Miércoles 21 de Junio de 2023
El próximo miércoles 28 de junio, la exitosa novelista Viviana Rivero llegará a Rosario para presentar su último libro, Apia de Roma, publicado por Planeta. La cita es a las 19 en la Sala Lavardén (Sarmiento y Mendoza), con entrada libre y gratuita (estarán disponibles previamente en la boletería del teatro). En la ocasión la autora dialogará con la periodista Gachy Santone.
Apia de Roma es una historia de pasión, violencia y superación femenina en pleno apogeo del Imperio Romano.
Apia Pópulus está a punto de perder a su madre. A pesar de su corta edad, conforme a las costumbres imperantes, contrae matrimonio con Salvio Sextus, un próspero comerciante de perlas de edad avanzada.
En el Palatino, el barrio más encumbrado de la ciudad, la joven debe revestirse con una coraza para enfrentar la vida con alguien a quien no ama, cumplir con sus obligaciones de ama y defender su casa de las confabulaciones políticas. Roma es un hervidero repleto de intrigas. Tras el asesinato de Julio César en el Senado, Marco Antonio y Octavio, el futuro emperador, se disputan el poder. Los crímenes están a la orden del día y Salvio Sextus teme por su vida.
Apia soporta con estoicismo la tiranía de su esposo y el ataque constante de Senecio, el hijo de éste. Como si fuera poco, se ve forzada a aceptar los humillantes juegos de dominación a los que, en su condición de mujer, la somete uno de los poderosos de la ciudad. Su único apoyo es su fiel esclava Furnilla. Juntas forjarán una alianza inquebrantable y lucharán por abrirse camino en un medio hostil. Hasta que la aparición de Manius Marcio, un atractivo centurión, trastoca la vida de Apia y le permite descubrir sentimientos y sensaciones que jamás había experimentado. A partir de ese momento tendrá que hacer equilibrio entre dar rienda suelta a su apasionado romance y pelear su lugar en un mundo de negocios patriarcal y misógino.
Narrada en dos tiempos, esta novela relata una historia de pasión, violencia y superación en pleno apogeo del Imperio Romano. Con su habitual maestría para construir tramas apasionantes, la cordobesa Viviana Rivero retrata a una mujer que hace frente a los mandatos y las imposiciones de su época en pos de la igualdad, la independencia y el amor verdadero.
Así escribe Viviana Rivero: el primer capítulo de “Apia de Roma”
Año 35 a. C.
El cielo se desplegaba estrellado sobre la gran ciudad del mundo antiguo. Roma la bella, la que enorgullecía a sus ciudadanos, la perla de Occidente, aquella que representaba lo civilizado y organizado en contraposición a los pueblos bárbaros, esa noche mostraba su extraordinario perfil de titánicos edificios encolumnados bajo la luz de la luna. También esparcía sus aromas, pero por sobre todo hacía oír sus murmullos. Cada noche la ciudad tenía los suyos; a veces eran claros; en otras oportunidades, distantes; pero sus aires siempre musitaban algo. Sus habitantes decían que Roma hablaba y tenían razón. Tal como si fuera una mujer y sus sonidos, palabras que delataran su estado de ánimo, ella les hacía saber cómo se sentía. La urbe amada por los romanos y temida por sus enemigos, porque cada victoria se festejaba en sus calles con el paso de los derrotados atados con cadenas a los carros triunfales, esa noche se pronunciaba como lo hacía cada jornada al caer el sol.
Los murmullos en sus aceras hablaban de cambios, susurraban que un sistema político iba dando lugar a otro. Desde que Julio César había sido asesinado, la venerada República tímidamente iba extinguiéndose para dar nacimiento al Imperio, donde Octavio ordenaba, decidía y dirigía como un auténtico emperador, aunque aún no se hacía llamar así.
Claro que nadie conversaba abiertamente del cambio; decir las palabras equivocadas en voz alta creaba situaciones peligrosas; incluso, hasta podía perderse la vida por ello. Pero los murmullos de la ciudad sí se animaban a expresar lo que las personas no. Los muros de Roma exhalaban transformaciones y estas se anunciaban con rumores.
La casa de Apia Pópulus no era la excepción; allí el aire también hablaba de cambios aunque no fueran por motivos políticos sino personales, más bien personalísimos.
A pesar de la hora, las luces de la lujosa vivienda fueron prendiéndose una a una; el esclavo encargado de la tarea encendió las lámparas de los salones grandes. El senador Tribunio, el vecino más cercano, seguramente vería la luz y vendría a preguntar si sucedía algo malo.
Una voz femenina se escuchó en el cuarto de Apia.
—Mi señora, despierte, ha sucedido… —dijo la muchacha suavemente a su joven ama.
Deseaba despertarla sin sobresaltarla. Llevaba un candelabro en la mano, pues lo que ocurría era demasiado importante como para perder el tiempo prendiendo las lámparas de aceite del cuarto. Antes de realizar cualquier actividad trivial debía ponerla al tanto.
Apia se movió entre las sábanas de lino claro de su cama, su larga cabellera enrulada y castaña se enredó en los flecos del cojín; la voz que la llamaba parecía provenir de otro mundo. Abrazó un almohadón de frisa color verde y trató de pensar con claridad. La noche anterior, sola, sentada en la cocina de la casa, con la intención de apagar las preocupaciones, había bebido varias copas de vino que ahora eran las culpables de que no entendiera lo que estaba sucediendo.
Confundida, se sentó en la cama, miró hacia la ventana y no halló los rayos de luz que anunciaban que el día comenzaba, sino que vio las cortinas de terciopelo que tapaban la enorme abertura de su cuarto. Parecía que aún no habían sido corridas porque el día todavía no empezaba. Miró mejor y entonces tuvo la certeza que puso en palabras:
—Es de noche…
Cada mañana, Furnilla, su esclava, la despertaba deslizando el cortinaje dejando que penetrara la cantidad exacta de luz que su señora quería a esa hora a través del lapis specularis transparente que hacía de vidrio. Pero esta vez parecía no haber hecho su trabajo, pues la noche de verano aún mantenía su densa oscuridad bajo el canto de los grillos.
Furnilla por un momento se preocupó. Su ama no acertaba a comprender lo que estaba sucediendo y parecía estar a punto de enojarse porque la había despertado. Era urgente que cayera en la cuenta de la situación.
—Mi señora, ha sucedido. Usted me dijo que le avisara de inmediato sin importar la hora. El amo Salvio…
Las palabras penetraron en el cerebro de Apia y creyó en tender. Recordó que esperaba esa noticia desde hacía semanas.
—¿Él…?
—Sí, señora, su marido ha muerto.
Apia cerró con fuerza los ojos y lanzó un largo suspiro. A sus veinticuatro años, después de casi una década de matrimonio, su vida estaba a punto de cambiar. Aunque no sabía si para mejor o para peor.
Bajó los pies de la cama, pisó la gruesa alfombra colorida traída de Oriente y, recobrando la compostura, dio a Furnilla las órdenes pertinentes.
—Que los criados avisen de inmediato a Senecio y a las personas de las pompas fúnebres —dijo refiriéndose al hijo que tenía su marido de un anterior matrimonio del que había enviudado. Su hijastro Senecio Sextus era un hombre casado, con bastantes más años que ella, que había estado muy atento al devenir de la enfermedad de su padre. Sabía que tras la muerte de Salvio, él quedaría como el nuevo pater familias y, por lo tanto, con el poder total. Eso desencadenaría una serie de cambios en la existencia diaria de todos, incluida la vida económica de Apia.
—Bien, señora, mandaré a uno de los criados a la residencia de Senecio. Y quédese tranquila, que ya le pedí a Liam que vaya a la funeraria —dijo refiriéndose al liberto que trabajaba para la casa.
Apia la miró agradecida, aunque enseguida se arrepintió. Desde niña conocía la regla de oro: nunca agradecer a un esclavo, ni siquiera con la mirada. Pero Furnilla le era demasiado útil y fiel; además, la situación la había pillado dormida, por lo que no habría podido reprimir esa mirada, aunque hubiera querido. La chica siempre parecía entender qué necesitaba antes de que se lo pidiera. Tal vez, porque tenía su misma edad o porque era de Britania. Se decía que eran los mejores y más útiles es clavos. O, simplemente, la plegaria que le formuló a la diosa Orbona el día de su matrimonio había sido atendida. Le había pedido que le enviara a alguien en quien confiar y la deidad se la había mandado. Desde que se había desatado la guerra con Senecio, un par de años atrás, su compañía le venía muy bien. Porque el hijo de su marido, al ver que ella no quedaba embarazada, había buscado por todos los medios quitarla de la casa y de la vida de su padre. Y si no lo consiguió fue gracias a Furnilla, quien se había transformado en un escudo de ojos y oídos a la hora de cuidar a su señora.
Pero el destino había actuado de forma caprichosa: ahora, el que ya no estaría en la casa sería su esposo porque después de una larga convalecencia acababa de morir.
—Prepara el vestido que usaré hoy —pidió Apia a la muchacha mientras se ponía de pie. La ropa de dormir de seda liviana, blanca y con finos breteles y tres lazos en el frente le llegaba a los pies.
—Sí, señora —respondió inclinándose Furnilla.
Apia caminó descalza hasta la puerta del cuarto y de allí salió al pequeño patio cubierto ubicado en el centro de la casa al que llamaban «atrio». A este, daban varias habitaciones de la residencia, incluida la que ella dormía. Avanzó por este hasta llegar a las cortinas del tablinum, la sala principal donde se recibían las visitas, las corrió y cruzó por la galería al peristilo, el gran patio verde lleno de árboles que se encontraba al final de la casa. Las paredes se hallaban pintadas de color azul muy vivo y a este daba el gran cuarto matrimonial. Ella, en otra época, había dormido allí con su marido, pero hacía tiempo que se había mudado a una de las alcobas que daban al atrio que, aunque era más pequeña, tenía una puerta que conducía al exterior de la casa. Esto le había gustado desde el principio porque le había otorgado más libertad de movimiento y podía salir a la calle sin necesidad de que todos en la casa se entera ran. Desde que había quedado postrado, instalaron a su marido en el dormitorio principal.
Apia llegó al aposento donde él había permanecido acostado desde que empezó a sentirse mal. Apoyada sobre el marco de la abertura, lo observó: el cuerpo de Salvio permanecía inerte, tapado de la cintura para abajo con una sábana color celeste. Su ubicación le permitía ver la cabeza calva por completo, pero no el rostro. «Mejor», pensó, no deseaba hacerlo.
De pie, al lado del difunto, se hallaba uno de los sirvientes que lo había cuidado durante el último mes. El muchacho la miró esperando instrucciones, pero ella no le dio ninguna. Sólo se quedó observando de lejos mientras los pensamientos le bullían. Estaba segura de que a partir de ese momento todo cambiaría para ella. No odiaba a ese hombre, pero tampoco lo quería. Simplemente había sido una compañía; por momentos hasta un maestro, pero nada más. En los peores años había llegado a pensar que lo odiaba, pero hacía mucho tiempo que había dejado atrás esa clase de sentimientos. Él ni siquiera la había convertido en madre. Si lo hubiera logrado, hoy sería una matrona romana respetada y no tendría que estar temiendo por su porvenir.
Se acercó al cuerpo y, confirmando la expiración, sus manos se movieron con rapidez y escarbaron bajo el colchón. Al fin podría concretar lo que venía planeando. Buscó y buscó has ta que halló lo que quería: sus dedos tocaron el metal frío, la llave que abría la caja de madera guardada en el cuarto de los papiros. Apia, ya con la llave en su regazo, salió de la habitación y se volvió sobre sus pasos. De camino, se percató que las flores de los canteros del patio habían florecido y que hacían juego con el color azul brillante de las paredes. Le chocó, el conjunto le parecía demasiado alegre en contraste con el rostro de la muerte que acababa de contemplar. Pero ella había aprendido a actuar con la frialdad del metal y se concentró en las diligencias que ahora debía realizar.
Necesitaba encontrar los rollos donde se consignaban los tratos comerciales firmados por su marido; precisaba dar con el contrato de su matrimonio y examinar si había testamento. De bía moverse con rapidez, antes de la llegada de Senecio. Estaba segura de que todos esos documentos se hallaban en la caja de caudales del cuarto de los papiros.
Furnilla apareció con pasos rápidos tras ella.
—¿La ayudo, domina?
—Ven…
Los vestidos largos de ambas rozaron el piso durante el trayecto y enseguida estuvieron frente al arcón. Apia metió la llave en la cerradura y, al girar, comprobó que se trataba de la correc ta. Con ayuda de su esclava, levantó la pesada tapa con tachas de bronce. Observó el contenido: abundaban los papiros.
Apia tomó algunos entre sus manos y los revisó con el pro pósito de dar con los que podían servirle. Furnilla, que adoraba a su ama, la seguía con la mirada atenta porque percibía que se avecinaban tiempos difíciles. Eso, la obligaría a estar más alerta que nunca.
Una vez que separó los rollos que le interesaban, Apia se sentó en el piso. Debía revisarlos en ese mismo momento, el tiempo corría en su contra. Aunque más tarde podría leerlos tranquila, ahora tenía que escoger con cuáles se quedaría y esconderlos antes de que llegara Senecio.
Encontró el testamento, pero no se detuvo a leerlo completo; sabía que el heredero principal sería Senecio. Lo tenía muy claro, así lo estipulaba la ley. En uno de los rollos, tal como lo esperaba, encontró las cláusulas de su matrimonio. En otros, y por sumas importantes, halló los tratos comerciales que ella recordaba haber llevado adelante junto a su marido. Por último, descubrió algunos papiros que nombraban a su padre, Tulio Pópulus. Tomó los que consideró que le servirían y pensó dónde esconderlos; debía hacerlo cuanto antes. Furnilla, que pareció adivinarle los pensamientos, le propuso:
—Escóndalos en el aparador grande del tablinum, donde se guarda la vajilla de la India. Esas fuentes no se tocan, salvo para una reunión grande, y por ahora no habrá ninguna.
—Tienes razón, los guardaré allí —dijo Apia y, poniéndose de pie, mientras iba de camino, agregó—: Furnilla, tú ve preparando lo que necesito para mi arreglo de hoy.
La esclava asintió y, antes de marcharse, para darle seguridad a Apia, le dijo en voz baja:
—Ese aparador es un buen lugar. Al amo Senecio jamás se le ocurriría buscar allí.
Apia asintió. Y tras ponerse de pie, no sólo escondió los rollos, sino que puso la llave con la que había abierto la caja en una vasija de cerámica color dorado que adornaba el cuarto de los papiros. A Senecio le costaría encontrarla mientras que ese tiempo a ella le serviría para leer con tranquilidad los rollos que había apartado. Porque cuando él diera con el testamento querría acelerar los trámites legales.
Minutos después Apia ingresaba al cuarto de las mujeres, la habitación de los maquillajes y peinados, ese lugar que tenían todos los hogares de clase alta y cuyo ingreso se hallaba veda do a los hombres. Furnilla, que ya la esperaba, le acomodó la cathedra para que pudiera sentarse en la silla más cómoda, con apoyabrazos y respaldo, donde su señora pasaba varias horas acicalándose. Apia se sentó frente al tocador repleto de peines, frascos de piedra, cuencos de plata con maquillajes y pinceles; miró su imagen en la lámina que la reflejaba. Se acercó otro poco, quería ver con más nitidez, constatar si tenía los ojos hinchados.
—Al menos mi pelo está bien —exclamó al fin.
Apia Pópulus llevaba su cabello largo y enrulado hasta la cintura. Ninguna mujer romana que se preciara de tal podía llevar su pelo corto; claro que la que no lo tenía largo por obra de la naturaleza lo podía obtener por el arte de los tonsores que hacían maravillosas pelucas. La mitad de las damas de la ciudad las usaban.
—¿Le pido a la tonstrix que venga? —preguntó refiriéndose a la peluquera.
—Sí —respondió Apia.
Ella no iba a la peluquería, sino que tenía su propia tonstrix. Cada mañana la mujer se encargaba de su pelo junto a dos esclavas. No era fácil recoger todo su cabello en un peinado de los que estaban de moda.
—Señora… ¿tomará su desayuno de frutas como siempre?
—No, hoy sólo será un té negro.
Furnilla se inclinó ante Apia y salió del cuarto.
En minutos, las tres mujeres le hacían a Apia largas trenzas y comenzaba la ardua tarea de lograr un recogido con ellas.
Iban por la mitad de la faena cuando Furnilla le avisó que habían llegado los hombres de la funeraria para preparar el cuerpo. Apia asintió y dio el permiso para que los de las pompas fúnebres empezaran y luego se concentró en sus pensamientos.
Furnilla se marchó para dar las órdenes.
La tonstrix trabajaba en el pelo y les daba instrucciones a las otras dos esclavas sobre cómo formar las trenzas mientras pensaba que el bello rostro de la joven viuda no mostraba ni un atisbo de dolor. Los grandes ojos marrones de largas pestañas de su señora no evidenciaban que hubiera llorado.
Apia se observó en el espejo y se dio cuenta de que era el primer peinado y maquillaje de viuda. Se trataba de un cambio importante, tal como alguna vez lo fue el primero de casada. Los recuerdos sobre viejas épocas la envolvieron y, en el momento en que una de las muchachas estaba por comenzar a maquillarle los ojos, las remembranzas le jugaron una mala pasada: a su mente vinieron pensamientos que ella jamás se permitía, recuerdos que había borrado para no sufrir. Pero la muerte era así, y aunque no se la sufriese en carne propia, lograba remover las capas duras donde se escondían los sentimientos profundos.
A pesar de su fortaleza, ella no pudo escapar de las evocaciones y tuvo que cerrar fuerte los ojos para no llorar. Alzó la mano para detener el perfilador, esa pinza hecha de hueso que, teñida de negro, la esclava iba a usar para delinearle los párpados como cada mañana.
La muchacha, que entendió la seña de su ama, sin decir nada suspendió la tarea y sólo se limitó a mirar hacia abajo; su señora acababa de perder a su marido, era lógico que tuviera deseos de llorar. Pero Apia no lloraba, jamás lo hacía, sino que esa mañana el corazón se le partía en mil pedazos, aunque no por su esposo, sino por ella. Recordó el momento en el que Tulio Pópulus, su padre, decidió casarla con un hombre mucho mayor cuando ella era muy joven. Se enojó con sí misma por ese momento de debilidad, esperó unos instantes y dio la orden de que continuaran con su arreglo. A pesar de que se mantuvo quieta y sin demostrar sentimiento alguno, el relato que su padre le había dado acerca de las razones de su boda vino a su mente con claridad, como así también algunos retazos de su vida de la muchacha feliz que había sido antes de casarse.