Domingo 26 de Julio de 2020
Cuando se habla de una vida dedicada a la poesía puede uno imaginarse, de modo peyorativo, a un ser de mirada ausente que se demora en contemplar las hojas que caen de los árboles en una tarde gris, casi levitando. O bien puede pensarse en Javier Cófreces.
Poeta en sentido estricto, con diecisiete libros publicados –entre individuales y en colaboración, sin contar la aparición en innumerables antologías–, comenzando en 1979 con Grupo Onofrio de Poesía Descarnada (o más precisamente con Caminos sin tiempo, según se lee en el prólogo) hasta Titanes de 2014, y difusor de poesía, labor plasmada en su mítica revista La Danza del Ratón (desde 1981 a 2001) y en su tarea de editor a través del sello Ediciones en Danza. Poco menos de trescientos títulos publicados en esta editorial desde 2001 hasta la fecha, donde innumerables autores de jerarquía han encontrado un espacio para la difusión de sus obras. Difícil elegir a quienes destacar pero, por nombrar un par, se puede mencionar al pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz y la obstinada difusión del sanjuanino Leónidas Escudero. Todo esto además de su desempeño como antólogo y ensayista.
Esta enorme generosidad y compromiso habría postergado un poco la difusión de la propia producción –en la cual, por supuesto, hay espacio para la contemplación de las hojas que caen, o más precisamente del discurrir de los camalotes de su querido delta del Tigre, un feliz refugio del poeta–, con lo cual esta Antología personal viene a saldar un poco la deuda. “Y los camalotes viajan ligeros/ Avanzan en contra/ Del rumbo nuestro/ Río arriba/ Descienden los camalotes/ Del Paraná/ Son pimpollos verdes y rústicos/ Racimos apretados/ Islas de metros en suspensión/ De la corriente que pasa/ Con pasajeros livianos/ Que se extienden/ Y los camalotes viajan ligeros”.
En el prólogo –escrito con una sencillez y emotividad que dan gusto– da cuenta del devenir de la poesía en su vida y explica que el volumen está dividido en seis secciones, las cinco primeras de ellas temáticas, y sin un orden cronológico. Sin explicitarlo, los tópicos que se advierten en cada una son el amor a su mujer, la política, la familia y los afectos, el río y la muerte.
Con las evoluciones de sus diferentes momentos de desarrollo, la obra de Cófreces sería más que suficiente para justificar su aporte a la literatura. Un tono mesurado, un trabajo cuidado y esmerado de la palabra, que evita las estridencias, permiten que la gama de los motivos se pueda consolidar en poemas personales de auténtica belleza.
Y pese a que hacia el final diga que ve “huir las palabras/ despavoridas de mi mano/ los recursos de la lírica/ se cierran en retirada”, el recorrido de estos textos ilusiona con nuevas criaturas.