A 40 años del encuentro mágico y definitivo de Cortázar con sus lectores en el país
Fue en diciembre de 1983, cuando salía de un cine en la porteña calle Corrientes, a tres días de llegar de Paris. El imborrable recuerdo del periodista rosarino que estaba con él

Sábado 30 de Diciembre de 2023

Salía del cine Julio Cortázar en Buenos Aires. Había vuelto a Argentina por ocho días tras una ausencia de muchos años. Y no en cualquier momento sino en la antesala de la recuperación democrática. Formalmente la dictadura que lo había prohibido no había terminado. Eran tiempos de ilusiones, fervores y esperanzas desmedidas. El fogonazo de la máquina de un fotógrafo que lo sorprendió en la puerta de la sala de la calle Corrientes encandiló la mirada peculiar de sus ojos de caballo. "¡Ahí está Cortazar!", gritó alguien al pasar. Y una multitud emocionada se le fue encima.

De este desaforado e inolvidable gesto de amor se cumplieron en estos días 40 años. En un tiempo de sensibilidades torrenciales colmado en novedades, este episodio fue sumaria y parcialmente relatado en la prensa por el boca en boca de los dichosos que se encontraron en esa pequeña multitud. Pero si pudo quedar representado en texto e imagen en su dimensión única fue gracias a un periodista rosarino. Que estaba exiliado en Paris al igual que el escritor donde se habían hecho amigos. Que por esas carambolas del destino había entrado a ver la misma película. Y se lo encontró a la salida.

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Carlos Gabetta estaba terminando su largo exilio de siete años. Volvía a Argentina a retomar su carrera en un momento de esplendor para el oficio. Se encontraba frecuentemente con Cortázar en la casa del escritor de la rue Martel donde también solían reunirse con Osvaldo Soriano e Hipólito Solari Yrigoyen que acababa de ser, dos meses antes, elegido senador nacional por Chubut. Justamente a inicios de noviembre del 83 Solari Yrigoyen, Gabetta y Cortázar cenaron en Nueva York por un encuentro en Naciones Unidas. Allí Cortázar habló de su deseo de volver al país tras un largo destierro. Pero dijo que no podría hacerlo hasta abril del año siguiente.

Sin embargo días después compró un pasaje y lo llamó a Gabetta. Ambos estaban en París. Le preguntó cuándo llegaba a Buenos Aires. "Tres de diciembre", dijo el periodista. "Yo llego antes que vos", le respondió el narrador.

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Lo que no se esperó Gabetta jamás fue tropezarse con su amigo a la salida del cine tres días después de su llegada. Los dos habían ido a ver "No habrá más penas ni olvido", película recién estrenada de Héctor Olivera sobre el libro de Osvaldo Soriano. Fue de pura casualidad. Se quedaron en la puerta del cine mientras Cortázar esperaba a Jacques Deprés, corresponsal de Le Monde, que le había pedido una entrevista.

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Carlos Gabetta y Julio Cortázar. El periodista rosarino lo frecuentó durante siete años en Paris y eran amigos muy estrechos. Lo vio esos días por última vez. El escritor falleció dos meses después.

Hasta que estalló el relámpago de las fotos y el escritor anónimo fue descubierto. Súbitamente detectado por personas que habrán visto allí tanta cosa. A Traveler poniéndose de acuerdo con Oliveira para fabricar un puente de tablones de madera que uniera las ventanas de sus departamentos en un tercer piso para tomar unos mates sin tener que bajar a la calle. Al narrador obsesionado con los axolotl en el acuario del Jardin des Plantes. A los violentados pudores de Lucas que en un monoambiente colmado de gente tiene que ir al baño. O al cronopio que desiste de arrancar a la flor que piensa al verlo irse: "Es como una flor".

Y que llevados por todas esas vibrantes sensaciones se le fueron encima. Lo contó Gabetta en un artículo de 1985. "Eran unas seiscientas u ochocientas personas que pasaban frente a nosotros en una manifestación por los derechos humanos. Ante el flash del fotógrafo lo reconocieron. Hubo un tumulto a su alrededor. «¿Viniste a quedarte Julio?» «Gracias Julio, gracias por todo», le decían chicos que tenían diez años cuando él pudo visitar la Argentina por última vez, en 1973, y que empezaron con la literatura y la política mientas sus libros y él mismo estaban prohibidos".

Cuenta Gabetta que muchos se dispersaron entre las librerías siempre abiertas de avenida Corrientes y volvían con sus libros para que se los firmara. En eso alguien que se presentó como "el quiosquero de enfrente" recibió una exclamación de Cortázar. “Che pero este es de Carlos Fuentes"..."Perdone Julio, ya no quedaba ni uno suyo".

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Gabetta recordaba que caminaron 50 metros hacia un bar y que Cortázar fue todo el trayecto estrechando manos y firmando autógrafos con su larga figura sobresaliendo entre la gente que espontáneamente cantaba: "¡Bien-ve-nido carajo!".

"Jacques Depres tuvo dificultades para introducirlo en la entrevista, ya sentados en el bar, porque Julio estaba emocionado, agitado. Y entonces llegó hasta nosotros, esquivando las mesas como una mariposa, una mujer de unos dieciocho años que le estiró un ramo de jazmines, balbuceó algo ininteligible y se esfumó entre rubores. Julio se quedó un rato con el ramo en las manos, la cabeza gacha. Luego lo acercó a su nariz, aspiró y nos tendió las flores con una expresión de maravilla. «Huelan esto...jazmines del país. Con esta fragancia, no existen en ninguna otra parte»".

Ese párrafo está en el texto que escribió Gabetta un año después para recordar eso que él, un periodista con 60 años de oficio, describe como un momento único.

"Lo acompañé hasta su hotel a las dos de la mañana, atravesando solitarias calles de Buenos Aires", refiere Gabetta. "Luego de despedirnos en la puerta lo vi dirigirse al ascensor. Estaba visiblemente cansado, pero feliz y llevaba en la mano el ramo de jazmines".

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Una foto de Dani Yako de Cortázar frente a la tienda Harrods, sobre la porteña calle San Martín, en diciembre de 1983.

La última vez que Gabetta estuvo con él fue dos días más tarde. "Fue otra vez la euforia, en la noche de clausura de la temporada de Teatro Abierto, el símbolo de la resistencia cultural a la dictadura en la Argentina. Su entrada en el teatro fue la recepción a un viejo y querido amigo, a un compatriota y compañero, más que la que se reserva a un escritor famoso. Palmadas, aplausos y el familiar «Julio», como si no viviese desde hace treinta años en Paris y aún se lo pudiera encontrar por la noche en los cafés de Buenos Aires.

Quizá intuyó Julio que no le sobraba tiempo para la despedida. Y por eso regresó a la Argentina de la que escribió siempre como si jamás se hubiera marchado. Al regresar a Paris su salud se agravó bruscamente hasta el eclipse final el 14 de febrero de 1984. "Murió a mediodía de un domingo de sol esplendoroso, rarísimo en el invierno de Paris", contó el periodista rosarino en aquella hermosa nota. Que llevó como título "La vuelta al pago en ocho días".

Un año después, al cumplirse un año de la muerte del escritor, Gabetta decidió recordar aquellos días de tanta emoción en El Periodista, el semanario político que dirigía, publicación que tiene un sitial de honra en la historia del periodismo argentino. En ese artículo lamentaba que Cortázar no hubiera merecido los honores de la flamante democracia al quedar excluido de una reunión por aquellos días con los más prestigiosos intelectuales convocados por Raúl Alfonsín, en la que estuvieron Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato.

En la cocina de ese artículo sucedió algo en extremo misterioso que, no sin melancolía, Gabetta le contó a La Capital esta semana en un bar de San Telmo frente al cual vive. El periodista rosarino se empecinó desde meses antes en ubicar al fotógrafo que había tomado las fotos en la puerta del cine en la última visita de Cortázar. Se pusieron en campaña tocando a los medios de todo el país, haciendo convocatorias públicas en la misma revista, que tenía una tirada fabulosa que superaba los 100 mil ejemplares. La archivista Lilia Ferreyra, ex esposa de Rodolfo Walsh, hizo muchos contactos profesionales para el propósito. Pero ni las fotos ni su autor aparecían. Fue así que para la nota acudieron a una ilustración de Andrés Cascioli, director de la revista Humor, y unas célebres fotos de Sara Facio.

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Carlos Gabetta, en el bar frente a parque Lezama que frecuenta todas las mañanas para leer los diarios. Allí conversó con La Capital

Entonces ocurrió lo inesperado. El viernes 1º de febrero de 1985 los originales de las páginas debían salir a impresión. El secretario de Redacción de la revista Oscar González, que ese día empezaba sus vacaciones, fue a la Redacción para buscar su correspondencia. Entre los papeles había un sobre con sellos postales de México donde él había estado exiliado. Le escribía su amigo Renzo Gostoli. "Te mando unas fotos de Cortázar y Gabetta que tomé en Buenos Aires el 6 de diciembre de 1983. Por ahí te hacen quedar bien con tu jefe".

El fotógrafo mexicano llegó a tiempo en el último instante para despejar la incógnita. Las pruebas para imprenta se cambiaron en el acto con las fotos, que son un documento histórico impecable porque registran el momento del encuentro espontáneo, luego de 30 años de ausencia, de uno de los mayores escritores latinoamericanos con sus compatriotas, con sus lectores, en un tiempo de culminaciones, el de la recuperación de la democracia argentina. Instantes de obstinada literatura, quién podría discutirlo: un relato cortazariano.