Cultura y Libros

Un amor de Saer

Seguí el procedimiento de Saer y antes de narrar me puse a leer poesía. Narrar con impulso poético.

Domingo 24 de Diciembre de 2017

Seguí el procedimiento de Saer y antes de narrar me puse a leer poesía. Narrar con impulso poético. Y como doble contrición, poesía de Saer: "Aldo", "Danae" y los tres "Arte de narrar". Tras un instante de vacilación, como si fueran los pasos de una ceremonia, arranqué el auto hacia Laprida y a la altura del Monumento, me detuvo el semáforo en Rioja y entonces los vi o los recordé. Jovencísimos. Hasta no hace mucho yo podía imaginarme en cualquier situación de entusiasmo amoroso, pero ahora sentí que esa edad ya no estaba a mi alcance más que por recuerdos. Ellos, la parejita, tendrían 20, 21 años, jeans, zapatillas, mochilas, los dos con anteojos de leer. Ella anudaba en la cintura una lona playera mientras él tiraba una heladera portátil. Uniformes de playa: ¿lunes a la mañana al río? Aunque es diciembre, pensé, "no tengo paz, pero estoy contento". Así terminaba un verso de Saer.

Ellos pasaron por la senda peatonal delante de los autos y los malabaristas del semáforo. Cuando dio la luz verde doblé hacia el río para cerciorarme y me puse a seguirlos para inventarles el relato: una parejita de estudiantes, que un lunes de diciembre, soleado y fresco a media mañana, subieron a la lancha de la Fluvial y fueron a tomar mates a Vladimir. Felices, pero mansos: el pozo de la felicidad es beber despacio el instante. Bajarían del 115 en Córdoba y Buenos Aires, y sin persignarse, enfilarían calle abajo buscando el río, el puerto, la estación de lanchas tomados de la mano sin pegote ni besos urgentes. Habían dormido juntos, ahora no se mirarían entre sí, sino que cada uno pondría la vista en el camino del otro como si se guiaran en secreto. La fidelidad es ir al mismo lugar, pero no al mismo tiempo ni iguales o de la mano. Hay que desconfiar de la algarabía cuando se duerme con otro.

Era lunes, estaba fresco y las lanchas no saldrían hasta las diez o las once, hasta que no se reuniera un buen grupo de pasajeros. ¿Quién puede ir un lunes a la mañana a la isla? ¿Quiénes? Rufianes, suicidas, vagos, enamorados, todas excepciones del capitalismo.

Ellos pasaron por la senda peatonal delante de los autos y los malabaristas del semáforo. Cuando dio la luz verde doblé hacia el río para cerciorarme y me puse a inventarles el relato: tan calmos y dichosos que podrían ser hermanos. Hermanos o mejores amigos, pero yo quería saber y estacioné en la Fluvial hasta que los vi sacar el boleto de la lancha al Banquito. Nadie más esperaba y él se puso los auriculares del celular, pero antes de darle play al aparato, se inclinó hacia ella y le dio un beso casto, simple y breve en los labios. Ella hizo un mohín de risa y abrió un libro. ¿Qué vi...? ¿Yo estoy loco? Sí, yo estoy loco, era un libro de Saer, Glosa o Cicatrices, una palabra sola. Tomé un café en el hall de la Fluvial para verlos mientras escribía el relato que era como un dibujo: ¿sabrían ellos que este recuerdo luminoso sería falso un día en su memoria verdadera y en la mía? ¿Lo sabríamos...? ¿Recordaría yo la temperatura de sus labios una mañana de diciembre de 1983 rumbo a Victoria en la balsa? ¿Sabríamos todos que este lunes de diciembre sería el día más feliz de nuestra vida, aunque hubiera otros?

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