Cultura y Libros

Una monedita para un ciego

Falta desde hace un tiempo impreciso en el centro de Rosario el ciego que pedía limosna e invocaba a Dios.

Domingo 03 de Diciembre de 2017

Falta desde hace un tiempo impreciso en el centro de Rosario el ciego que pedía limosna e invocaba a Dios. Él y el otro ciego que vendía números de lotería ("siempre ofrecía el 211", me recuerda una compañera de la redacción) tenían casi la misma entidad que una calle, una plaza o el parque Independencia. Eran parte del paisaje de la ciudad.

Recuerdo bien la cara del ciego, pero recuerdo mejor su latiguillo, esa oración simple con la que machacaba a los caminantes de la peatonal Córdoba y a veces también de la peatonal San Martín: "Una monedita para un ciego, por el amor de Dios", repetía una y otra vez, con la misma perseverancia de una gota de agua que martilla el cerebro.

Alguna vez hace mucho tiempo, no sé bien por qué, llegué a dudar de su ceguera. Pronto me sentí un ruin y desalmado que no merecería la vida eterna, en caso de que tal cosa exista (para bien o para mal, estoy convencido de que no existe). A veces, cuando lo oía repetir su pedido de ayuda como una máquina o como un rayón inoportuno que hacía rebotar la púa sobre un vinilo, me hacía una pregunta que ahora me parece ingenua, fuera de lugar, desubicada:

EM_DASH¿No se cansará nunca este hombre de decir siempre lo mismo, "una monedita para un ciego, por el amor de Dios?", una vez, diez, cien veces por día?

Nunca lo encontré en una situación distinta que no fuera la de pedir limosna. Tampoco me lo crucé en un lugar de la ciudad que no fuese el centro, ni lo oí decir otra frase que no fuera aquella por la que me llamó la atención la primera vez, "una monedita para un ciego, por el amor de Dios".

Decía la primera parte de la frase, "una monedita para un ciego…", con bastante más énfasis que la segunda. Luego la voz se le iba apagando, "...por el amor de Dios", como si fuera a quedarse sin fuerzas y sin voluntad de decirla. A veces, si no había mucha gente en la peatonal, uno podía escucharlo media cuadra antes o media cuadra después del lugar que había elegido para pedir ayuda.

El ciego que pedía limosna, "una monedita para un ciego, por el amor de Dios", era como el Monumento a la Bandera, o el río Paraná, o el Negro Fontanarrosa. Era postal, o mobiliario, o mito de la ciudad. O todo eso a la vez.

Desde siempre me pareció viejo, pero con los años deduje que las primeras veces que lo vi no debe haber tenido más de 40 años. Ubico temporalmente esas primeras veces a finales de los años 80 (¿o fue antes, cuando yo vivía en una vieja pensión y la vuelta del perro consistía en recorrer de punta a punta la peatonal Córdoba?). Seguí cruzándome con él y escuchando su frasecita, "una monedita para un ciego, por el amor de Dios", por un buen tiempo. Por meses. Por años. Una sola vez lo vi callado. Creo que descansaba, tal vez agotado de su propio latiguillo.

Como sucede con tantas cosas, o incluso con tantas personas, no noté su ausencia hasta mucho después. Tampoco sé bien por qué lo recordé ahora, su cara morocha, sus rasgos andinos, su mirada de ciego vacía y fija en algún punto de ese infinito oscuro que seguramente "veía", su hija adolescente que era su guía. "Una monedita para un ciego, por el amor de Dios", decía él mientras mantenía la mano extendida.

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