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Una mujer de cabello negro que salió del mar

El 14 de mayo de 1896 el torrero del faro del cabo Pembroke, en las Malvinas, descubrió un buque que luchaba para no zozobrar. La historia del último naufragio de un velero en esas peligrosas y remotas aguas.

Domingo 17 de Noviembre de 2019

El canal de Panamá se inauguró en agosto de 1914, mientras los cañones comenzaban a tronar en el Frente Occidental. Fue un año en el que cambiaron para siempre muchas cosas y entre ellas, las rutas de navegación. Hasta la apertura del canal que atravesaba el istmo, los veleros y vapores de todo el mundo tenían un desafío legendario: el cabo de Hornos, en el extremo austral de Sudamérica, era el paso obligado entre los océanos Atlántico y Pacífico. Frente a la isla Grande de Tierra del Fuego, las Islas Malvinas, ese enclave colonial británico, eran un puerto en el que recalaban naves de todas las naciones. Allí reparaban su arboladura o su velamen, aguardaban hasta tener tiempo favorable para encarar el paso, o simplemente cargaban y descargaban mercadería de la Falkland Island Company, la empresa monopólica que regía la vida política de las islas. Las Malvinas aparecen en la cartografía europea desde comienzos del siglo XVI, en los años iniciales de la expansión ultramarina. Lugar de refugio y reparo, escalón hacia la Antártida, su posesión se tornó estratégica desde que los imperios coloniales se disputaron los mares.

Para entrar al puerto y poner a secar sus pies, como solía decirse, los marinos que llegaban a puerto en isla Soledad debían atravesar los Narrows, una angostura que se abría a las aguas más calmas de una bahía. Antes, pedían los servicios de un piloto que en ocasiones aguardaba en un lugar de arenas blanquísimas llamado Gipsy Cove, ubicado en la zona del cabo Pembroke.

Para llegar a ese cabo, los guió durante más de cien años la luz de un faro de hierro prefabricado, inaugurado por las autoridades coloniales británicas en 1855. En su origen era rojo y blanco. Hoy, el negro reemplazó al carmesí. Según parece, antes de la construcción del faro de hierro, había un alto palo de señales pintado en rojo y blanco, mientras que frente al faro, a estribor de una embarcación con rumbo al puerto, la silueta de un dedo, construida en madera, señalaba el camino a aguas seguras.

El faro, que ya no funciona, resiste allí, en el cabo Pembroke, ubicado en una península que está al este del puerto, la principal población civil de Malvinas. A comienzos del siglo XX, lo reconstruyeron y relocalizaron un poco más al oeste, en el lugar en el que se lo puede visitar hoy. Ya no existen, pero cuando el faro funcionaba a su alrededor había un jardín y vacas, para mejorar la dieta de los torreros. Y en tiempos en los que el teléfono era una fantasía, también había un par de caballos para llevar las noticias al pueblo, distante unos diez kilómetros, con la mayor rapidez.

Llegar a pie al faro se parece a un paseo por el fin del mundo. El día que estuve allí por primera vez tuve la misma sensación que en Bahía Lapataia, en Tierra del Fuego. Pero el faro está en el extremo oriental de la isla Soledad, una de las dos mayores del archipiélago de las Malvinas. Lo que pasa es que comparten con Lapataia su condición de zonas de frontera: más allá de ambas está el mar, que si no es infinito, lo parece. Y hacia el sur, la Antártida.

El cabo Pembroke es una zona batida por el viento. Las rocas y las charcas se alternan con dunas de una arena muy blanca y playas. Hay rocas de bordes dentados, que afloran de punta, como si alguien las hubiera clavado allí. El mar rompe contra la costa escabrosa, de piedras oscuras y siniestras. A unos mil metros del faro, un día soleado, asoma un conjunto de rocas negras que al brillar, mojadas por las olas en retirada, recuerdan el lomo de un gran animal. Es Billy Rock.

Camino al faro desde el pueblo, rumbo al este, aún se ven los restos de muchos barcos abandonados, como si fueran piezas de caza que ese mar bravío dejó allí. Por supuesto que también hay marcas de la guerra de 1982. Pero estas líneas son una invitación a ver la historia en una perspectiva más larga, a superar el síndrome de quien entra al cine cuando la película ya empezó.

La península es conocida para los ojos argentinos. En 1982, allí aterrizaban los aviones Hércules de transporte que, como un cordón umbilical, mantuvieron el puente aéreo entre las islas y el continente. Antes, con mucha menos espectacularidad, aterrizaban allí, en la pista construida por los argentinos, los vuelos regulares de Lade (Líneas Aéreas del Estado), en la época en la que la política exterior argentina había construido vínculos logísticos y sociales con los isleños y los hilos se tramaban cada vez más.

El cabo Pembroke es un escenario bravío y desolado. Las rocas negras y afiladas como sierras rotas asoman entre la arcilla y los turbales. El pasto pampa va y viene al compás del viento y multiplica sus silbidos. Solo los jotes y las gaviotas se sostienen altivos, como si no se dieran cuenta de esas fuerzas elementales. Imaginemos un marino que llega, tras meses de navegación, y sabe que a pocos kilómetros encontrará comida, bebida y cama caliente.

Pero el Atlántico Sur es un lugar hostil y cada tanto se cobraba su precio.

El 14 de mayo de 1896 el torrero del faro, en medio de un fuerte temporal que ya llevaba varios días, descubrió en aguas abiertas un velero de tres palos que sólo llevaba desplegadas las velas superiores. El barco buscaba con desesperación alejarse de la costa y ganar la relativa seguridad de aguas abiertas. Viajaba de Nueva York a San Francisco. Llevaba carga y pasajeros.

La tormenta no daba tregua. Imaginemos el desastre, usemos los documentos que sobrevivieron para seguir el relato a través de alguien que viviera en las islas en esa época. Un niño, por ejemplo, hijo de alguno de los trabajadores del astillero. No es muy difícil hacerlo. Basta cerrar los ojos subidos al faro y sentir el embate del viento mientras evocamos otros relatos náuticos que en su momento nos cautivaron. Imaginemos que podemos escribir lo que nos contó:

“Muchos años después, Cross aún recordaba la primera vez que se había sentido huérfano, como si alguien le hubiera soltado la mano, dejándolo librado a fuerzas infinitamente superiores a su mente y sus brazos. No fue cuando enterraron a su madre. De ella tenía imágenes vitales, para recordar al fin, vagamente, una caja de madera solitaria en una playa desierta.

“No, la sensación la tuvo una tarde de invierno en el que se enteraron de que un velero estaba en problemas. En medio de un temporal infernal, llegó Hardy, el torrero del faro, que había galopado bajo la lluvia y la nieve para avisar que un barco de tres palos había encallado en Billy Rock. Mientras los hombres preparaban la ayuda, Hardy contó que desde la costa había escuchado los pedidos de auxilio y el crujido de las maderas por sobre la mar embravecida. El barco había pedido por señales un piloto para entrar al puerto, pero el oleaje había impedido el abordaje. Hardy vio cómo el mar, a pesar de los esfuerzos de la nave, la arrastraba inexorablemente contra la orilla. Finalmente, el torrero vio cómo las olas, transformadas en manos de un gigante, levantaron la nave a varios metros de altura y la estrellaron contra las rocas. Cada medio minuto, el tiempo que tardaba en dar una vuelta, la luz intermitente del faro le mostró la destrucción del desdichado velero, que se desintegró ante sus ojos.

“Todo eso contó hasta que, preparados, salieron por tierra con carros, mantas y comida, y del puerto zarparon el Result y la Sissie, la balandra de la Compañía. Pero el mar estaba embravecido y no pudieron ni siquiera acercarse a lo que quedaba del casco, encajado en las rocas. A la mañana siguiente la Sissie, que había vuelto al puerto, mandó un bote salvavidas para que si quedaban personas vivas a bordo del pecio, pudieran abandonar la nave. Pero cuando llegaron al sitio del naufragio, la roca estaba vacía: el barco se había hundido sin saberse cuándo y no habían quedado sobrevivientes.

“Una semana después, un día calmo y soleado, la Falkland Islands Company envió en uno de sus barcos a Jean Baptiste Santucci, un buzo francés de Punta Arenas, para identificar la nave y ver qué se podía rescatar. Cross, el niño, contó que estaba fascinado con el casco de bronce del buzo, y que insistió hasta lograr que lo llevaran para ver el trabajo de rescate. Navegaron hasta Billy Rock una mañana soleada y helada de mayo. Cosa rara, el mar estaba liso como un mantel. Las rocas asesinas, negras y lustrosas por el oleaje, parecían una enorme ballena que había salido a respirar.

“Santucci se sumergía mientras le bombeaban aire desde el Chance, el cúter que habían destinado para la tarea. Cross estaba atento a los ramilletes de burbujas que cada tanto estallaban en la superficie. Alguien había hecho correr la voz de que el velero transportaba oro. Pero solo recuperaron algunas mercaderías arrojadas a la playa que no les permitieron conocer el nombre del buque.

“Dos semanas después del naufragio, el último día de trabajo, mientras tiraban de la soga y la manguera para que el buzo emergiera, el niño, asomado por la borda, vio subir un bulto en parte oscuro, en parte blancuzco. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo tapándole los ojos, se encontró con el rostro lívido de una mujer que flotaba al ritmo calmo de las olas. Tenía los brazos extendidos, como si acariciara la superficie del mar. El pelo se le había soltado y se había extendido sobre el agua, un manojo de algas de color azabache. La mujer tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. El chico tardó en reaccionar y darse cuenta de que estaba muerta. Parecía dormida. El frío la había conservado. Pero reparó, al fin, en que no era normal que el agua le entrara y saliera de la boca al ritmo del oleaje. La falda del vestido, de color borravino, parecía fundida con el mar.

“«La encontré atada al palo mayor», contó Santucci, el buzo, entre trago y trago de whisky para recuperar el calor. «Habrán pensado que al encallar, los mástiles quedarían por encima del agua. Pero el casco se recostó a estribor. No se había enredado en el cordaje, estaba atada. La quisieron salvar». Pero después, con el paso de los días, la versión cambió, sobre todo cuando se enteraron de que era la esposa del capitán. En la nueva historia, menos espectacular, el cuerpo había salido al encuentro del buzo cuando abrió la cabina del comandante que solo esa mañana, la última, había logrado abrir. Al chico le impresionó que la mujer, flotando, pareciera descansar. Pero cuando bajaron su cuerpo en el playón del puerto, tapado con una manta, el viento la corrió y pudo ver los estragos de la muerte en su cara. Como un pez sacado del agua, era como si el mar la hubiera mantenido viva hasta entonces.

“Durante muchas noches, cuando el techo de su casa temblaba por las ráfagas de viento, el niño despertaba frente al rostro fantasmal de la mujer. Si la historia era cierta, lo que más lo impresionaba era que, al querer salvarla, la hubieran condenado”.

El barco hundido esa noche se llamaba City of Philadelphia. Se llevó al capitán, a su esposa, veintiséis tripulantes y otros tres pasajeros. Los isleños tardaron cuatro meses en conocer el nombre de la nave. Al cadáver de la joven, el único que habían podido rescatar, le hicieron la autopsia ante seis vecinos “respetuosos de la ley”. La enterraron en el cementerio, junto a otro marino yanqui. Pero no se conoce su nombre; la pequeña lápida decía que allí yacía “la esposa del capitán”. De alguna manera, el mar hizo justicia, devolviendo su cuerpo para que alguien la recuerde, viva hasta que la sacaron de las aguas.

Ese naufragio fue la última gran tragedia de una embarcación a vela en Malvinas.

Hasta allí podría evocar la tragedia el niño. Después, la historia produjo otras. En torno al faro hay restos de dos aviones de combate argentinos, y una hélice recuerda a los marinos ingleses muertos en el hundimiento del Atlantic Conveyor en otro mayo, pero de 1982.

Allí, en el confín del mundo, convergen, como las olas sobre Billy Rock, la pequeñez de nuestras vidas, la enormidad de nuestros dolores, la complejidad de la historia.

Federico Lorenz

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