Cultura y Libros

Un golpe a los libros

La Vigil, mítica biblioteca del barrio de Tablada, surgió gracias al esfuerzo de un grupo de vecinos y se volvió un ejemplo en América Latina. La dictadura se ensañó con ella, pero finalmente logró renacer.

Domingo 18 de Agosto de 2019

—¿Dónde están las armas? —preguntó a los gritos el coronel Jorge Alberto Maríncola al entrar a la Universidad Nacional de Luján.

—En la biblioteca —le respondió el rector Emilio Mignone.

El coronel y su séquito no entendieron la ironía, patearon las puertas y entraron a requisar. Por supuesto que solo encontraron paredes repletas de libros que más tarde serían destruidos. Así como en 1976 la dictadura militar saqueó la casa de altos estudios de Luján, en Rosario la Vigil fue víctima del genocidio cultural. Las escuelas, la universidad popular, la editorial, la biblioteca, los talleres, el teatro y todo espacio que se venía gestando desde los años sesenta quedaron bajo las suelas de las botas.

Con los años, entre esas pisadas volvió a brotar la luz de un espacio que sigue acunando libros, que sigue abriéndoles los brazos a chicos y grandes del barrio. Con las mismas ganas que entonces y con la experiencia adquirida, fundadores, exalumnos, investigadores y vecinos siguen hoy apostando a lo que fue un enorme proyecto que echó raíces en la mítica esquina de Alem y Gaboto. Todos ellos tienen una gran historia que contar, que recordar y que transmitir a los más jóvenes.

Los compinches

—Esta mesa en la que estamos sentados la tuvo guardada mucho tiempo un vecino. Cuando volvimos al edificio, nos la devolvió. La comisión directiva siempre se reunía alrededor de esta mesa —dice Augusto Duri mientras se sienta. Ese gran trozo de madera tallada tiene la misma edad que la biblioteca.

Augusto está enfrente de Albino Serpi, su gran compinche en todo esto. Pasaron del campito donde jugaban a la pelota a ser los mentores de un megaproyecto cultural y educativo. Los recuerdos se atropellan unos a otros. Cada cosa que hicieron juntos es hoy parte de la historia de Vigil. Todo comenzó en una esquina del barrio de Tablada, en el que los obreros vivían de forma humilde levantando sus casas a pulmón.

—Cada patio tenía un tejido alrededor, pero no por inseguridad sino para que el perro del vecino no te rompiera las plantas —recuerda Serpi.

Había una biblioteca a estantería abierta que era de la vecinal, donde todos iban a jugar al ajedrez, a leer la revista Billiken y a Constancio C. Vigil. La primera bibliotecaria de ese espacio fue Checha Frutos, la mujer de Augusto. En esa sala que estaba sobre calle Alem, frente a lo que hoy es Vigil, a Duri se le ocurrió la idea de la rifa para recaudar fondos. Vendieron dos mil números y compraron el primer terreno.

—Así empezamos a pensar en hacer una rifa todos los años. Con el tiempo compramos toda la manzana. Eso también significó una independencia total con cualquier tipo de gobierno —cuenta Duri.

A la biblioteca se sumaron un jardín de infantes, el primero en la zona, una escuela secundaria y una primaria; más tarde llegó la universidad popular. Llegaron a tener en total 2.500 alumnos. Para ese entonces los empleados eran 650, 400 de las cuales eran mujeres, por lo que surgió la necesidad de una guardería. Las escuelas de Vigil fueron en ese momento las más modernas de la ciudad, quizás del país.

El trabajo para levantar el edificio y su mobiliario fue colectivo: un vecino comenzó a construir las estanterías, otros siguieron con los bancos de las escuelas.

A principios de los setenta, de la biblioteca de Vigil salían más de mil libros por día. Se los llevaban socios y no socios. Vigil crecía y crecía. Se derramaba por todos lados. Hasta cuando el equipo de fútbol salía a la cancha repartían libros, por eso los llamaban "los libreros".

—Pero siempre faltaban diez para el peso —recuerda Duri.

No había tiempo para pensar en lo que se estaba convirtiendo, el tiempo casi que ni alcanzaba para ir por un desafío más: la mutual propia, el departamento de construcción, la carpintería, el teatro, la grúa más alta de la ciudad, terrenos en las islas y en Villa Gobernador Gálvez, una imprenta, una editorial, el museo de ciencias naturales, los trabajos de taxidermia: fueron tres mil las piezas embalsamadas. Algunos animales que llegaron al barrio para ser eternizados fueron una gran atracción para los vecinos: una jirafa, un oso, un tigre, un león.

Rubén Naranjo fue otro de sus pilares. Se sumó allá por 1963. Llegó convocado para pintar unos murales en la biblioteca. Siempre decía que conoció a Vigil desde arriba de un andamio. Al finalizar la pintura Augusto le propuso estar al frente de la escuela de artes visuales de la universidad popular.

—En este barrio hacen falta cloacas, alimentos, lo básico. ¿Artes visuales? —le preguntó Naranjo.

—Quédese y va a ver —le respondió Duri.

Se quedó y fueron más de mil inscriptos en el primer ciclo de artes visuales.

La decisión de la imprenta propia fue un hito entre todos los logros. Llegaron a publicar unos 92 títulos, el primero de ellos Oda al Paraná de José Carlos Gallardo con ilustraciones de pintores de la zona. Le siguieron autores como José Pedroni, Jorge Riestra, Rubén Sevlever, Gary Vila Ortiz, Juan José Saer, Alberto Lagunas, Juan L. Ortiz, Francisco Urondo.

Pero la oscuridad llegó un día con los interventores de la dictadura y Vigil dejó de ser Vigil por largos años. Ese proyecto comunitario que vecinos, docentes y alumnos habían forjado desde la década del sesenta quedó en manos de los militares que en pocos meses lo despojaron tanto de los bienes como de su identidad institucional. De a poco apagaron su luz, se robaron todo lo que pudieron, quemaron otro tanto y destruyeron el resto. Cuando volvió la democracia, las raíces seguían vivas 7 por eso los padres de esta biblioteca se reunieron para recuperarla. Fue un gran esfuerzo que comenzó en 1977 y finalizó en 2013.

—Ese fue el año en el que realmente tuvimos la conducción de la biblioteca, hubo siete años que fueron de la dictadura, pero 25 fueron de los gobiernos democráticos en la provincia y en esos años costó mucho trabajo la recuperación —afirma Duri.

Muchos jóvenes son hoy parte del trabajo diario en el edificio de Alem y Gaboto, pero los "históricos" siguen ahí, dedicándole su tiempo.

—Ellos, los que vienen detrás nuestro quisieron que los viejos estemos acá y acá estamos. Todo se hizo por todos y para todos —dice Serpi, emocionado.

Un revólver sobre la mesa

La puerta de la dirección se abrió de golpe.

—Los vamos a matar a todos, son todos rojos, todos marxistas.

El hombre caminaba de un lado a otro con furia animal. Celina Duri tenía once años. Estaba asustada. Lo seguía con la vista. La había llamado a la dirección para “hacerle algunas preguntas”. Alcides Ibarra, uno de los miembros de la patota de Feced, había sido designado como asesor pedagógico dentro del grupo que estuvo a cargo de la intervención de la Vigil en el 77. Se sentó frente a Celina. Los separaba un escritorio. Apoyado había un revólver. Aquella nena no entendía del todo pero sabía que algo pasaba: su padre, junto con toda la comisión directiva de la institución, había sido secuestrado.

—Pensé que me iba a matar. Estaba segura de eso —relata Celina.

La imagen de una nena de contextura menuda, aterrada, sentada enfrente de un miembro de la patota de Feced para ser interrogada no es fácil de sostener. Sobre todo para las maestras que esperaban afuera y que durante horas pasaron de escuchar silencios, llantos, gritos a amenazas que venían puertas adentro. Quería que le revele datos de la militancia de su familia. Ibarra se puso más violento aun cuando Celina no le supo decir si había armas en su casa.

—¿Te hacés la estúpida? —le gritó mientras imitaba con las manos el ademán de disparar con un arma.

—Ah, un revólver —le dijo la nena—. Nunca vi un revólver.

—Esto es un arma —le dijo mientras le agarraba la mano y se la ponía arriba de la pistola que estaba sobre el escritorio. Ibarra se reía a carcajadas. El horror y el miedo en esa sala todavía son difíciles de recordar para Celina. Tanto que durante muchos años borró de su memoria esas horas de interrogatorio. Recién en su adolescencia comenzó a recuperar fragmentos de ese día. Fue cuando vio en el Servicio de Informaciones una foto en blanco y negro del represor.

—Ahí me volvieron a la mente los detalles de todo. La cara, el pantalón, las manos, los zapatos, todo. Después de eso me enfermé mucho. Estuve 15 días con un ataque al hígado terrible —recuerda.

Celina anda por Vigil con unas décadas más encima y los recuerdos apretados entre sus manos. Sobre todo los de su madre, Checha Frutos, que falleció en 2017.

—Vigil hoy significa muchas cosas para mí. Lo que iba a ser este proyecto existe como modelo, como una percepción de lo que debiera ser y hay que asumir que no se pueden algunas cosas, otras sí y estamos en esa búsqueda. No es fácil porque es otra sociedad. Pero lo vivo con mucha alegría por la recuperación y la posibilidad de hacer, que antes estaba vedada al no tener la institución —dice.

Lo único que permaneció abierto durante el reinado de la dictadura fueron las escuelas primarias y secundarias, y el jardín de infantes. Todas las otras actividades se suspendieron, entre ellas la universidad popular, la biblioteca y la editorial. Muchas zonas del imponente edificio quedaron desiertas, en silencio. Quizás por temor a que algo resurgiera entre esas paredes las tabicaron con madera. Por esos días estaba prohibido pronunciar la palabra Vigil.

—Antes de eso, estar acá era como venir a un club, donde no había dueños, pensaba que en todos lados había una Vigil. Me crié acá, esto era lo cotidiano, esto era el barrio —relata Celina.

El edificio fue pensado desde sus inicios como un lugar abierto para que todos circularan con libertad. Todos los niños que entran por la puerta de Gaboto empiezan a correr. Corren porque el espacio se los permite.

—Hoy nos faltan espacios como el de la colonia en Villa Gobernador Gálvez, que generaba una libertad muy grande sobre todo en los chicos. Estamos tratando de recuperarlo a través de la Justicia.

Hasta ahí llegaban los domingos a pasar el día. En verano o en invierno. Jugaban al truco, al fútbol. Celina también tiene esos recuerdos muy apretados en sus manos y cada tanto se los acerca al pecho para arrullarlos.

Inédita en América Latina

Aquellas juntadas de la esquina se habían transformado en algo inesperado. Augusto Duri y Albino Serpi, junto a Tomás Pedrido y Raúl Frutos, entre otros, a quienes se les suma Rubén Naranjo años más tarde, fueron su núcleo duro. Solo querían sacar a los pibes de la calle y pensaron que con libros, charlas, juegos y educación podían intentarlo. La idea de la rifa en cuotas como forma de recaudación para afrontar gastos los diferenció del resto de bibliotecas populares y clubes. Y por otro lado, salían a los barrios con teatros de títeres y actividades culturales. De ese modo estaban rompiendo el formato que hasta entonces tenían las bibliotecas. Fue un proyecto inédito en América Latina.

Incluso a nivel pedagógico tenían cosas que recién se están pensando en las escuelas de hoy. Cría de animales y huertas por ejemplo, o un mobiliario adaptado al trabajo cooperativo y grupal dentro de las aulas. Ellos lo hicieron en 1970.

Pedrido decía que eran un mosaico ideológico porque también los distintos colores políticos los nutrían: dentro de la comisión había laicos, fervientes religiosos, radicales, socialistas, comunistas, anarquistas, peronistas.

Vigil crecía de adentro hacia afuera. Por todas sus características fuera de época es que el terrorismo de Estado cayó sobre ella con todas sus fuerzas. Los más de veinte miembros de la comisión directiva fueron prohibidos como personas a través de un decreto. Las detenciones fueron para descabezar a la dirigencia y quienes tenían cargos de síndicos o revisores de cuentas, que eran los únicos que podían anteponer reparos a lo que inmediatamente fue la liquidación de los bienes de Vigil.

Uno de los libros que los militares buscaron por cada rincón de la biblioteca y fue pregunta reiterada en los interrogatorios era Maestro pueblo, maestro gendarme de María Teresa Nidelcoff, ensayo setentista que interpela al docente y que este año fue reeditado por la editorial de Vigil.

—Lo de gendarme tenía que ver con que si el docente cuidaba las fronteras del saber o abría y democratizaba. Retomaba desde el conocimiento popular y la construcción colectiva un posicionamiento totalmente radicalizado en términos pedagógicos. Era muy temprano para la propuesta que hacía, porque Freyre todavía no circulaba tanto, sino que se leía en grupos muy pequeños y vanguardistas, el docente común no lo leía —explica Natalia García, miembro de la actual comisión directiva de Vigil y doctora en Historia, quien además investigó este proyecto y lo llevó a un libro: El caso Vigil.

Natalia pasa mucho tiempo caminando pasillos y salas, narrando historias, respondiendo preguntas. Ellas es la encargada de guiar los recorridos por el edificio con anécdotas que aún no fueron escritas y que sólo forman parte de la memoria oral que retumba entre los muros y no se quiere ir.

Como aquella que le contó Antonia Frutos, aunque no fue testigo directa: le dijeron que cuando los militares ingresaron a Vigil, entre su requisa también estuvo el monolito en el que un grupo de alumnos había dejado mensajes para que se abriera en el año 2000. Creían que esos escritos podían guardar contenido subversivo. Natalia también cuenta que, buscando una supuesta infiltración comunista, abrieron un boquete detrás del vestuario del gimnasio porque tenían el dato de que allí había armas. Cuenta que en el interrogatorio a Raúl Frutos le preguntaron varias veces si en los terrenos de las islas hacían entrenamientos grupos políticos armados.

Otra historia cuenta que después de la instalación del observatorio en la terraza la comenzaron a llamar “la biblioteca roja”. Un taxista, una vez, le comentó a un investigador que trasladó hasta el edificio y quien justamente iba a trabajar al observatorio que desde ese hongo se hacían transmisiones para comunicarse con los rusos.

Natalia asegura que la dictadura en su paso por Vigil dio un golpe a los libros. Los quemaron, los vendieron, los regalaron. Hicieron grandes fogatas, algunas públicas.

—Lo que sabemos por testimonios es que los cargaban en el subsuelo en camiones del ejército que subían por la rampa. Era un operativo más bien nocturno. Terminaban a veces en el Batallón 121 quemándolos. Algunos libros eran de enorme valor —explica Natalia.

Todos en el barrio cuidaron un pedacito de Vigil durante esos años de terror. Como aquel vecino y miembro de la comisión directiva, Cacho Rodríguez, que agarró uno de los ejemplares recién editados de El fusilamiento de Penina, le cambió las tapas y se lo llevó a su casa donde lo guardó durante treinta años. Así lo salvó de que desapareciera para siempre.

Nostalgia

Sergio Gorosito es presidente de Vigil, Daniel Berretoni trabaja en la administración con las rifas y Luis Tinelli es prosecretario. Todos son ex alumnos de Vigil. La charla entre ellos se va pintando de nostalgia a medida que los recuerdos los rodean. Todos los días entran por la puerta de calle Gaboto y no dejan de pensar en todo lo que pasó allí. Lo bueno y lo malo.

—Uno era chico y no se daba cuenta en ese momento pero después con el tiempo empezabas a ver todas estas cuestiones. En esa época las dos escuelas eran muy innovadoras. Con la intervención se terminó el pelo largo —recuerda Gorosito.

—Por piso habían colocado un parlante y por micrófono decían el nombre del que estaba llegando diez minutos tarde. En los recreos ponían música militar. Acá las paredes tenían pósters con ídolos de fútbol, chistes pero con los militares todo se volvió blanco, parecía un hospital —agregó Tinelli.

—Los encuentros entre amigos que eran acá adentro tuvieron que buscar nuevos lugares: el bar, la esquina. Además de ser exalumnos vivimos en el barrio. Estábamos todo el día en Vigil, si no era estudiando era en apoyo escolar o en la universidad popular aprendiendo a tocar algún instrumento —dice Berretoni.

—Un día estábamos en clase cuando nos dicen que se habían robado las lentes del telescopio del observatorio. Los militares decían que tenían identificado al ladrón porque usaba zapatillas Topper por una marca que quedó en la pared y nos dimos cuenta de que éramos todos sospechosos —se ríe Daniel.

Antes de esto, proyecciones de películas con un viejo Súper 8 o juegos de mesa para pasar la tarde. En ese barrio obrero de aquel entonces, estas cosas no existían en las casas familiares. Los tres recuerdan el revuelo en el barrio cuando se construyó el observatorio con una grúa gigante o los autos de la rifa estacionados en doble fila por Gaboto. Un escándalo de curiosidad fue cuando llegó Jorge Porcel para grabar aquella publicidad de la rifa y “la mar en coche”, dicen los tres a coro.

La dictadura no solo se robó libros, autos, ventiladores, estufas y muchos premios más de la rifa que ya estaban comprados, sino que también se llevaron el alma del barrio, sobre todo para los más chicos.

—Yo nunca tuve la sensación de haberme ido, la lucha siempre me mantuvo la memoria vigente. No tuve una tristeza grande al volver pero tampoco una alegría, sí la emoción de compartir esto con los compañeros. La lucha me ayudó a no olvidarme. Acá la deuda era con los tipos que levantaron esto —cuenta Tinelli.

—El barrio siempre estuvo conectado con Vigil —completa Berretoni.

—Creo que eso fue lo que los asustó, siempre me acuerdo de la frase que repetían los militares: que acá había un Estado dentro de otro Estado —concluye Gorosito.

Carina Toso

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