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Una noche en el Telaraña Show

¡Tinta roja, maestro!, gritó Esteban desaforadamente no bien Leo Siri pisó las tablas del modesto escenario apoyado en el brazo del bandoneonista. Eran cerca de las cuatro de la mañana en aquellos tiempos de despertares, descubrimientos y experimentación, donde todo parecía tan posible como al alcance de las manos.

Domingo 17 de Diciembre de 2017

¡Tinta roja, maestro!, gritó Esteban desaforadamente no bien Leo Siri pisó las tablas del modesto escenario apoyado en el brazo del bandoneonista. Eran cerca de las cuatro de la mañana en aquellos tiempos de despertares, descubrimientos y experimentación, donde todo parecía tan posible como al alcance de las manos.

Por entonces, veinte años era la edad justa para la ocasión, y el aroma tanguero, las interminables madrugadas rociadas con cerveza y whisky y la búsqueda de sexo con personajes de la noche no hacían sino confirmar esa ingenuidad que nos delataba involuntariamente.

Pero una inocencia tan pura era peligrosa para merodear lugares reservados a gente de otra estirpe, lugares donde los códigos nocturnos eran los mismos que se habían llevado a los guapos más recios o a los mafiosos más celosos de estas orillas.

Ninguno de nosotros lo pensaba, ni siquiera hacía falta; todas esas historias conformaban un pasado que arrollábamos sin piedad, inconscientes y borrachos a la vez de soberbia juvenil.

¡Tinta roja, maestro!, volvió a gritar Esteban al término de la segunda pieza y Leo Siri le señaló que esperara un poco, que tuviera paciencia: el veterano cantor, aún ciego, había percibido que quienes la estaban perdiendo eran los parroquianos de nuestra mesa vecina cuando sus murmullos de fastidio comenzaron a hacerse sentir por todo el salón del viejo Telaraña Show.

Finalmente, casi como regalo de cierre, la orquesta interpretó el Tinta roja tan ansiado, y Esteban se dio el gusto de tocarlo para que todo el cabaret supiera que no era un simple capricho, que si lo había reclamado tanto era porque sabía cantarlo con el suficiente sentimiento de principio a fin.

Sin embargo, no alcanzó para mitigar el enojo que habíamos causado a quienes nos rodeaban, y que no estaban allí sólo para beber y escuchar tangos hasta el amanecer. Inmediatamente, y sin que advirtiéramos ese malestar, se anunció el espectáculo central de la noche y el público estalló en una ovación mezclada con chiflidos dando la bienvenida a la eterna Rita la Salvaje, esa madura y robusta dama que transitaba sus últimas performances como abanderada de una vieja, otrora refulgente y prostibularia noche de Pichincha.

Y Rita arrancó su show casi encima de la mesa que ocupábamos, sentándose sobre nuestras rodillas y con las señales de desequilibrio y desborde de alcohol barato haciendo lo suyo.

¡Saque que queda!, bramaba Esteban mientras Rita le seguía la corriente sin la menor dificultad.

¡Saque que queda!, insistía moviendo su pelvis con ritmo hawaiano y, por toda respuesta, Rita comenzó a balancear sus pechos dando paso a su número fuerte: el helicóptero.

Y fue en ese mismo instante, mientras sus senos se bamboleaban desnudos, que todo cambió de repente cuando, con el sigilo de alguien habituado a moverse en esos ambientes, nuestro vecino de mesa se acercó desenfundando una intimidante nueve milímetros y, tomando a Esteban por la camisa, le acercó el caño a la sien diciéndole con la voz más áspera y glacial que yo recuerde: "Callate porque te quemo".

No hubo más palabras porque, en segundos, un desparramo de sillas y mesas dio por tierra con la velada aunque Rita, haciéndole honor a la máxima "el show debe seguir", continuaba girando sus tetas como si nada ocurriese y un grupo de desesperados mozos corrían a la clientela que huía por Ovidio Lagos reclamando a los gritos unas adiciones imposibles de cobrar.

Luego ya no hubo más cabarets, ni otros Leo Siri, ni tampoco nuevas Rita La Salvaje.

Lo que sí hubo, por bastante tiempo más, fue un desfile de oscuros personajes calzados por todos lados. Fue, cómo olvidarlo, una época de servicios sin desmantelar, de civiles armados y policías sin uniforme ávidos de encontrar gente como nosotros para quitarla del medio de puro malandras nomás.

Nunca lo lograron.

Y aunque aquella noche no hubo tinta roja derramada que lamentar, el sujeto de la voz áspera y glacial finalmente logró su cometido, tal vez sin siquiera proponérselo: asesinarnos la inocencia.

Roberto Lobos


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