Cultura y Libros

Un viaje muyparticular

Domingo 03 de Diciembre de 2017

Fue un viaje inolvidable, de esos cuya necesidad no aparece muy nítida hasta que lo realizás y te das cuenta de que algunos eventos en tu vida pueden resultar maravillosos a pesar de que en tu agenda los hayas marcado previamente como supeditados a "que tengas tiempo".

El Turco estaba organizando la Semana del Arte y había urdido extenderla a varios lugares de la provincia de Santa Fe. Entre estos lugares, él y Graciela habían elegido Los Amores, una localidad del norte santafesino nacida al influjo de La Forestal y habitada por casi 1.500 personas, a pocos kilómetros de la frontera con la provincia del Chaco, que sólo tiene una escuela primaria y otra secundaria. La idea del terceto constituido en delegación pictórica-funcionarial era transmitir los objetivos de la Semana del Arte, fundamentalmente a los docentes y directivos de las escuelas que se habían mostrado muy interesados en que su localidad se integrase a una programación artística de escala provincial.

Roberto y Graciela se comportaban, los dos, como niños que van por primera vez a un cumpleaños; se reían todo el tiempo y de cualquier cosa, primero arrancaba la Colo y después con armónica cacofonía se le unía su querido amigo, cosa que, debo reconocer, me exasperaba. El primer inconveniente de la travesía de 600 kilómetros surgió cuando la camioneta del Ministerio de Innovación y Cultura que yo manejaba y que había sido adquirida muy pocos meses atrás se nos quedó, irremediablemente, en la ruta 1, a una hora de Reconquista; así estuvimos: vulnerados por el inclemente sol santafesino y algunos benteveos como únicos testigos. Mi desesperación era considerable: llamar a una grúa con una muy mala señal telefónica, ver si hacíamos tiempo para alquilar un auto en Reconquista y luego avisar a Los Amores que íbamos a arribar a cualquier hora. Todo resultaba un panorama nada alentador. Todos estos inconvenientes, lejos de ponerlos serios y gravosos, multiplicaron la hilaridad de mis dos acompañantes, que con su filosófica inconsciencia me tranquilizaron bastante.

Sólo nosotros tres, errantes peregrinos y catequistas de la agitación cultural, pudimos haber aceptado (y alquilado) el auto que nos ofreció aquella agencia de Reconquista. Alcanzamos Los Amores a la hora del Ángelus. Graciela estaba extasiada por la calidez y el entusiasmo con que fuimos recibidos, por cómo imaginaban las divinas maestras la forma en que iban a desarrollar el trabajo con sus alumnos a partir de las propuestas que hilvanábamos con nuestros discursos trifurcados y finalmente convergentes.

Recuerdo sus pecas iluminadas con la energía que emanaba de ese lugar amable, de costumbres rurales, levemente comunicado con la urbanidad y polvorientamente mágico. La actitud agradecida y a su vez la fortaleza de espíritu de la gente de Los Amores habían tocado la hondura de su humanidad y su rostro lo reflejaba.

A pesar de que el trío sólo había bebido algunas gaseosas, el viaje de vuelta fue sencillamente lisérgico. Decidí retornar vía Villa Guillermina y recorrer más de sesenta kilómetros de tierra a las once de la noche. La soledad de la ruta y la polvareda que nuestro auto levantaba dispararon la imaginación del arte contemporáneo. En cada curva, Graciela me preguntaba qué hacían en el medio de la nada, "esas personas". Yo no veo a nadie, le respondía. "Ahí, al costado, ahí están", exclamaba entre risueña y algo preocupada. Otra curva, otra nube de tierra con forma indefinida y de nuevo la observación: "Ahí están de nuevo". Hasta hace poco, cada vez que nos encontrábamos, discutíamos acerca de aquellas apariciones.

Por último, fui atormentado musicalmente. Graciela tenía la teoría de que las bizarras metáforas que usaba Ricardo Arjona estaban pensadas para reírse de todo el mundo, y que el tipo era en realidad un cínico. Me obligó a escucharlo todo el viaje de vuelta y cada vez que se escuchaban sus inefables versos (del tipo: "Permítame descubrir / qué hay detrás de esos hilos de plata / y esa grasa abdominal / que los aeróbicos no saben quitar") Roberto y ella se doblaban y las lágrimas les inundaban los rostros enrojecidos de tanto reírse.

Querida amiga, la obra que me regalaste, y que viniste a instalar en casa, todas las mañanas me hará recordarte. Por suerte, bellos momentos compartidos, como el viaje narrado, harán que siempre te evoque por tu inconmensurable amor por la vida y el arte. Beso y abrazo gigantes.

Marcelo Romeu

Ex secretario general del Ministerio de Innovación y Cultura

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