Libros / Crítica

Una reseña a un libro de reseñas

Alessandro Baricco, el reconocido autor de "Seda", comenta cincuenta títulos en el reciente "Una cierta idea de mundo" y el resultado es atrapante

Domingo 31 de Enero de 2021

Estimo que Alessandro Baricco no requiere extendernos en presentaciones. Alcanzará con decir que es uno de los escritores italianos contemporáneos más traducidos (y vendidos) al castellano, autor de textos formidables como Seda, Esta historia y Novecento, monólogo llevado al cine por Giuseppe Tornatore, de ensayos sobre la contemporaneidad, entre ellos, Los bárbaros y hace muy poco, The Game; y que incluso estuvo de visita por Argentina, es decir Buenos Aires, para la Feria del Libro de 2010 y de 2017.

El presupuesto básico de una reseña es invitar a un/a lector/a potencial a (comprar y) leer un libro advirtiéndole sobre aquello que el reseñista, pionero en la lectura, dice haber encontrado allí o bien sugerirle que evite una vivencia prescindible o fatal. En cuanto al lector/a, se supone que busca en ellas una guía, un consejo calificado que oriente su decisión antes de invertir su tiempo y su dinero. Otro acuerdo es que el libro que se reseña tiene que ver con la novedad editorial, con esos ejemplares que en forma de mancha o solitarios ganan las vidrieras de las librerías.

Ahora bien, componer un libro con cincuenta reseñas, como es Una cierta idea de mundo (Anagrama, 2020), implica un pacto de lectura diferente al injustificado encuentro con una sucesión arbitraria de textos breves referidos a diversos planetas de la galaxia editorial. Es lógico. Y A. B. lo sabe. Por eso nos propone en la introducción una mise en scene: resulta que en 2001 Baricco se muda de ciudad y deja atrás su biblioteca y empieza una nueva en su nueva ciudad. Después de diez años, elige los cincuenta mejores libros leídos en ese período y le dedica a cada uno de ellos un artículo que publica domingo a domingo. Su editor, Giangiacomo Feltrinelli, reunió y editó esas reseñas en un libro, Una certa idea di mondo, que en Italia salió a la luz en 2013. En el prólogo, A. B. aclara que no es “una especie de Canon personal” sino que “he elegido los mejores cincuenta libros de entre los que he leído recientemente, de los que hablo con amigos cuando terminamos las discusiones sobre cine y política”. En ese orden.

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Puede creerse o desconfiarse de esta selección. Lo indudable es que la biblioteca que dejó atrás en su ciudad anterior lo sigue acompañando en la erudición que brilla en cada reseña, demostrando que no estamos tratando con un novato o un diletante, sino con alguien del oficio y con oficio, que sabe sobradamente de lo que está escribiendo. Y atención que no se trata sólo de autores clásicos, y los hay, claro que los hay, o de contemporáneos. Baricco también incluye en su cincuentena textos de historia (a Heródoto y Napoleón en Moscú, por ejemplo, aunque también una historia del fútbol), filosofía (Descartes), (muchas) novelas y ensayos (hasta uno sobre el padre Pío), autobiografías y biografías… de tenistas: Andre Agassi y Suzanne Lenglen. Eso sí, no hay ni una obra teatral y, lo que resulta más alarmante aún: ni un solo libro de poemas.

Sin embargo, lo que puede extrañarnos es que, generalmente, Baricco omite mencionar el argumento del libro. Quizás porque no es necesario. Al menos él lo entendió así. Entonces, en lugar de parafrasear o sintetizar, transcribe un pasaje, una frase, un breve diálogo que se combina con una impresión u opinión sobre las citas, o deriva en una reflexión sobre el arte de escribir, que logra que olvidemos que suele existir algo que llamamos argumento y nos sintamos unos infelices si preguntamos eso. Es en estos casos, en mi opinión, que emerge lo mejor: el maestro que de los casos particulares extrae las leyes generales que acaban por darnos la idea del mundo de la literatura que defiende A. B. Aunque sin articularse para componer un código, a medida que se extraen estas intervenciones, el pizarrón se va complementando con una completa definición de lo que Baricco considera que es escribir bien, que es buena literatura (la que se dirige a “lectores con gusto”) y aquello que pertenece a otros territorios de la escritura.

Quien ha leído y disfrutado los puntos altos de Baricco apreciará y respetará estas lúcidas lecciones que nos imparte con brevedad y precisión, absteniéndose de caer en un tono normativo: “… quizás no se deba escribir sobre aquello que tanto se ama, de ahí nunca sale nada bueno…” (p. 80) o “…la mitad de la grandeza de un escritor es saber aislar una pieza concreta del mundo, seleccionando, casi a ciegas, aquella en la que todo el mundo está escrito (o al menos una parte significativa)…” (148) o bien: “… no perdono a ningún escritor que se dedique a hacerme entrever las horas que pasó en la biblioteca o yendo a informarse in situ o entrevistando gente” (132), son un puñado de citas que rescato a modo de ejemplo.

Su ejercicio de escritura de reseñas es tan personal como atrapante. Y nada escapa a las reflexiones de este reseñista agudo: las dificultades de una novela histórica, el valor de hacer reír al lector, qué es la belleza (y su “utilidad”) y el punto de evaporación de la literatura cuando se somete al calor de la ideología o de la militancia. Ya sea refiriéndose a Javier Cercas, a Coetzee o Donald Kagan (historiador que escribió sobre la guerra del Peloponeso), Baricco sostiene su particular sentido del humor: “… no veo la proeza por ningún lado; que un lector llegue al final de un thriller es como alguien que tiene hambre y llega al final del tubo de las Pringles…” (77), que va de la mano con su capacidad de transmitir ideas con limpidez y contundencia: “Se lee no tanto para aprender, ni tampoco para poder uno entenderse de un modo inteligente, se hace para dejar que la prosa impregne un cansancio, un fracaso o una derrota personales, aliviando el resquemor y limpiando la herida. Así, leemos por el simple placer de la lectura, y para salvarnos” (42).

Los libros elegidos forman un grupo heterogéneo, raro, una verdadera ensalada que demuestra cómo se forma la biblioteca de un lector refinado. Y da gusto conocer esos cincuenta títulos que Baricco eligió para mostrarnos, aunque a muchos de ellos no los vayamos a leer nunca o ya lo hayamos hecho antes de nuestras mudanzas. Pero lo más gratificante es sentirse por un rato uno de los amigos de A. B. y saber que ya terminamos de discutir sobre cine y política y, ahora, lo que viene es que Alessandro nos hable de sus cincuenta libros favoritos leídos entre 2001 y 2011.

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