Lunes 21 de Febrero de 2022
¿Qué tiene de especial proyectar cuadros de Van Gogh en pantallas gigantes? ¿Por qué tanto interés en una muestra -otra más- sobre un pintor del que ya mucho se ha dicho y sobre el que mucho se ha hecho? ¿Qué es el "arte inmersivo" del que tanto se habla? En su primera semana de vida, Imagine Van Gogh -exhibición que va a estar hasta el primero de mayo en La Rural de Buenos Aires- está haciendo hablar a todos. Mientras se acelera la venta de entradas -se adquirieron 150 mil por anticipado- y la exposición se vuelve un fenómeno en redes sociales, se repite invariablemente la misma pregunta: ¿vale la pena?
Es un día fresco en Buenos Aires. Un grupo de personas espera para ingresar a La Rural. Pese a ser febrero, el sol del mediodía se siente tibio y no agobiante. Los visitantes vienen de diferentes partes del país, aunque también hay muchos porteños. Hay familias, grupos de jubilados, parejas, también adolescentes. Es el primer fin de semana de la exhibición, muchos compraron los tickets con varias semanas de anticipación. "Viene muy bien en críticas, tenía ganas de verlo desde hace tiempo", confiesa una mujer, emocionada. También viene bien la venta, ya no quedan entradas para febrero. Dos personas hablan de que ya vieron muestras similares en Europa, que escucharon que la exhibición se tuvo que "achicar" o "ajustar" para entrar en el espacio porteño elegido. La hilera comienza a moverse a buen ritmo: tras una toma de temperatura y luego de que un guardia verifique el código QR de la entrada, se abren las puertas.
El espacio inicial al que se accede de Imagine Van Gogh es informativo. Una serie de cuadros cuelgan en una especie de pasillo, ofrecen datos sobre la vida del artista, sus períodos creativos, sus obras, su salud mental. También se aporta información técnica sobre la muestra, sobre sus creadores y el desarrollo del proyecto. Mucha gente se queda leyendo, pero muchos más deciden sortear a la multitud y buscar directamente el espacio principal de exhibición, corazón de la muestra. Unas cortinas pesadas con una luz azul de fondo, esa es la señal.
La primera impresión de Imagine Van Gogh puede ser algo confusa. Se puede ver en las caras de algunos visitantes. En un amplio espacio se proyectan obras del artista en pantallas gigantes, que es la imagen que se replica con insistencia en redes y medios sobre la exhibición. También hay música. Buena música. ¿Pero esto es, acaso, toda la muestra? Dos respuestas que se contradicen. Sí, eso es toda la muestra. Pero no, a la vez, no lo es. Imagine Van Gogh propone una experiencia. Y las experiencias se construyen.
El recorrido por la exhibición es libre. El visitante puede caminar, sentarse, incluso tirarse al piso. Puede moverse por ese gran espacio las veces que quiera, probar ángulos, jugar con los colores que se proyectan no solo en las pantallas, también en el piso, sobre los cuerpos de los otros visitantes y el propio cuerpo. En ese juego y en esa experimentación es que se va construyendo la experiencia. La proyección es un loop, con lo cual se puede "asistir" a diferentes "funciones" según las decisiones que se vayan tomando.
El primer "ciclo" permite saciar la sed de los celulares. Todas las camaritas encendidas, listas para videos, fotos o transmisiones en vivo. Los teléfonos abundan y cubren todos los rincones, son un show en sí mismos. Hay un problema: difícilmente se logre registrar lo que se está viviendo, el objetivo solo puede ser exitoso de forma parcial. Quizá por eso, quizá porque ya no queda espacio en los dispositivos, lo cierto es que a medida que pasa el tiempo los celulares se van apagando. Y los que caminaban se detienen. Y los que estaban parados se sientan. Y los sentados se desparraman por el piso.
Cerca de una pared del fondo, una docena de personas está tirada en el piso, mirando las obras que se van proyectando. La iluminación aporta lo suyo. A veces se hace de día, a veces de noche. La música acompaña, interroga, ataca, angustia, libera, según el momento (hay piezas de Saint-Saëns, Mozart, Bach, Delibes y Satie). La noche estrellada se amplía hasta estallar, los girasoles potencian su amarillo en todos los recovecos, intensos ojos azules parecen cobrar vida y devolver la mirada.
Hay ratos en los que aparece algún cuadro que pareciera no haber salido antes. ¿No es acaso un loop? ¿Serán diferentes los videos o es que desde el ángulo inicial no se lo advirtió? ¿Será que la obsesión por una selfie hizo que se escaparan los lirios o ya estaban antes? ¿Es nueva esa casa en la pradera? La muestra está integrada por más de 200 obras de Van Gogh -desglosadas en unas 3 mil imágenes- cuyos originales están distribuidos en cinco museos distintos. Es fácil perderse. De hecho, perderse es parte de su encanto.
Algunos creen que la muestra utiliza la técnica de "mapping" pero sus creadores (Annabelle Mauger y Julien Baron) aclaran que en realidad es "warping". ¿Cuál es la diferencia? Adaptan la superficie a la imagen proyectada, lo que permite respetar la integridad de la obra a la hora de magnificarla, cuando las técnicas de mapeo más tradicionales se centran en adaptar la imagen a la superficie. El concepto original de exposiciones inmersivas que se presentó por primera vez en La Cathédrale d'Images, en Francia, en 2008.
En Imagine Van Gogh el tiempo transcurre de manera caprichosa. Es difícil determinar si se caminó unos pasos o varios kilómetros, si estuvo en el piso diez minutos o dos horas. La multitud que, al principio, molestaba (¿por qué tanta gente?, piensa más de uno al ingresar) luego se entiende como parte del espectáculo. Hay chicos que corren persiguiendo las obras de arte que se mueven, un joven con remera de Marvel manda mensajes en su celular y casi choca, acá y allá hay adultos dialogando sobre arte, sobre Van Gogh, sobre los colores, sobre la música, sobre los sentimientos, sobre la vida.
"Siento que no hay nada más verdaderamente artístico que amar a la gente", se lee en uno de los bolsos que se ofrecen en el stand de merchandising, cerca de la puerta de egreso. Ese último y pequeño espacio despide al visitante con tazas, pines, remeras y otros productos donde se reproduce la cara, las obras o las ideas de Van Gogh. En otra época se hubiera agolpado la gente para comprar souvenirs, pero la llegada de internet multiplicó la oferta de todo tipo de artículos con estampas y sublimaciones. No hay muchos interesados en comprar, aunque todo el mundo considera que la tienda es un paso obligado antes de partir. Quizá como ritual de cierre. Todo, incluso el stand, forma parte de la misma -extraña y caótica- experiencia. Imagine Van Gogh podrá seducir más a unos que a otros pero es, sin duda, una experiencia diferente.
Imagine Van Gogh continúa en el Pabellón Frers de La Rural, hasta el primero de mayo. Si bien febrero está agotado, quedan entradas para marzo y abril. Esta misma obra, en simultáneo, se puede ver en Boston. Pronto, se la podrá ver además en Tacoma (Estados Unidos) y Ontario (Canadá). Los precios de las entradas son de 3 mil para adultos y 2 mil para los chicos.