Recorridos

Un proyecto cultural y editorial en el corazón de la naturaleza

En un pequeño pueblo costero, a once kilómetros de la capital santafesina, una escritora motoriza una iniciativa muy especial: ya lleva publicados a 82 autores argentinos y antes de la pandemia organizaba un concurrido festival. Todo en un bucólico escenario de árboles y ríos

Domingo 13 de Septiembre de 2020

Escritora, diseñadora de ropa y artesana tejedora, Alejandra Bosch nació en Santa Fe en 1967. Vivió en Brasil quince años y de regreso dictó durante una década talleres para reciclar basura plástica y transformarla en objetos de uso doméstico. En marzo de 2015 un lote de sachets de leche que una alumna le hizo llegar por error le despertó una idea que pronunció una mañana, de un tirón y en ayunas. “Con este plástico voy a publicar libros de poesía argentina. Voy a tener una editorial y como las tapas son tan blanditas y quedarán de 21 por 16 y medio, los libros tendrán dos textos inéditos que les voy a pedir a los poetas, junto a una ilustración y una biografía”. Cinco años después, la idea se mantiene. Ediciones Arroyo lleva publicados 2.500 ejemplares de 82 autores argentinos e incluso de otros países de Latinoamérica, ha llegado a Estados Unidos y se expande como proyecto sociocultural: desde los festivales de invierno y verano, la reserva poética y el sueño de formar una biblioteca a la relación con vecinos y organizaciones del pueblo costero de Arroyo Leyes, situado a once kilómetros de la ciudad de Santa Fe.

La Pipi —como la llaman en el ambiente literario— había trabajado en Brasil en tareas de reciclado a través del tejido, combinando arte y ecología. Cuando volvió a Santa Fe presentó un proyecto a la Secretaría de Cultura de la Municipalidad que fue aceptado. Bajo el paraguas del programa “Arte y comunidad” recorría los barrios del cordón oeste de la ciudad con talleres que impulsaban la reutilización de los desechos domiciliarios en elementos de uso cotidiano o susceptibles de ser comercializados, como carpetas, alfombras, cortinas, canastas. Un día una alumna le dio una bolsa de consorcio repleta de sachets pensando que era el material que necesitaban para tejer. Su equivocación abrió un portal y Alejandra Bosch lo cruzó.

“Eran rectángulos cortados prolijamente, abiertos como si fueran páginas. Una cantidad enorme que me duró un año”, recuerda desde su casa de Arroyo Leyes, al norte de la capital de la bota por la ruta provincial N° 1. Entre grandes arboledas, olor a río y calles de arena vive con su hijo Julián, de 22 años, ilustrador de los libros y uno de los pilares del proyecto que crece aun en pandemia de manera autogestiva, independiente y solidaria. En la sede de la comuna se instaló una caja de recolección de sachets, los vecinos se los alcanzan en mano o le llegan por encomienda desde distintos puntos del país. “Yo siempre reciclé las bolsas camiseta, las que te dan en la verdulería, y los sachets que consumía en mi casa. En los barrios más pobres donde daba clase mis alumnos eran recicladores pero usaban el material para tejer, entonces empecé a difundir boca a boca e incluso en radios, y se armó una red”, plantea con naturalidad, como quien da una puntada. Es frecuente que reciba por correo cajas llenas de envoltorios de leche y yogurt, lavados y plegados. “Un poeta de Santo Tomé me acaba de mandar setenta; hay una chica que envía desde San Nicolás, otra de Córdoba, otra de Rojas, provincia de Buenos Aires; y tengo vecinos que a diario me acercan”, agrega Bosch, y enumera los eslabones de la cadena artesanal que da como resultado un libro distinto cada vez. “Recibo los materiales, los preparo, los corto, los coso a mano, pongo el cartón adentro, corto el vinilo letrita por letrita y armo la tapa con el nombre de los poetas, edito el libro, lo corrijo, armo el PDF, voy a imprimir, traigo, pliego, coso y envío por correo a los poetas o a las personas que compran libros”. Toma aire y advierte: “Salvo ilustrar, hago todo lo demás, es mi actividad principal y me da gran satisfacción. Dejé la docencia por esto, después de diez años ya no podía soportar las carencias de la población con la que trabajaba, de las villas miseria. Me causaba mucho dolor”.

Más allá de las donaciones para las tapas, Ediciones Arroyo se sostiene con la venta de pan casero (que la propia Bosch cocina) “como alternativa económica viable desde la perspectiva de la soberanía alimentaria”. Su actividad fue declarada de interés por la Cámara de Diputados de la provincia, pero no recibe subsidios. Este año se presentaron por primera vez a una convocatoria pública, el programa Puntos de Cultura que lanzó el Ministerio de Cultura de la Nación. Fueron seleccionados en lo que la editora considera una llave para ampliar los horizontes de su particular sello, ya que producirán antologías para distribuir en bibliotecas populares y de escuelas secundarias de diez provincias, lo que equivale a unos dos mil ejemplares. “Veinte poetas argentinos escribirán sobre la pandemia, sobre lo que nos está pasando como humanidad. Ya estoy prestando atención silenciosamente, tomando o pidiendo textos. Con el mismo formato de libros individuales, mandaremos a las bibliotecas los veinte libros en una caja, donde además habrá un folleto con nuestra historia, el mapa de Arroyo Leyes y el catálogo”, anuncia y da una nueva puntada. En ese sentido recuerda: “Publicamos libros bilingües de cuatro poetas brasileños y estoy haciendo para cinco uruguayos, además de Nadia Prado, de Chile”.

—¿Cómo se arma el catálogo?

—Al principio fue santafesino, salvo Fernando Callero que es de Concordia pero vive en Santa Fe. La editorial nació el 14 de mayo de 2015 en la librería Del Otro Lado Libros (nombre que homenajea al recordado Francisco Paco Urondo), donde presentamos a los primeros poetas publicados, entre ellos Francisco Bitar, Larisa Cumin, Agustina Lescano, Analía Giordanino y Santiago Venturini. La salida hacia Buenos Aires la marcamos con José Villa y Walter Lezcano –correntino residente en Caba–, amigos con los que yo charlaba mucho por cuestiones de mi propia escritura y fueron los primeros invitados. El segundo año completé la representación de la generación del noventa de la que forma parte Villa (publiqué a Rodolfo Edwards y a Juan Desiderio). Después me interesé por poetas más jóvenes, empecé a ir a Rosario, a investigar. El catálogo está vivo, se va haciendo a través de las relaciones humanas y está muy ligado a la cuestión del festival y del conocimiento que voy teniendo de los poetas a medida que los escucho en vivo. Recibo pedidos de publicación, leo mucho material, trato de armar un catálogo federal y no elitista, representativo de las voces que circulan en esta época. Es mi recorte histórico, no hay una investigación para atrás ni hallazgos ni traducciones, como hacen otras editoriales, porque considero que esos son trabajos elitistas, para el mundo de la literatura. Ediciones Arroyo tiene la esperanza y el deseo de acercar la poesía a los jóvenes, a las personas que no leen. Nos pretendemos populares, a pesar de que vendo muchos libros entre escritores y eso permite una cadena (cuando entra dinero, salen libros de nuevos autores). Me gusta el diálogo con los alumnos, los docentes, las ferias donde se acercan a mirar los libros ciudadanos que no son escritores. Nuestro gran objetivo es difundir a través de este pequeño formato lo que se escribe hoy en toda la Argentina, en Río de Janeiro, en San Pablo; a los jóvenes poetas emergentes que son leídos por los otros escritores y están en la movida. Queremos publicar a los que generan porque son gestores culturales, porque están batiendo el parche. El año pasado la poeta mapuche Liliana Ancalao se acercó a nuestro puesto en el Festival Internacional de Poesía de Rosario (Fipr) y ella misma dijo que me iba a mandar material. Recibir su poesía urgente a modo de manifiesto fue un orgullo porque es una provincia más y abre una línea para la editorial. Una doctora en Letras que trabaja en universidades y viaja por el mundo difundiendo la palabra de sus ancestros entendió la dimensión política del proyecto, pudo empatizar con él. Dejamos que el catálogo crezca por el deseo y la empatía de los autores, como Andi Nachón que se manifestó deseosa de ser publicada, Juan Fernando García, María del Carmen Colombo. Es una cosa viva que va creciendo solita, yo recibo y hago.

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—¿Cómo se distribuyen y reponen los libros?

—A los autores les regalo el material, recién con la pandemia empezamos a pedir colaboración a los nuevos autores que publicamos y a algunos de otros años que necesiten ejemplares. A quienes no pueden les damos de a cinco, de a diez, de a tres, porque nuestra prioridad es que tengan ejemplares gratuitos. La colección no está en librerías pero ahora va a ir a Rosario porque Oliva Libros nos la pidió a instancias del artista plástico Daniel García, luego de que el año pasado publicamos a Gilda Di Crosta, su pareja, que había fallecido. Oliva manifestó interés y lo hace a modo colaborativo y de apoyo hacia nuestra propuesta, por suerte hemos recibido muchas muestras de cariño y de pedidos de libros durante la cuarentena. Eso nos dio tranquilidad, nos ha permitido trabajar y subsistir. Se han vendido libros de uno a uno o enviados por correo.

En tiempos normales Ediciones Arroyo viaja, a eventos que generamos o a los que nos invitan. Aplicamos a la convocatoria para la feria del Fipr y fuimos los cinco años seguidos, eso nos permitió llegar a todo el país. También armamos presentaciones, como cuando fuimos a Montevideo, a Casa Brandon en Buenos Aires, a Paraná, a Concepción del Uruguay. En las librerías nos interesa que la editorial tenga un espacio, que se hagan movidas y lecturas, que los libros no queden tirados a la espera de ser vendidos ya que llevan mucho trabajo y producción desde el momento que el vecino viene a dejar el sachet. Preferimos poner el cuerpo y la cara, generar situaciones. Buscamos armar una red, ahora a través del correo: hay poetas que reciben los libros, los venden y me reenvían el dinero para que yo pueda seguir trabajando. Además el año pasado hicimos un contacto amoroso con Vanesa Miseres, doctora en Letras que trabaja en la universidad norteamericana de Notre Dame, en Indiana. Había venido a Santa Fe a presentar su libro sobre mujeres que viajan y yo fui a verla. Como es tejedora además de docente, empezamos a intercambiar mensajes sobre los tejidos y los bordados por las redes sociales; ella de motu proprio habló con la universidad y vendimos el catálogo a Estados Unidos. Ese contacto se diversificó y ahora tres universidades se comprometieron a comprar ejemplares cuando termine la pandemia, algo muy importante para nosotros en lo económico y por el impacto de que los poemas sean leídos por chicos de primaria, secundaria y universitarios en una biblioteca pública. Es un orgullo enorme.

—¿Cómo surgió la idea del festival?

—En junio de 2015 organizamos el primero para celebrar todo lo que nos estaba pasando –hacía poco nos habíamos mudado de Santa Fe a Arroyo Leyes–, a la usanza del festival Fanny que organizaba Enrique Butti en Colastiné, del que Hebe Uhart alguna vez hizo una reseña contando que era un encuentro de poetas, escritores, cineastas, pintores y músicos para tomar vino, bailar y leer bajo la luna. Nosotros decidimos seguir esa idea de que los festivales deben ser momentos de alegría, de diversión, de compañerismo, de compartir la comida, de conversar, de salir a caminar, de hacernos amigues, de leer poesía, de que haya ferias. Creemos que el gran éxito del festival no es por el trabajo de la editorial, a pesar de que durante el festival vendemos muchos libros, sino porque la costa santafesina tiene esa historia, ese imaginario que otros escritores hicieron y sembraron. A nivel nacional se piensa que aquí los poetas brotan de las plantas o de los hongos como Juan L. Ortiz. En el primer festival tuvimos 84 poetas de Santa Fe, Paraná, Santo Tomé, Corrientes y Misiones, cantaron poetas de la costa y del norte santafesino, hubo unos cruces maravillosos. Cuando la editorial empezó a tomar resonancia nacional, el festival comenzó a ser menos litoraleño aunque la mayoría de los asistentes son de nuestra provincia y de Entre Ríos. Empezó a venir gente de La Plata, de Caba, de la provincia de Buenos Aires, de Córdoba, del sur argentino, nos fuimos ampliando. Siempre participan quienes se sienten convocados, la convocatoria es abierta y eso nos encanta. En esta edición virtual se sumaron 85 videos, incluso del extranjero —Estados Unidos, México, Jordania, Francia, Chile, Uruguay, Brasil—.

Para el pueblo es maravilloso porque no solo nosotros vendemos libros sino que el hotel que instala el gremio de la docencia gana sus pesos, el señor que hace las empanadas, el supermercado. Porque todo lo que es alimentación nos lo proveemos en el pueblo. Cuando no encontramos alojamiento hablamos con vecines que albergan a los poetas: hay un grupo de vecines que siempre apoya, al igual que la comuna y la asociación de prensa de Santa Fe.

La edición de enero fue absolutamente a pedido de los poetas, no sé quién empezó con esa historia del verano, pero nos pusimos las pilas y lo organizamos. Es un éxito que se acerca más al jolgorio y al festival Fanny que el de junio porque en invierno vamos a las dos escuelas primarias del pueblo, damos talleres, los chicos nos esperan con sus poemas, hay un cruce entre los poetas y los chicos escritores, vamos a la secundaria, al jardín, a la UNL, y hacemos lecturas para el público o para nosotros. Además en junio están involucradas la Biblioteca Popular Amanecer, que está en el kilómetro 19 de la ruta N° 1, y la Domingo Guzmán Silva, de Rincón. Ahí los sábados a la tarde nos espera la gente del pueblo, preparan café y tortas, se hace una lectura que ya es un clásico del festival. Son dinámicas muy distintas por el clima y porque en junio trabajamos con las instituciones.

Nuestro festival tiene el interés de que el pueblo sea conocido como un lugar de encuentro, de poesía, de fiesta, donde una editorial de alcance nacional, y por qué no internacional, produce un trabajo de reciclado y de cuidado del medioambiente. Un lugar donde los poetas de otras partes del país quieren venir, por eso se agregó la jornada del domingo. A mi casa vienen cuando tienen ganas aunque estén en el hotel o en el camping. Se suman cantantes, gente de teatro, colectivas feministas y artesanos que participan de la feria cuando se lee para la comunidad. Como gestora y editora es un milagro y un regalo de la vida.

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—¿Qué es la reserva poética?

—El proyecto cúlmine, que dejaría un testimonio material en el pueblo. Nosotros empezamos de a poco a demarcar el territorio desde el centro, más o menos el kilómetro 12, donde está la mayor cantidad de vecinos. Ponemos en la puerta de las casas los nombres de los poetas que vienen al festival y de otros que es importante recordar, por eso la reserva se llama Juan L. Ortiz, el gran poeta americano. El primer cartel que pusimos fue el de Irene Gruss, que acababa de fallecer. Estamos armando una biblioteca dentro de la reserva que se llama Inés Manzano, una gran poeta que se dedicó a difundir la poesía de otres. La biblioteca está dedicada a poesía argentina de editoriales independientes. Trabajamos con tablas de madera que compramos: primero barnizamos, pintamos los nombres de los poetas a mano alzada y buscamos a los vecinos que quieran recibir los carteles. Vamos irradiando desde el centro hacia afuera, nos gustaría que el pueblo se llene de esos cartelitos.

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Pipi Bosch da la última puntada y enhebra el hilo de su próximo sueño: montar en su casa un local donde pueda vender libros y pan. Esos alimentos que no deberían faltarle nunca a nadie.

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