Cultura

Los movimientos de la memoria

La escritora Laura Alcoba presentó en el Museo de la Memoria su novela La casa de los conejos (Echasa), en que reelabora su experiencia de infancia en una casa de militantes montoneros. Una visión emotiva de una historia desgarrada por las pérdidas y el dolor.

Martes 29 de Abril de 2008

"El origen del libro es la dificultad de estar vivo", dijo la escritora Laura Alcoba, al presentar en Rosario su novela "La casa de los conejos", en la que reelabora una experiencia de infancia en que se asocian la última dictadura militar, la militancia clandestina y la vida en el marco de la represión.

Alcoba (La Plata, 1968) vive en Francia desde los diez años. "La casa de los conejos" (Manège, en su versión original, en francés) apareció con el sello Edhasa y fue presentada el miércoles en el Museo de la Memoria de Rosario, ante un público que colmó el hall de la Estación Rosario Norte.

Siendo una niña, Alcoba compartió la militancia clandestina de sus padres, ambos integrantes de Montoneros. La casa aludida en el título fue uno de los lugares donde vivió con su madre y otros militantes, entre ellos Diana Teruggi. Tras la pantalla de un criadero de conejos funcionaba allí la imprenta donde se hacía el periódico Evita Montonera.

Alcoba y su madre abandonaron la casa de que Diana Teruggia diera a luz a Clara Anahí Mariani, una de las bebés que fue secuestrada por la dictadura y cuyo paradero todavía no fue determinado.

"Llevé el libro adentro mucho tiempo. Lo empecé a escribir en 2003. El punto de partida fue el problema de haber sobrevivido, sentir una culpa muy grande, pensar por qué nosotros, mi padre, mi madre y yo nos salvamos habiendo estado con tanta gente que está del lado de los desaparecidos", dijo Alcoba, luego de una introducción en que el escritor y periodista Pablo Makovsky se refirió al modo en que la infancia y la ficción se tramaban en el libro.

Alcoba contó que comenzó por escribir fragmentos desconectados, a los que llamaba instantáneas: "Era reconstruir el álbum que tenía en algún lugar". En principio trabajó con las voces de dos personajes, uno adulto y otro infantil, hasta que resolvió privilegiar el segundo. "De la voz adulta quedó un marco mínimo, el capítulo sobre la palabra embute (el término que designaba el escondite de la imprenta), uno de los primeros que escribí. Embute era para mí una palabra común, aunque yo sabía que no había que repetirla fuera de casa", precisó.

"El embute" fue uno de los títulos que consideró para la novela. En la edición francesa quedó descartado porque su pronunciación podía ser asociado a la de "l´embut", el gol. Y en la edición argentina, el editor consideró mejor "La casa de los conejos", que también había sido uno de los títulos pensados por Alcoba durante la escritura. La palabra embute, de origen lunfardo, fue de circulación corriente entre los militantes de los 70, para designar el escondite de todo lo que podía ser comprometedor, en general armas o publicaciones.

No obstante, para la autora el mejor título es el de la versión francesa, "Manège". Una palabra cuya carga de sentido se pierde en su equivalente castellano, calesita. "Manège evoca el movimiento de la memoria, esos recuerdos que giraron sobre sí mismos en mí como una calesita obsesiva", dijo Alcoba, quien confesó que "durante dos años y medio" -hasta que llegó a Francia- se abstuvo de preguntar a su madre qué había pasado con los otros ocupantes de "la casa de los conejos".

Otra decisión gravitante en la novela fue su distanciamiento de posturas cristalizadas respecto a los años 70. "Quise evitar tanto la trampa de la reivindicación como la trampa del cuestionamiento generacional", dijo Alcoba.

Los cruces de biografía y ficción son el soporte formal de la novela. "El material es autobiográfico -destacó la autora-. Las escenas son todas auténticas, o tal como las tengo en mi memoria. Pero yo quería que el libro se leyera como una novela: cuando una historia se lee como ficción, el lector se la apropia. Trabajé los silencios. Quise sugerir y no decir; explicar mi dolor me parecía una exhibición obscena".

La biografía marcó también el momento de inicio de la escritura -cuando Alcoba regresó al país y visitó la casa en que había estado escondida, con su hija- y sus problemas: "El origen del libro es la dificultad de estar vivo. Y otra dificultad era cómo podía hablar de una militancia que yo no había elegido y de la que mis padres nunca hablan".

"La casa de los conejos" fue traducida del francés por Leopoldo Brizuela. "No quise hacerlo yo -dijo Alcoba-. Hubiera sido escribir otro libro. Leopoldo hizo un trabajo excepcional y extraño, más que una traducción, porque fue trabajar con una lengua de origen ausente".

La presentación tuvo momentos emotivos y se prolongó en un extenso debate. Laura Alcoba destacó además la concepción de la Museo de la Memoria de Rosario, "un lugar donde se reciben creaciones, donde hay creaciones vivas y no se tiende a museificar, con todo lo que eso significa".

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