Cultura y Libros

Una pasión que no cambia

Siempre vestida de negro, la antigua propietaria de la legendaria librería de la peatonal Córdoba continúa dándole alas a su vocación en un local de la calle Salta. Dice que se siente tranquila sólo cuando puede recomendar un buen título, o ayudar a encontrar uno "difícil".

Domingo 03 de Febrero de 2019

Silvina Ross es menuda, aunque su fuerza es enorme. Se hace difícil no recordarla arrolladora, yendo y viniendo de una punta a la otra de la histórica librería de la peatonal Córdoba. Allí se la veía a diario y en temporada de textos escolares, todavía más. Vestida de negro y moviéndose como una flecha entre las estanterías para dar con el título indicado. Y aunque se moviera mucho, siempre ocupaba su lugar: ser una de las pocas mujeres (sino la única) al frente de su propio negocio de libros.


"Como toda mujer que ocupa un lugar de poder y un espacio importante, una siempre es agredida o ninguneada. Una vez en una reunión de la Cámara del Libro en Buenos Aires un hombre me dijo: «De vos se dice que sos una loca». En realidad, él me lo estaba diciendo a mí en ese momento", se queja y añade: "Y sí, tengo una locura: es ese amor al libro, a la creatividad, es el entusiasmo que heredé de mi padre. Por eso, me dedico a difundir lo que creo que vale". Heredera de la profesión del famoso Arnoldo Ross, cosechó de un lado los frutos de una librería con noventa años de historia y, del otro, algunas diferencias que le valieron rencillas con sus colegas del rubro local. Pero su impronta al frente de Librería Ross hizo que nunca pasara desapercibida.

Es la mañana de un domingo y Silvina aparece —como es su costumbre— vestida de negro. Tiene una pollera suelta y una blusa de gasa. Lleva zapatillas Nike del mismo tono, calzado que sus hijas le critican, pero que abona su vida inquieta y todoterreno. Hace poco enviudó de su segundo esposo y padre de su última hija, pero el negro no se relaciona con ese luto. Tampoco lo empezó a usar a partir del fallecimiento temprano de su hermana a los catorce años, tragedia familiar que la marcó desde chica y que la hace llorar cada vez que la cuenta. Silvina dice que la elección de esa ropa viene desde hace mucho y tuvo más que ver con una transgresión. "Mi mamá nunca nos dejaba ni a mi hermana ni a mí usar negro. Pero una vez que lo pude hacer, no lo dejé más. No tengo ropa de otro color que no sea ese", confiesa.

Y como ese, muchos de los recuerdos de Silvina la remontan a su infancia y, claro, a la librería donde aprendió el oficio familiar desde sus primeros pasos. "Vivíamos atrás del local. Entonces, cuando volvía de la escuela tenía que atravesar toda la librería para llegar a mi casa. Mi mamá hacía unas hermosas vidrieras. Para Navidad, por ejemplo, colocaba un Papá Noel con su trineo cargado de libros y regalos. Desde que entraba me iba llevando un libro y otro hasta llegar a casa. Era casi como vivir dentro de un cuento", dice del local que sigue en pie en calle Córdoba pero hoy es gerenciado por la cadena porteña Cúspide. El Concejo Municipal aprobó que no se retire el cartel de la pluma y el libro con su nombre original por el valor histórico que tiene para la ciudad y sus habitantes.

Ross fue fundada en 1937 por el padre de Silvina, que no sólo cumplió con un logro empresarial, sino también con un sueño. Es que Arnoldo nunca estudió y desde chico trabajó de canillita en la zona de Pichincha, donde vivía. "No llegó a terminar ni la escuela primaria, y aprendió a leer y a escribir por sus propios medios. Luego, todo el conocimiento lo obtuvo en la calle y la vida", explica su hija.

Para ella siempre fue una maravilla que un hombre que ni siquiera había pasado por la escuela tuviera esa visión y compromiso con la cultura. Cuenta que su padre luchó mucho para que el oficio de librero fuera reconocido como profesión. "Nos formamos en la práctica diaria del trabajo. Él decía que ser librero era una profesión como médico o abogado. Tratamos de hacer crecer intelectual y espiritualmente a las personas", dice. Aunque sugiere que su padre era, ante todo, un promotor cultural.

Ross fue la primera que rompió con la estructura de librería para transformarse en un centro cultural. En los años sesenta y setenta era común que al local lo frecuentaran reconocidos intelectuales argentinos —escritores, pero también pintores y músicos—— que visitaban Rosario. Hamlet Lima Quintana, Armando Tejada Gómez, Jaime Dávalos, Benito Quinquela Martín, Antonio Berni, Raúl Soldi, Eduardo Falú y Los Chalchaleros circulaban por la librería, además de ser amigos de Arnoldo Ross.

"Era un lugar de encuentro. Mis padres lograron que fuera un espacio donde se encontraban los pintores. Él fue uno de los primeros marchants de la ciudad. Los rosarinos tenían a Ross como referencia tanto para la literatura como para las artes plásticas. Junto a la tienda La Favorita y el bar Sorocabana, era uno de los espacios emblemáticos del circuito comercial y cultural. Todos pasaban por ahí y fuimos los primeros en abrir hasta la medianoche cuando ni los porteños lo hacían", cuenta.

En 1971, un incendio producto de la explosión de una bomba afectó a la librería y terminó haciendo cenizas gran parte del trabajo de años. "Fue una pérdida de material muy importante, como también de una cantidad de originales que no podían reeditarse", relata Silvina aunque asegura que pudieron salir adelante y no sólo eso, también empezaron a editar.

"Para un librero, ser editor es la coronación máxima. Porque se logra difundir a los autores que te interesa promocionar", dice y repasa algunos autores de los más de cien libros editados: "Gloria Lenardón, Angélica Gorodischer, Jorge Isaías, Reynaldo Sietecase, entre otros".

Quienes conocieron las entrañas de Ross Editorial saben que fue un fenómeno. Y que su política de edición tuvo que ver con los trayectos de militancia política de Silvina Ross desde la década del 70 para acá. Desde muy joven estuvo en las filas del Frente Estudiantil Nacional (FEN), movimiento surgido del giro que dieron los sectores medios en los años setenta hacia el peronismo.

Por eso, según destacan varios intelectuales, Ross es el único sello editorial del país que aun a pérdida lanzó las obras completas de Raúl Scalabrini Ortiz, Rodolfo Kusch, Adolfo Colombres y otros tantos pensadores del campo nacional y popular.

Por eso, cuando en marzo de 2014 Ross pasó definitivamente a manos de Cúspide, algo hizo una especie de clivaje. No sólo significó un cambio de manos de la firma, también marcó el fin de una tradición local en que las librerías importantes eran todas rosarinas.

"Fue una decisión muy difícil. Para mí siempre había sido un refugio. Por eso, un día me levanté y dije: «Si no empiezo de vuelta me voy a morir». Y me fui a la calle Salta y Oroño, en una planta alta que teníamos como depósito de la editorial y de los textos de Ross, y empecé a trabajar", cuenta.

No es lo mismo que estar en la peatonal donde vivió más de treinta y cinco años. Pero asegura que —como le pasaba a su padre— apenas una cosa le provoca tranquilidad: "Me voy a dormir satisfecha cuando puedo recomendar un libro que me gusta o cuando encuentro el ejemplar que alguien estaba buscando y no podía encontrar". Silvina Ross en estado puro.


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