Cultura y Libros

Un momento dorado del teatro rosarino

Un reciente y documentado libro de José Moset y Omar Tiberti cuenta la historia del recordado Centro Dramático del Litoral. Liderado por figuras hoy emblemáticas, se convirtió en el referente de la escena independiente de la ciudad. Abajo, un fragmento de la obra, donde se relata el gran desafío que significó montar La gaviota, de Chéjov

Domingo 22 de Julio de 2018

Satisfechos por los resultados obtenidos, con esa armonía que atenúa por un tiempo las dificultades y los sinsabores del trabajo grupal, los responsables del Centro Dramático del Litoral (CDL), Jorge Garramuño y Carlos Serrano, acordaron con Pedro Asquini la continuidad del trabajo conjunto. Si la obra de Shaw fue una difícil partida ganada en lo estético y en lo conceptual, Asquini redobló la apuesta al elegir La gaviota para la siguiente puesta en escena. Fue la primera vez que un grupo rosarino se animaba al desafío de montar un Chéjov. Es cierto que el gran dramaturgo ruso figuró nominalmente en años anteriores del teatro independiente de la ciudad, pero se trató de las obras cortas; nada desdeñables, por cierto, aunque muy lejos de las exigencias de abordar una de las piezas de la extraordinaria tetralogía final del gran Antón Pávlovich: La gaviota (1896), Tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904).

La gaviota fue, asimismo, una obra decisiva en la creación chejoviana, ya que su realización escénica estuvo a punto de frustrar para siempre la carrera del autor, si bien terminó siendo el gran impulso que lo llevaría a la celebridad. Poco después de su estreno en 1896 en el Teatro de Alejandro de Petersburgo, que fue un estrepitoso fracaso, Chéjov —quien ya sobresalía como cuentista— sostuvo en una carta: "He aquí la moraleja: no hay que escribir obras teatrales. Nunca jamás las escribiré ni las haré representar, así viva setecientos años".

Galina Tolmacheva, pedagoga teatral rusa que vivió en Argentina y tradujo las obras de su compatriota, señala: "La herida que causó a Chéjov el fracaso de La gaviota no cicatrizó nunca, a pesar de los éxitos a veces triunfales de sus dramas posteriores. Pero después del éxito de la misma Gaviota en el Teatro de Arte de Moscú ―tan estrepitoso como lo fue su primer fracaso en Petersburgo―, se absolvió del juramento que había hecho de no volver a escribir para el teatro".

De paso, Tolmacheva deja constancia de que fue Vladimir Nemiróvich-Dánchenko, director artístico y literario del Teatro de Arte de Moscú, con su insistencia, quien convenció a Chéjov de seguir escribiendo teatro, a diferencia de Stanislavski, que tenía dudas sobre las virtudes de las obras del dramaturgo: "Bajo la superficie de la charla intrascendente de los héroes de Chéjov, fluye lo esencialmente dramático; lo que verdaderamente importa no es lo que la gente hace y dice, sino cómo y por qué lo hace y lo dice. Mediante este procedimiento, que conduce directamente a la solución del problema que Chéjov se plantea, el dramaturgo enfrenta al espectador con el alma desnuda de sus personajes, y aporta así al teatro conflictos inusuales. Al aliviar en gran medida sus dramas de la tiranía del acontecer, Chéjov libera al mismo tiempo a sus héroes del poder de las palabras precisas, carentes de los matices y la palpitación de lo vital. El finísimo texto de Chéjov no es tarea fácil de descifrar; pero dar vida a sus personajes, encarnarlos, es aún más difícil".

Y pone el ejemplo de las palabras del propio autor ante el requerimiento del director del Teatro de Alejandro que le pidió su opinión sobre la actuación en La gaviota: "Está bien, pero hacen demasiado teatro. Un poco menos de teatro sería mejor... Hay que hacerlo completamente sencillo..., tal como se hace habitualmente en la vida. Pero cómo conseguirlo en escena, eso ya no lo sé. Ustedes lo saben mejor que yo".

Uno de los temas de La gaviota es la creación artística, la teatral más precisamente, a partir de las relaciones entre Arkádina, una actriz madura, superficial y egoísta; su hijo Tréplev, un joven aspirante a autor teatral, que busca pero no encuentra un camino propio en la vida, y Nina, una muchacha que quiere ser actriz y rechaza el amor de Tréplev para unirse a Trigorin, un novelista pagado de sí mismo. Hay otros personajes y otros conflictos, más interiores que explícitos, que van tensándose en una pieza compleja, llena de pequeños detalles que pasan inadvertidos y que se vuelven relevantes como la gaviota que Tréplev ha cometido "la infamia de matar" y que queda como un símbolo en el transcurrir de la obra.

Los ensayos de la versión del CDL se llevaron a cabo en la sala del Ministerio de Agricultura de la Nación, pero en medio del proceso Asquini abandonó el proyecto. No existen testimonios de algún conflicto del director con Garramuño y Serrano, pero se habla de desinteligencias

entre ellos. Garramuño asumió la dirección total del espectáculo con este elenco: Mirko Buchín (Semión Medvedenko), Idilia Solari (Masha), Mario Fanuchi (Piotr Nikoláievich Sorin), Roberto Bustos (Tréplev), Hugo Crocco (Iákov), Perla Trillas (Nina Za-réchnaia), María Amelia Ruiz Pereyra (Polina Andréievna), Carlos Serrano (Evqueni Dorn), Jorge García Gacio (Ilia Shamráiev), Martha Aldasoro (Arkádina) y Fernando Casariego (Trigorin). La iluminación estuvo a cargo de Hugo Crocco, Jorge García y David Edery; la utilería, de Rosa Aboukais y Vilma Molinero; traspunte, de Roberto Rosúa; bocetos, escenografía y vestuario de Carlos Serrano; realización de vestuario, de María Crocco de Gauna; efectos especiales, de Antonio de Iorio; técnica de la voz y gimnasia teatral, de Julio Somaschini, y maquillaje y asistencia de vestuario, de Lucrecia Castagnino, Susana Almanza y A. M. Sutti. La dirección general, se informó, fue compartida por Asquini y Garramuño nuevamente.

Estrenada, en la misma sala de Sarmiento y Mendoza, el jueves 20 de septiembre de 1956, el miércoles 26 apareció la esperada crítica sin firma de La Capital: "Con el drama de Antón Chéjov La gaviota reapareció sobre el escenario del Teatro del Ministerio de Agricultura el conjunto del Centro Dramático del Litoral. Este estreno, que cuenta con acertada escenografía y un buen logrado vestuario creados por Carlos Serrano, y un cuidado minucioso de los más íntimos detalles, puede considerarse por el acierto total de la interpretación, dirección y clima obtenido como uno de los más logrados espectáculos teatrales de la actual temporada. La pieza de Chéjov que nos ocupa no es la obra maestra del autor de El jardín de los cerezos. Sin embargo, su técnica y su espíritu anuncian ya la dramaturgia de Chéjov, la tragedia de una humanidad decepcionada, de una vida inútil. Como no es el caso ahora, y desde esta columna, ponerse a descubrir el teatro de Chéjov, hay en esta obra, y de ahí el mérito de la representación de este inteligente grupo independiente y consecuentemente la dirección de Pedro Asquini y Jorge Garramuño, ese hondo sentido para representar una sociedad de ilusos que intentan vanamente participar del sabor, del gusto de la vida que los repudia. Este clima especialísimo en el que hombres y mujeres, cada uno presa de su propio anhelo, repiten en sucesivos monólogos de su propia idea fija su propia aspiración más o menos vana, su propia angustia y su gran fracaso, encarnando con notas agudas, discretas, leves, y a veces casi alegres, un mundo de seres abúlicos y borrosos; ese tono, lo consignamos complacidos, lo logró el Centro Dramático del Litoral en todas y cada una de las escenas que componen la larga obra: el acierto total del clima señala una madurez interpretativa, una seria y segurísima comprensión de la dirección y su elenco. Con total verdad, con amor al autor y al teatro constituye esta representación de La gaviota un modelo en nuestro medio y un limpio ejemplo de conducta. La homogeneidad del cuadro no da pie para señalar labores individuales. Este triunfo de conjunto es a la postre el más alto galardón a que puede aspirar un elenco que pone al teatro y su misión por encima de las pequeñas vanidades personales. Animaron los diversos personajes de la pieza, que volverá a repetirse mañana a las 18, las actrices Idilia Solari, Perla Trillas, María Amelia Ruiz Pereyra y Martha Aldasoro y los actores Mirko Buchín, Mario Fanuchi, Roberto Bustos, Hugo Crocco, Carlos Serrano, Jorge García Gacio y Fernando Casariego".

Para la mitología del teatro rosarino, vale recordar que fue en aquella versión de La gaviota la primera vez que en un programa de mano aparecía ―como uno de los responsables del rubro luces― el nombre de David Edery. Esta es su evocación: "Yo era muy joven, el teatro no existía para mí, apenas si había visto una obra alguna vez. Estaba buscando trabajo y leía los avisos clasificados del diario. Un día vi que necesitaban un luminotécnico y como yo sabía algo de electricidad, me animé y fui. Era en lo que ahora es la Lavardén. Me pareció raro de entrada: yo iba a pedir un laburo, pero ahí no se veía nada. Me atiende alguien un poco mayor que yo, que después supe que se llamaba Garramuño, y me explica todo. Yo quería saber cuánto me iban a pagar y no me animaba de entrada a sacar el tema. Pregunto por el horario de trabajo y me contesta que empiezan a trabajar a las ocho de la noche: ahí ya no entendía nada. Sí, me dijo, tenemos ese horario porque acá toda la gente trabaja en otra cosa. Todo eso me desorientó más todavía. «Y bueno, pregunté, ¿cuál es el sueldo?». «No, respondió, aquí no se paga». Ahí ya me pareció que directamente estaba en Marte... «Acá lo que se recauda, me explicó, va a un fondo para solventar los gastos del teatro». Me quería ir. «Lo voy a pensar», dije por decir algo. Estoy saliendo y aparece una rubia increíble, muy linda, que me dijo: «Vas a venir, ¿no?». Ahí me temblaron las piernas. «Y sí», murmuré. Después supe que no era una actriz, en ese momento era la novia de Serrano. Y al otro día volví para quedarme. Con la rubia no pasó nada, por supuesto, pero yo me quedé fascinado con ese mundo que no conocía y empezaba a descubrir" (entrevista a David Edery, 2016).

La versión de Asquini

En 1990, en su libro de memorias El teatro que hicimos, Pedro Asquini dedica un capítulo a la experiencia del CDL. Por su importancia en esta historia, vale la pena transcribirlo completo:

"El Centro Dramático del Litoral había sido fundado por los integrantes del Teatro Fray Mocho en 1953. En 1955 estaba paralizado, muerto. Es que los actores, según me expresaron, querían hacer teatro y no expresión corporal. A fines de 1955 me vinieron a buscar para intentar activar un poco las cosas. A partir de allí fui todos los fines de semana a Rosario, donde, en general, el teatro no existía. Tomaba el rápido de las siete los sábados en Retiro. Llegaba a Rosario al mediodía. Comía y a las 14 estaba ensayando. Ensayaba hasta las 23 o 24 y me iba a dormir a la casa de algún actor o amigo del teatro. Me levantaba a las 8, ensayaba hasta las 13, almorzaba cualquier cosa y a las 15 tomaba el tren de regreso a Buenos Aires, sin faltar una semana. Así durante dos años. Por supuesto, no cobraba más que el pasaje.

"El primer día me dediqué a examinar las condiciones de cada actor. Cuando empecé, a las 15, eran apenas cuatro o cinco actores. A medida que avanzaban las pruebas fue llegando más gente, todos a probarse. Es que la cosa era relativamente sencilla y atractiva, aun para los principiantes. Consistía en leer un bocadillo de uno o dos renglones, primero en forma natural: se los hacía repetir dos o tres veces para aplacar los nervios; segundo, más fuerte, mayor volumen; tercero, más fuerte aún; cuarto, leer con voz natural nuevamente; quinto, leer siempre el mismo bocadillo con voz más fina, tono agudo; sexto, volver al tono natural; séptimo, leer con voz más gruesa, tono grave. Cuando terminaba el ejercicio tenía una idea clara acerca de cómo funcionaba la voz de cada uno y el manejo que tenían de la misma. Al mismo tiempo me fijaba en el uso que hacían del rostro. Luego, una prueba del cuerpo: caminar con pasos normales, largos y cortos, combinando con mayor o menor rapidez; sentarse y pararse; sentarse en el suelo y levantarse. Con esto averiguaba cómo andaban en el uso del cuerpo.

"Todos se animaban a hacer una prueba simple y fácil, aun para los que nunca habían actuado en teatro.

"Estuve viendo gente hasta las 20, por supuesto, y haciendo la ficha de cada uno. Al mismo tiempo los interrogaba sobre la experiencia anterior.

"Cuando terminé las pruebas había examinado a más de veinte actores y aspirantes a actores. Ya entonces tenía una idea aproximada sobre la gente con que contaba.

"Así las cosas propuse enseguida montar El soldado de chocolate (Arms and the Man) de George Bernard Shaw, una pieza que conocía bien, por haberla leído y visto en el Teatro del Pueblo. Estuvieron de acuerdo.
"Comenzamos los ensayos sin saber dónde íbamos a estrenar, pues el Centro Dramático del Litoral no tenía sala. Se pusieron en movimiento para conseguirla. Les advertí que si no conseguían sala con escenario, podíamos hacerla en circular. Así que ensayábamos sin fijar el movimiento. Finalmente apareció la solución: una cancha de básquet. Me pareció fantástico. No recuerdo de qué club era la cancha ni dónde quedaba, pero no era lejos del centro.

"Había que ocupar con la escena un amplio espacio, el de la cancha propiamente dicha. La dividí en zonas para cada uno de los distintos cuadros. Empecé a trabajar con movimientos definidos. En menos de tres meses estaba lista la obra. Hay que tener en cuenta que durante la semana los actores ensayaban sin mi presencia lo que habíamos puesto en el fin de semana anterior y la letra de las nuevas escenas.

"Paralelamente avanzaron con el vestuario, utilería y hasta con el material de iluminación, puesto que no íbamos a hacer las funciones con las luces de los partidos de básquet.

"Estrenamos con resultados más que auspiciosos. Se hicieron numerosas representaciones, se pagaron las deudas y quedaron fondos para el próximo montaje. Luego se hicieron funciones afuera del "teatro". Se ganó un público y un concepto entre la gente. La interpretación era de buen nivel y pareja. No tengo programas y se me han borrado los nombres; recuerdo a un buen actor, Carlos Serrano, y también a Chiquito Garramuño, Lucrecia Castagnino, Mirko Buchín y no más. Han pasado 35 años.

"El éxito de El soldado de chocolate enfervorizó a los integrantes del elenco del Centro Dramático del Litoral.

"Al año siguiente consiguieron permiso para utilizar un teatro del Ministerio de Agricultura. Una linda salita, un poco anticuada, pero ellos la pusieron en buen uso.

"Comenzamos a ensayar La gaviota, de Antón Chéjov. Tuve buenos actores para hacer los papeles de Nina y Tréplev; los demás contribuían a alcanzar un nivel de idoneidad.

"El estreno de La gaviota constituyó un nuevo éxito".


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