectivo es mucho más que conducir. “No es solamente subir y manejar. Es un combo de cosas. Tenés que tratar con la gente, tener paciencia, ser amable. Si no te gusta el trabajo, por más que el sueldo sea bueno, se hace muy difícil”. Dice que el arbitraje deportivo le dio herramientas importantes para el trato cotidiano con los pasajeros: “Te enseña a manejar situaciones con la gente. Vas incorporando comprensión y empatía”.
También habla del peso de la responsabilidad. “Llevás a un montón de personas arriba del coche. Tenés que ser consciente del cuidado que eso implica”. En cinco años asegura que faltó muy pocas veces a tomar servicio: “Solo cuando tuve dengue y una infección. Soy muy cuidadosa con mi trabajo”, insiste.
Hombres y mujeres
Muchos pasajeros, cuenta, le dicen que perciben diferencias entre hombres y mujeres al volante. “A veces sienten que la mujer es más amable o más comprensiva, que arrimamos más el coche al cordón o manejamos con más delicadeza. Pero eso no quiere decir que los hombres no lo hagan bien. Tengo compañeros varones que son excelentes”, aclara.
Para ella, el crecimiento de mujeres conductoras también tiene que ver con la evolución tecnológica de los colectivos. “Si esto hubiera sido hace 20 años, cuando los coches eran mucho más duros, no sé si hubiera podido sostenerlo físicamente”, explica. Antes los vehículos tenían cambios manuales, dirección más pesada y suspensiones mucho más rígidas. “Hoy un coche nuevo lo doblás prácticamente con un dedo. Los cambios son automáticos, no tenés que pisar embrague y el freno es una seda”, detalla.
Aun así, reconoce que no es un trabajo para cualquiera. Ha visto compañeras que se suben y rápidamente se dan cuenta de que no es lo suyo: “No es lo mismo venir de trabajar detrás de un mostrador y de golpe manejar un colectivo. Tenés tránsito, peatones, señalizaciones, todo al mismo tiempo”.
El trabajo
Al principio, admite, el tamaño del vehículo impone respeto. “Lo ves y pensás que es una monstruosidad y que nunca vas a poder manejar algo así. Pero cuando lo lográs, la sensación es muy buena”.
Hoy comparte el trabajo con mujeres de distintas edades, de 25 a 52 años. Algunas son madres y tienen que combinar el volante con la vida familiar. Otras son más jóvenes y recién empiezan. “La edad no es lo que más se mira. Lo importante es el perfil y las pruebas”, explica. El proceso de selección incluye simuladores, prácticas en el autódromo, conducción en la calle y evaluaciones psicológicas.
Después de varios años arriba del colectivo, Natalia sigue sintiendo que está donde quiere estar. “Es un trabajo digno. A mi edad no es fácil encontrar algo estable, que te permita proyectar, pagar tus cosas y tener sueños”. Y cada vez que arranca el motor para salir a recorrer la zona sur, vuelve a confirmar que, para ella, manejar siempre fue mucho más que trasladarse de un lugar a otro. Es, simplemente, lo que más le gusta hacer en el mundo.