Un "flaneur" demasiado aristocrático, que elige la intemporalidad
Edgardo Cozarinsky relata en el recientemente publicado Los libros y la calle sus aventuras, siempre de la mano de criaturas de papel. El resultado no enamora.

Domingo 30 de Junio de 2019

El sello Ampersand, una de las apariciones más interesantes de los últimos años en el golpeado panorama editorial argentino, ha lanzado recientemente al mercado un nuevo volumen de una colección que tiene inusual interés, llamada Lector&s (y en su nombre se puede ver incluido, justamente, el bello signo llamado ampersand).

El proyecto de esta colección consiste en que un escritor nacional practique una suerte de autobiografía intelectual, donde relate su tránsito a través del infinito —e intrincado— camino de los libros. El último tomo de la serie (que ya incluye, entre otros nombres, a Noé Jitrik, Alan Pauls, Sylvia Iparraguirre, Sylvia Molloy, Daniel Link y Jorge Monteleone) es Los libros y la calle, del narrador y director cinematográfico Edgardo Cozarinsky.

El caso de Cozarinsky es extraño. Simplemente, porque su dedicación plena a la literatura se produjo a una edad en la que no resulta frecuente que tal cosa ocurra. Su primer impacto, el del apreciable Vudú urbano (1985), sucedió cuando ya había superado la barrera de los cuarenta y cinco años, y tras él volvió a optar por el silencio. Pero reapareció con el cambio de milenio, y desde entonces no ha cesado de escribir.

En este libro de recuerdos literarios y personales, el sobrevalorado Cozarinsky da rápidamente pistas de cuál será su ruta estética cuando cuenta que sus padres leían, ella, a Stefan Zweig, él, a Upton Sinclair, y defenestra a este último: “...la demagogia de esas ficciones fáciles”, escribirá para referirse al novelista estadounidense que siempre se volcó a la temática social.

Cozarinsky, como tantos otros, será hijo de la revista Sur y de Jorge Luis Borges. Coherente con esa elección, relatará su devoción por José Pepe Bianco —eterna mano derecha de Victoria Ocampo— y destruirá impiadosamente (aunque en este caso, sin duda, convendrá coincidir) a Eduardo Mallea: su “anémica ficción”, “gaseosa abstracción” y “chatos personajes”, disparará, con brutalidad inusual.

Sus preferencias quedarán de nuevo expuestas en otra reveladora frase, cuando se refiera a ese punto nodal de la literatura, el lenguaje: “...un castellano hasta cierto punto intemporal, cercano a mis preferencias de lector”, dirá, aludiendo otra vez, acaso conscientemente, a las búsquedas y logros borgeanos, y alejándose por completo de Roberto Arlt o Julio Cortázar.

De allí no se moverá nunca. Apenas lo hará cuando describa su amor por el tango, ligado a la pasión por Roberto Goyeneche.

Completamente ajeno, como sus reaccionarios maestros, al país convulso y revolucionario de los años sesenta y setenta —“La hora de los hornos me repugnaba”, le confesará en un reportaje a María Moreno—, se irá a Europa en 1974. Finalizada la dictadura regresará a la Argentina y retomará sus andanzas de aristocrático flaneur por las librerías y cafés porteños. Después, volverá a partir. Sólo con el cambio de milenio optará por permanecer la mayor parte del tiempo en el país.

Madurará, en un sentido humano. Ese notorio cambio entre el joven reticente y el hombre mayor, o hasta anciano, que sale a beber con fervor la vida puede verse reflejado en un fragmento de un escritor que Cozarinsky admira (y por lo tanto cita), el notable narrador austríaco Joseph Roth: “Yo era demasiado joven como para que mi emoción no me diera vergüenza. Ahora sé que es necesario haber alcanzado la madurez y poseer al menos una gran experiencia para mostrar sentimientos sin que nos retenga un falso pudor”.

Ajá. Emoción. Sentimientos. Pero acaso, para semejante giro, ya haya sido demasiado tarde.