Cultura y Libros

Un ejercicio de corrección

Este texto del reconocido poeta chileno pertenece al libro Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio, publicado por Andrés Bello. En él, homenajea a uno de los mayores líricos franceses del siglo veinte.

Domingo 02 de Agosto de 2020

El poema se llama Tanto soñé contigo y está en el libro A la misteriosa, publicado por Gallimard en 1930 (la traducción que transcribo corresponde a las insuperables de Aldo Pellegrini). Su autor, Robert Desnos, nació en París el 4 de julio de 1900, fue uno de los protagonistas del movimiento surrealista y murió el 8 de junio de 1945, a pocas horas de ser liberado por las tropas rusas del campo de exterminio nazi de Therezin, en Checoslovaquia. Había sido apresado en abril de 1944 y trasladado a Auschwitz, desde donde pasó a Floha y finalmente a Therezin. En los campos de exterminio alcanzó a escribir una segunda versión de ese poema, más corta y en la que cambia ligeramente el final:

Tanto soñé contigo,

caminé tanto, hablé tanto,

tanto amé tu sombra,

que ya nada me queda de ti.

Sólo me queda ser la sombra entre las sombras,

ser cien veces más sombra que la sombra,

ser la sombra que retorna y retornará siempre

en tu vida llena de sol.

La crónica nos cuenta que fue un estudiante checo, Josef Stuma, quien lo reconoció entre los cuerpos moribundos y rescató el poema. El hecho escueto es que esa corrección fue hecha por Desnos en medio del holocausto y, por lo tanto, se trata de una transcripción realizada en las condiciones más infernales que un ser humano pueda concebir. "La vida llena de sol" es el vislumbre, entonces, de una vida abierta a la que él no tiene otra posibilidad de llegar sino como una sombra. Por el contrario, esa vida, por el solo hecho de ser vida, no puede ser otra cosa que llena de sol: una mañana soleada, algo que nos aguarda al despertar.

Lo indescriptible es que ese despertar se intuyó desde el fondo de una pesadilla feroz y real. Puede haber sido un simple rayo de luz colándose en medio de las rendijas, algo parecido a una reverberación, un brillo insinuándose en los ojos velados de un moribundo, el reflejo de una alambrada. No lo sabremos nunca. Pero tampoco es un hecho que nos sea ajeno: todos nos levantamos diariamente desde las catacumbas de la noche, desde nuestras pesadillas y sueños, para emerger diariamente al espacio común. Ese acto cotidiano, básico, es sin embargo el sostén de cualquier persistencia, de todo vislumbre o ilusión en la vida. Desnos emergió de una noche y una pesadilla, sobrevivió a la muerte, pero no para contarnos el holocausto y la infinita crueldad de que son capaces los seres humanos sino solamente para corregir un poema de amor; después de eso, murió. La visión del ser al que se dirige es casi la de un espejismo, la de alguien soñado al que ya no se tiene ninguna esperanza de alcanzar, pero que es lo suficientemente real y delicado, fuerte y leve, como para poder hacerlo renacer, aunque tan sólo fuese por unas pocas horas, al espacio del cielo abierto. Desnos y ese estudiante, Josef Stuma, sintetizan la verdadera magnitud de lo que significa el encuentro, dándole así su significado más acuciante a las palabras que enmarcan nuestra emergencia diaria a la vida.

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Una de sus últimas imágenes, a la izquierda en la foto del hombre de negro, en el campo de Therezin.

Una de sus últimas imágenes, a la izquierda en la foto del hombre de negro, en el campo de Therezin.

El poema corregido de Desnos, escrito en los espacios máximos de la crueldad, constituye, sólo por ser un poema del sueño y del amor (vale decir, de lo íntimo, leve e irrefutable de la vida), la denuncia más extrema y radical que nuestro siglo le ha entregado a toda forma de violencia y de exterminio. Lo concreto es que ese paraíso existió en medio del infierno, que un poeta sobrevivió sólo para entregar la devoción de su supervivencia: un poema de amor a un ser soñado. A alguien que, como decíamos, no estará jamás allí, pero cuya sola idea transforma por un instante la insania del genocidio en un rayo de sol entrando por la más inaccesible, la más inenarrable de las ventanas.

Cómo poder expresar, entonces, ese límite definitivo en que un ser humano se empeña, en medio del espanto, a la tarea indeciblemente delicada de corregir un poema que seguramente sabía de memoria. ¿A quién le escribía? ¿A qué lector? ¿A qué sueño? Desnos atravesó la noche humana y emergió de ella por unos momentos, sólo para mostrarnos que el sencillo hecho de despertar por las mañanas contiene todo el entumido éxtasis y la maravilla de la existencia. Mudos, incapaces de decirle a él que su poema llegó a destino, no nos queda otro recurso que una emoción perpleja, devastada.

El lector que lee ese poema está condenado, de allí en adelante, a ser la vida que se entrevió desde unas líneas rehechas entre las cámaras de gas. Pero leer es siempre ser testigo de una corrección a la vez desesperada y consoladora que se traza en el umbral de la muerte. Desde el Deuteronomio hasta el Manifiesto comunista hemos asistido permanentemente a los más vastos intentos de corrección del mundo. Desnos nos muestra que esa corrección es un hecho íntimo, pequeño, instalado en el corazón de la noche y del día. Corregimos un poco la noche para emerger al día, ensayamos las palabras nuevas de un poema moribundo y regresamos a la noche porque allí están las incontables sombras que únicamente por nosotros, por lo que es el objeto de un amor demasiado vasto como para poder realizarlo, decidieron entonar los versos de la única derrota que podemos todavía concebir como un pálido, desconsolado triunfo: tu poema está aquí, lo leo, leo tu sombra. Sí, es eso: recortándose contra la luz de un día demasiado encandilante leo la palabra vida, la palabra sombra, la palabra sol.

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