Cultura y Libros

"Siempre cuento las mismas huevadas"

El cordobés Federico Falco es uno de los escritores jóvenes con más talento de la Argentina. En diálogo con Cultura y Libros, este cuentista innato que ha sido reconocido internacionalmente explicó cuáles son sus métodos de trabajo, ironizó sobre sus obsesiones y desarrolló su personal visión del género literario que ama

Domingo 19 de Agosto de 2018

Las cosas no están donde Federico Falco las ve, y no se trata solo de la miopía. De chico, cuando tenía cinco o seis años, tirado de panza en el suelo de la casa natal, se divertía dibujando una persecución policial en una hoja. La banda de ladrones trataba de escapar de los móviles de policía que disparaban contra ellos. Falco dibujaba los patrulleros y las pistolas y la trayectoria de las balas. Al mismo tiempo, murmuraba los diálogos de los personajes, representaba teatralmente la agonía de los heridos, imitaba guturalmente los ruidos de los autos y de los disparos. Vivía en el dibujo, el mundo que lo rodeaba había desaparecido, nada más importaba en la soledad abroquelada de su imaginación.

No sabe con exactitud si en aquella tarde, en aquel gesto físico, está el origen de su vocación. No sabe, tampoco, si dibujando aquella persecución fue construyendo su forma habitual de mirar. Sabe, apenas, que lo hacía para entretenerse, como lo entretiene ahora escaparse a los munditos de las historias que escribe.

—¿Qué significa escribir para mí? Me gusta usar la imagen de los tipos que son fanáticos de hacer crucigramas o hacer sudokus, esa clase de cosas. Es una exigencia que nadie te está imponiendo, uno lo hace por placer. Renegás, no te sale, puteás. Pero te gusta, lo hacés porque te gusta.

En una mesa del Crisol, un pequeño bar del barrio porteño de Colegiales en el que desayuna casi todas las mañanas, el escritor cordobés Federico Falco, la voz marcada por la inconfundible cadencia del acento de la provincia mediterránea, dice:

—Siempre cuento las mismas huevadas —bromea, y agrega: —Es que se tiene una sola vida...

Falco nació el 20 de septiembre de 1977 de la unión entre Susana y Aroldo, sus padres. Pasó infancia y adolescencia en General Cabrera, provincia de Córdoba. Tuvo no una sino dos bibliotecas donde hurgar para entretenerse: la de su madre y la de su tía, ambas profesoras de lengua y literatura.

—Siempre me gustó leer, eso lo primero. Escribir vino después. Cuando era adolescente, había un solo canal de televisión, Canal 12 de Córdoba, y era mucho más fácil leer. La lectura no tenía competencia casi. Ahora tal vez se lea menos porque hay series, juegos, mucha más oferta de entretenimiento. Pero hay lectores, y son más aguerridos; hay una especie de valentía a la hora de aislarse para entregarse a la lectura. Es una experiencia que si la disfrutás no va a ser reemplazada por nada. No hay nada que se compare con un libro, con las operaciones mentales que se arman cuando leés y con el placer de descubrir un autor nuevo. Creo que eso siempre va a estar.

Cuando terminó la secundaria, empezó a estudiar Agronomía en Río Cuarto. Dos años le alcanzaron para darse cuenta de que no quería eso para su vida, y abandonó la carrera. No tenía problemas con estudiar, pero la decisión en aquel momento fue intentar con la literatura y empezar de cero: Falco se mudó a la ciudad de Córdoba, comenzó a estudiar Comunicación en la Universidad Blas Pascal y se incorporó al taller de escritura de la narradora Lilia Lardone.

—Con el tiempo nos hicimos muy amigos con Lilia, la admiro y la quiero mucho.

Una vez licenciado en Ciencias de la Comunicación, Falco ejerció el periodismo como colaborador de Perfil y otros medios. En Córdoba, fundó la revista literaria Fe de Rata. Para esa publicación, junto a Luciano Lamberti, tuvo la oportunidad de entrevistar al escritor Andrés Rivera, radicado por entonces en Córdoba. De la experiencia guarda el mejor de los recuerdos, pese a los temores previos al encuentro.

—Rivera era un tipo duro, que parecía cascarrabias, pero en verdad era entrañable y supercortés, adorable.

Antes de publicar reseñas en medios nacionales o de fundar una revista literaria, Falco escribía ficción. Y cuando logró juntar unos cuantos relatos tuvo una idea: ir con el manuscrito de su primer libro de cuentos a tocar la puerta de Rivera. Era el año 2002.

—Lo llamé por teléfono y le dije que quería que leyera mi libro. Se lo llevé y, un tiempo después, me devolvió el llamado y me dijo un par de cosas que todavía recuerdo perfectamente. Conmigo tuvo una generosidad enorme, leyó el manuscrito aunque no nos conocíamos.

El libro se tituló 00 y lo publicó Alción, en 2004. Ese mismo año, algunos meses más tarde, apareció 222 patitos, reconocido en Córdoba con la distinción Cabeza de Vaca —reeditado en 2015 por Eterna Cadencia en una edición ampliada que incluye nuevos relatos—. A aquellos títulos les siguieron Aeropuertos, aviones (2006) y Made in China (2008), sus dos libros de poemas, y la nouvelle Cielos de Córdoba (Editorial Nudista, 2011), hasta ahora, la única incursión de Falco en el mundo de la novela —un libro repleto de "momentos de placer visual", según el escritor Luciano Lamberti—.

Pero, hoy por hoy, puede decirse que Federico Falco es, fundamentalmente, cuentista. Y si en El pelo de la virgen (Editorial Tamarisco, 2007), fue refinando su hábito de mirar, en La hora de los monos (Eterna Cadencia, 2010), Falco encontró una voz tan sólida que lo ubicó de lleno en la escena de la literatura argentina contemporánea. La revista Ñ lo señaló como uno de los mejores narradores argentinos de 2010, y ese mismo año, la revista Granta lo incorporó a su selección de los mejores narradores jóvenes en lengua española. Con su último libro, Un cementerio perfecto (Eterna Cadencia, 2016) —que fue uno de los cinco finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuentos Gabriel García Márquez en 2017—, le llegó también el reconocimiento de la crítica internacional.

—Hay como instancias de validación, pero no sé cómo me relaciono con el reconocimiento, prefiero no pensarlo mucho. Supongo que como puedo. Siempre digo lo mismo: a mí me gusta escribir. Después hay cosas que implica ser escritor que no sé si me interesan ni sé si me salen. Está buenísimo llegar a lectores, y me encanta el vínculo que se genera entre las personas que leyeron el libro, pero la escritura es algo de gran intimidad. El escribir, para mí, es siempre algo que transcurre en soledad, en mi casa. Estoy mucho tiempo en ese mundo, conviviendo con los personajes, pensando en una determinada descripción o estructura. Para mí, escribir es como escribir en pijamas, sin haberte lavado la cara, con mal aliento, recién levantado, tomando mates en tu casa en pantuflas.

Aunque escribir es como quedarse en casa, la historia de Falco es, también, una historia de movimiento. El proceso de formación iniciado con Lilia Lardone continuó con viajes a Estados Unidos y España. En la Universidad de Nueva York realizó un Máster en Escritura Creativa en Español durante dos años. En Madrid, en cambio, siguió un taller de perfeccionamiento durante siete meses. En 2012, volvió a Estados Unidos como participante del International Writing Program de la Universidad de Iowa. Y en 2013, después de tanto viaje y reconocimiento, decidió radicarse en Colegiales, un barrio porteño donde todavía quedan calles de casas bajas.

—Yo era fóbico a Buenos Aires. Venía por tres días para hacer tres mil cosas al mismo tiempo. Pero cuando vine a este barrio dije: "Ah, acá está bueno vivir".

Sin embargo, más allá de los viajes y el lugar que eligió para vivir estos años de su vida, los personajes de Falco se construyen —y se descubren— en una geografía que remite claramente a Córdoba —y, casi siempre, a la intemperie—.

—En mi historia personal es muy fuerte el movimiento, el hecho de mudarse, de no ser de un determinado lugar. Mi infancia y mi adolescencia están marcadas por un paisaje muy particular, que es el de Cabrera y la llanura del sur cordobés. Y por momentos hay nostalgia de ese paisaje, pero no solo porque ahí pasé mi infancia, sino porque es el lugar donde siguen viviendo mi familia, mis hermanos, mis amigos. A veces, describo paisajes que quiero mucho, que extraño, y en otras oportunidades algunos que conocí brevemente, porque estuve de paso. Para mí la literatura es un poco escaparse y volver a ese lugar en el que físicamente no podés estar.

En el cuento que da nombre al último libro, Falco "se escapa" a un pueblito de la provincia de Córdoba que se convierte en el sitio ideal para que un diseñador de cementerios pueda construir su obra maestra. El lugar se llama Coronel Isabeta y tiene lo que cualquier otro pueblo pequeño: un solo hotel, una plaza, el municipio. Podría ser tranquilamente General Cabrera, si no fuera por un pequeño detalle: su colina perfecta —en Cabrera, no hay montañas—.

—Cuando escribo estoy en mi mundito, que es una construcción de lugares que son significativos para mí. Es un camino largo, una forma de encontrarse con las cosas de otra manera, estar de otra manera. Leer y escribir son siempre un camino largo porque te encontrás con lo más esencial, con lo más verdadero, de alguna forma. En ese lugar que es la escritura de pronto aparece el encuentro con sentimientos, con relaciones mucho más fuertes, mucho más vívidas.

Usualmente, escribe varias cosas al mismo tiempo. Apenas se le ocurre algo que puede llegar a ser una idea, abre un archivo de texto y allí, a lo largo del tiempo, va tomando notas de cosas que pueden funcionar para la historia: alguna frase oída al paso, algo que ve por la calle, un recorte de vivencia personal. En ese punto, trabaja casi con la obsesión de un coleccionista. Acumula detalles para dotar de sentido la acción de sus personajes.

—Es como juntar materia prima, como una primera instancia de acumular la arcilla. Ese proceso dura bastante tiempo porque lo disfruto, porque son como munditos a los que me escapo, cosas con las que se entretiene mi cabeza. Hasta que en algún momento todo eso empieza a cuajar, a tomar forma. En algunos casos la estructura está sola, y hay que reescribir y pulir. En otros, hay que sentarse a pensar qué forma darle.

Convencido de que el lenguaje no puede dar cuenta de la realidad —en cierto modo, siempre inasible—, Falco, que en Buenos Aires coordina talleres de escritura, trata de enfocarse en la mirada, en arraigar el hábito de la mirada propia, singular de cada tallerista. Pero sabe que tarde o temprano aparecen las preocupaciones formales en torno a la escritura, y no las esquiva.

—Hay mil estructuras posibles. Las definiciones clásicas del cuento dicen que tiene que ser un texto breve, de tensión y con un final sorpresivo, una vuelta de tuerca en el final. Para mí, un cuento no se define en la tensión. El cuento es una forma. El problema es que está demasiado estereotipada, porque en un momento fue la forma Poe y en otro momento fue la forma Carver. Entonces se busca que se acepte eso como modelo de buen cuento y que después se replique. En algunos círculos se lo considera como un género de iniciación o de aprendizaje, o algo que implica cristalizar mucho las formas clásicas, pero las formas van cambiando con el tiempo. Me parece más interesante pensarlo de otra manera: un cuento puede ser muchísimas cosas, cosas totalmente diferentes. En nuestro país, por citar dos ejemplos conocidos, Cortázar y Borges tienen cuentos con formas clásicas y otros con formas nuevas. A mí me interesan los que todo el tiempo están al borde de dejar de ser un cuento. No tienen por qué tener un final repentino o epifánico. Es un objeto textual al que hay que aproximarse.


—¿Y vos cómo llegás a eso?

—Cuando escribo pienso en resolver los problemas que me plantean los textos: cómo hago para que el personaje sea creíble o pase de un lugar a otro; cuál es la vida de este personaje; de dónde viene, adónde va; por qué dice lo que dice; si es conveniente o no introducir una descripción en el siguiente tramo, y esas cosas. Me permito estar ahí viendo qué surge y cómo surge.

La ensayista y escritora Beatriz Sarlo, en oportunidad de la edición de La hora de los monos, escribió: "Cómo narrar aquello que escapa de la norma sin el rebusque de lo tenebroso; es decir: cómo narrar lo excepcional sin recursos excepcionales. Falco inventa peripecias imaginativas, originales, incluso inverosímiles" para armar sus "relatos en sordina de lo siniestro o lo inesperado, de lo impensable o, por lo menos, de lo infrecuente".

Por ejemplo, en el cuento Un cementerio perfecto, el personaje principal, Víctor Bagiardelli, está preocupado por "crear desde cero", aunque Falco no se identifica con esa aspiración.

—Es un personaje extremo en sus valores y sus búsquedas. Quiere la perfección y la originalidad; teme haberla perdido, y tiene atada la idea de originalidad a la idea de valor de su propio nombre. A mí me divertía llevarlo a ese extremo. Trataba de pensar cómo sería la poética de ese personaje, qué escala de valores tendría. Creo que una estructura o una receta no es necesariamente apostar a lo seguro porque puede salir todo mal siempre. Hay algo en mi forma de escribir que implica no ir a lo seguro. En algunos casos recurrís a lo que sale, pero también me entretiene el desafío. Si uno va a lo seguro y aplica la fórmula, entonces no queda nada en qué pensar. Y para eso me pongo a pensar en cualquier problema de la vida. Lo estoy simplificando para tratar de ser claro porque, en realidad, es muy difícil hablar del proceso de escritura. Es algo que a mí me gusta muchísimo hacer, pero cada uno lo vive y lo hace de manera diferente. No deja de ser un lugar muy íntimo.

Para Falco, la historia de un hombre que pasa sus días oculto en las sierras en su cueva o frente al altar que construyó con huesos de lebratos. la de una mujer mayor que se mete en las jaulas de los animales en un zoológico, o la de un niño que roba la ofrenda a la chica que le gusta con el único fin de tener algo de ella, no son historias que provengan solo de la imaginación.

—Vienen de estar pensando mucho tiempo en cosas que me importan mucho. Si bien no escribo ficción autobiográfica, de lo que sí trato es de procesar la biografía en escritura. Hay determinas épocas de mi vida en que algunos temas me interesan mucho. Quizás no tan conscientemente, pero me obsesionan, me atraviesan, me problematizan. Entonces pienso y escribo sobre eso. No en el sentido de "me voy a sentar a escribir sobre tal o cual cosa". En general, no suelo pensar en estos términos. Para mí, una buena parte de escribir implica no pensar de más, no racionalizar mucho. No lo digo para todo el mundo, no hay recetas. Es importante que cada uno se conozca. Yo soy un tipo que por ahí piensa demasiado las cosas, soy muy racional, pero ya aprendí que si pienso demasiado o racionalizo todo, lo que sale va a ser poco interesante y muy maquinal. Lo que sale en esos casos no está bueno. Trato de volantear para el otro lado y de que las cosas surjan en la medida de lo posible.

Y así, trabajando con agudeza los giros, Falco refina aquel juego de la niñez para devolverlo cada vez a su esencia: entretenerse y mirar.

—Woody Allen dice siempre algo que me gusta mucho: para él, una de las cosas más importantes es estar entretenido. Mi forma de entretenerme es pensar historias. En lugar de estar pensando desde la ansiedad y desde el miedo, trato de pensar en historias para contar. Es como jugar solo cuando sos nene.


>>> Las tías
Algunas de las historias que Federico Falco escribió llegaron al teatro. En 2017, un grupo de la ciudad de Buenos Aires llevó a escena Ada, un relato que forma parte del libro 222 patitos. Y en Córdoba capital, los jueves de abril y mayo de 2018, se presentó la adaptación del cuento Flores nuevas, que forma parte del libro La hora de los monos. Falco no quiso participar en el guion de ninguna de las dos obras y solo llegó a presenciar la puesta en escena de Flores nuevas. "Fue muy raro verla, pero sumamente placentero. Parecía que me estaban contando un sueño que había tenido la noche anterior".
En Un cementerio perfecto, las nuevas tecnologías están excluidas completamente de los cinco cuentos que componen el libro. No hay una sola referencia a aparatos digitales ni a redes sociales, aunque Falco reconoce que no fue una exclusión planificada ni del todo consciente. Le hicieron notar la ausencia con el libro ya editado. De hecho, es usuario moderado de redes sociales, más allá de que —lo confiesa con una ajustada dosis de humor—, Facebook en particular ya lo tiene un poco harto. "No entro más. Me parece que me pasó lo que a todo el mundo: cuando llegaron las tías, huimos de Facebook".

>>> Sentido del riesgo
(Fragmento del cuento Un cementerio perfecto)
Pronto, cada semilla de césped que los empleados municipales habían desperdigado a manotazos sobre el cerro se convirtió en una matita de hebras pinchudas asomando por entre la tierra suelta. Todavía era una hierba mínima, pero cuando desde su escritorio en medio de la calle Víctor Bagiardelli levantaba la vista y contemplaba la colina, las hojas se superponían hasta hacer que por sobre el marrón descolorido de la tierra predominara el verde brillante del césped recién nacido. Antes de que llegara el verano, un par de tumbas, o cinco, o seis, o diez, combarían su lisura inmaculada. Por el momento, era una colina magnífica. Más arriba, en el terraplén, empezaban a techar la capilla, el tapial ya estaba terminado, el cementerio tomaba forma. Había llegado el momento de cavar los pozos y Víctor Bagiardelli se pasó una semana subiendo y bajando por el cerro, desafiando el viento con los grandes planos desplegados entre las manos. Lo seguía un empleado municipal que cargaba al hombro un mazo de estacas. Con largas e instintivas zancadas, Víctor Bagiardelli medía el terreno y en cada uno de los puntos donde crecería un árbol o un arbusto hacía clavar una estaca y le anudaba un trapo rojo en lo alto. Mientras demarcaba el semicírculo de sauces, Víctor Bagiardelli recordó la tumba en Almirante Constanzo donde descansaba la madre de la señorita Mahoney y se preguntó si no estaría comenzando a repetirse.
Tal vez, murmuró, recurro con demasiada frecuencia a lo que sé que funciona. Tal vez, con la edad, se dijo a sí mismo Víctor Bagiardelli, perdí el sentido del riesgo, la adrenalina de crear desde cero.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario