Domingo 07 de Julio de 2019

En la época de mi madre

las mujeres eran probables.

Mi madre se sentaba junto a mi abuela

y las dos eran completamente de carne y hueso.

Yo soy apenas una secuela estable

de aquel exceso de realidad.

Y en la ansiedad del pasado indefinido,

en el aspecto durativo de elegir,

escribo ahora: una elegía.

En la época de mi madre

las mujeres eran perdurables,

completamente hueso y carne.

Mi madre se ponía el collar

de plata y de turquesas

que mi padre le había traído de Suecia

y se sentaba a la mesa como una especie exótica,

para que todo se volviera más grande que la vida,

y cualquier ficción fuera posible.

En la época de mi madre, las mujeres

eran un quid: mi madre nos contó

a mi hermano y a mí: "cuando salía de la escuela,

iba a buscar a mi padre al trabajo,

en Santa Fe, y los compañeros le decían es un biscuit,

tu hija es un biscuit, y nunca supe qué querían decir,

qué era un biscuit", un bizcocho estando muy enferma,

una porcelana exquisita todavía para nosotros,

y mi hermano apurándola: "¿Y?"

No sé qué es un biscuit, ¿una especie exótica

algo de todos modos, especial? Igual

andaba delicadamente por la casa, rozando los ochenta

como se roza una herida

con una gasa.

En la época de mi madre

las mujeres eran muy visibles.

Mi madre se miraba en los espejos

y yo no llegaba a abarcar

su imagen con mis ojos. Me excedía,

la intuía a lo lejos como algo que se añora.

Como ahora,

una elegía.

A la criatura adorable

fijada en lo remoto de la foto,

que ya a los ocho años parecía

más grande que la vida: te extraño,

aunque no te conocía. Eso fue antes

que a mí me dieras vida

en un tamaño apenas natural.

Igual,

una elegía.

Y a la otra de la foto que espero

conservar, la mujer bella que sostiene

el libro ante la hija de un año

en el engaño de la lectura:

te quiero por lo que dura, y es suficiente

leer en el presente, aunque se haya apagado

tu estrella.

Por ella,

una elegía.

Ahora soy la fotografía

y vos el líquido revelador.

Tu muerte

me convierte en yo: como una ciencia aplicada

soy la causa y el efecto,

el ensayo y el error, este vacío

de la nada que golpea mi corazón

como cáscara vacía.

Una elegía,

cada vez con más razón.

(La reconocida poeta, traductora y editora rosarina Mirta Rosenberg falleció en Buenos Aires el pasado 28 de junio)

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