Cultura y Libros

Tres microficciones de Marta Ortiz

Domingo 24 de Marzo de 2019

La tela que Hopper nunca pintó

Enero. El borde de la sombrilla de lona azul nos protege del sol; crea el marco exacto, el cono de sombra sobre la luz donde se juega el drama que Edward Hopper hubiera destacado en la pintura que colgué de un bastidor en mi retina y atribuyo a su mirada: líneas geométricas, luz que invade la sombra, ropa de un siglo XX joven, cansancio y gesto solitario de sus protagonistas, color y elección de paisaje que solo él.

Hopper hubiera pintado este mismo cielo celeste pastel —el recorte preciso: límite superior: la lona azul; límite medio: el verde isla; pasan nubes blancas de esas que no dicen nada, minicorderitos de cuento infantil. Acentúan el sentimiento de soledad de quien mira esperando que algo suceda allá arriba y el reflejo solo le devuelve tedio, inmovilidad—.

La línea verde corta al medio el plano de fondo, la isla y su vegetación abundante, el río té con leche más té que leche en el plano inferior y el límite bajo, donde el pintor estampará su firma: el muelle donde se asienta el bar. Una lancha cruza sin disolver la quietud, lleva pasajeros a la playita —apenas línea dorada con sombrillas y bañistas en la otra orilla—.

Primer plano sobre ese fondo, un hombre y una mujer. Ella se mira las manos que giran entre los dedos un sobrecito de azúcar; él le busca los ojos sin encontrar respuesta. Silencio: un gesto posible que el artista captará en su tela. La otra idea que gira en mi cabeza: ambos, para no mirarse a sí mismos, miran el paisaje. Como lo miramos nosotros, dos o tres planos más atrás: inmersos en nuestros pensamientos, absortos.

Un gorrión tantea migas en el suelo.

El minuto parece eterno. La tela que Hopper no pintó registra rigideces, inmoviliza.



Tarsicia y el unicornio

Notaron que la virginidad era necesaria

en todos los casos para atrapar al unicornio

W. H. Auden

A los quince años Tarsicia vestía una túnica de tarlatán blanco y sujetaba su largo cabello con una tiara de campánulas rapunculoides también blancas.

Una rara neurastenia solía hundirla en profundos baches de tristeza además de impulsarla a practicar agujeritos en el entelado azul con palmeras que cubría las paredes invioladas de su dormitorio.

Una tarde, molesta por el agobio del calor y el cosquilleo de vanos sentimientos contradictorios, Tarsicia sintió unas ganas locas de romper todo. Con sus pequeñas manos de hada se arrancó la túnica de tarlatán, al par que destrozó gran parte del entelado, acto que de inmediato desveló un enorme boquete en la parte recién estropeada de la pared. Desde esa primera vez, tuvo acceso al bellísimo arroyo cuyo cauce espejado repta sereno hacia la espesura de una región de apariencia selvática. A lo lejos, colgajos de bruma tejen su trama invisible hasta diluirse en la nada.

Reclinado sobre la orilla, el unicornio blanco descansa su casta hermosura tras haber cumplido un viejo y obstinado sueño: abrir a golpes de cuerno un profundo hueco en la floresta. Relampaguean sus ojos tiernos al ver prodigiosamente satisfecho su deseo: el luminoso espacio recién troquelado descubre la intimidad del cuarto azul con palmeras bordadas en hilos de oro donde Tarsicia reposa, como siempre, su lechosa desnudez virginal



Cuento chino

En un bosque de la China,

una china me encontré...

Anónimo

Cuando digo China cruzo una puerta invisible, ingreso al paisaje de porcelana que alguien dibujó a pincel fino. La presión de mis pasos cruje en el puente sobre el arroyo que retuerce su cauce de serpiente. Oigo el canto de un pájaro. Sé que hay más de uno, ocultos en la fronda. Sigo a la mujer con cara de talco y capa granate. Va dejando huellas como pétalos en la nieve. Cada tanto se detiene y acaricia la rama más baja de un cerezo en flor a pesar del invierno tardío. Un fondo de humo contamina bordes y aristas, como si pisar la China fuese avanzar por el interior de un sueño que no acabara de romperse.

Chuang—Tzu da su toque final al arroyo sobre la seda blanca, moja nuevamente el pincel y le cruza otro puente. Un par de trazos definen transeúntes inclinados sobre el borde; absortos, miran cómo la corriente arrastra una flor de loto. La pintura es tan real que el agua no se detiene en la tela sino que avanza y a su paso recorta dos menudas barrancas, encierra el curso de un caudal turbulento.

La mujer de la capa granate mira a lo lejos: la desembocadura del arroyo alza las blancas velas de un junco. El viento, que en ese extremo empieza a ser marino, aleja el barco hacia la línea del horizonte. En la proa, el laborioso pintor acaba de acotar su tela: detiene el desborde dibujando una nueva costa: en ella, una línea de cerezos enmarca una mujer con cara de talco y capa de caperuza granate. Tras caminar en la nieve imprimiendo sus huellas como pétalos, ella se ha detenido al borde del arroyo, en el canto de la línea de pintura fresca que marca la nueva orilla. Mira, quién sabe qué cosa a lo lejos, que se va coloreando.

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