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San Valentín

En el barrio de Monserrat hay un bodegón que quizá ya no esté más de donde a mi viejo había que sacarlo a remolque.

Domingo 11 de Febrero de 2018

En el barrio de Monserrat hay un bodegón que quizá ya no esté más de donde a mi viejo había que sacarlo a remolque. Cómo se llama o se llamó no lo sabe nadie, se lo conoce como La gota de grasa, es de imaginarse que no era precisamente un cinco tenedores, pero al mediodía se llenaba de empleados de la zona de Plaza de Mayo, para entrar había que hacer cola. Cuando iba a visitarlo desde Rosario mi papá, que era bancario y trabajaba frente a la Rosada, me invitaba a comer ahí con sus compañeros de sucursal. Me gustaba ir porque los tipos tenían mucho pavimento, eran filosos como un vaso roto y contaban buenas historias.

Un día pegajoso de febrero nos sentamos a comer tortilla de papa con sardinas con tres tipos más. El día anterior mi viejo, enterado de que iba, me recomendó que no me perdiera el encuentro. Como anzuelo usó dos palabras: "Viene Cardarelli".

Mi viejo se había pasado la vida hablando de ese individuo. Lo consideraba un tipo capaz de bromas inconcebibles por pesadas, un maldito que la mayor parte del día ocupaba su cerebro en diseñar actos arteros para los demás y un pozo inagotable de relatos sobre hazañas personales y tragedias ajenas, que contaba en abundante lunfa de Mataderos.

Mientras comíamos las sardinas un vendedor ambulante entró al bolichón infectocontagioso y dejó arriba de la mesa una de esas tarjetas baratas con una imagen del Día de los Enamorados. Cardarelli reparó en el hecho de que en Argentina ya se festejaba cualquier cosa, lo que consideró, según dijo en forma textual, una pelotudez de primer orden. El asunto derivó en una conversación sobre el momento del amor y del noviazgo.

El episodio que narraría a continuación es, para una existencia tal vez poco emocionante como la mía, la más formidable historia que escuché a un sujeto sobre una tribulación humana de la vida real. Pasan los años y me cuesta encontrar algo que a la vez empalme lo trágico y lo bizarro de un modo más perfecto, si la palabra perfección puede ser usada para un drama casual, algo que sale por capricho demoníaco, con toda la contundencia de lo irreparable.

"Esto que les voy a contar, señores, no es lo que podría decirse una cuestión de vida o muerte", empezó Cardarelli, con su gran oratoria de escritorio. "Es en realidad algo mucho peor porque a veces por algo que pasó sin querer lo mejor es morirse o amasijarse".

Las historias más extraordinarias siempre le pasan a alguien inubicable. Esto le ocurrió a un amigo de un conocido de Cardarelli durante la década del 40, un tiempo tan incierto como este sujeto. Cardarelli contó que este era un peligroso gavilán, gran versero y ganador en cuanta milonga hubiera hasta que una vez en unos carnavales del Club Atlético San Lorenzo tropezó con una mujer joven que lo endiabló al cruzar la primera mirada.

"La piba era una cosa de locos", contó Cardarelli. La describió como simpática, de ojos negros profundos y una sonrisa que apagaba los semáforos. El tipo no se movió del lado de ella en toda la noche y al final le arrancó el teléfono. Empezaron a hablar todos los días y el muchacho como es imaginable no tardó nada en proponerle un encuentro. "La mina, que era un avión, le explicó al punto que sus padres eran muy chapados a la antigua y que no iba a poder salir con nadie sin presentarlo primero a la familia. Ella dijo que la condición era esa y que si no aceptaba lo entendía y quedarían como amigos. Pero el cucuza estaba hecho un fuego y le dijo que ir sería un honor".

Cardarelli pidió una jarra de Pángaro y soda. El bodegón se llena de humo y no se puede hablar mucho sin mojar la garganta. Siguió contando que el chabón, que de jueves a domingo a partir de las nueve de la noche se engominaba para salir a patrullar, empezó a quedarse piola en el café de Sarandí y Belgrano y a contarles a los amigos la emoción que tenía por la cita con la muchacha. Finalmente llegó el día y todos los ranas del café, dijo Cardarelli, lo vieron irse abajo de una llovizna que venía durando toda la semana. Los muchachos se burlaban por lo bajo del amigo diciendo que tarde o temprano a cada banana le sacan la cáscara o cosas así. Al día siguiente esperaron novedades del evento pero el incipiente novio no asomó el morro. Pasaron varios días hasta que al igual que lo habían visto irse lo notaron entrando al bar envuelto en una gabardina negra y con el paraguas en la mano. La arrancaron con chistes a los que el candidato respondió con silencio apenas matizado por una mueca amarga. Se pidió una Hesperidina y dijo "dejémoslo ahí" con tanta autoridad que nadie insistió.

Nunca más volvió a hablarse del asunto y con los años el gavilán desapareció de ese bar de Balvanera. Mucho tiempo después, dijo Cardarelli, alguien en el mismo café aportó los detalles de aquel día en el que en una minúscula porción de Buenos Aires un hombre que iba a un evento amoroso se colocó en un laberinto al que entró sin salir nunca. El que lo contó fue el único que recibió la confidencia. Que pareció, dijo Cardarelli, haberlo afectado tanto como a su protagonista.

El candidato a novio llegó a un viejo edificio de Alsina y Virrey Cevallos donde vivía la piba. Era un predio de gran carácter. Cinco pisos muy altos, pizarra importada en los remates, herrería artística en puertas y balcones, pisos de mármol en los palieres y aberturas enormes con marcos de bronce. La chica bajó a abrir. Se saludaron con sonrisas impecables. Subieron por el ascensor enrejado a la vista en mitad de la escalera y llegaron al piso inmenso donde los padres los recibieron en la puerta.

La velada fue inesperadamente distendida. Los padres de la chica eran amistosos, afables, nada acartonados. Conversaron de sus ocupaciones, del costo de vida, del tiempo horrible, de Mar del Plata y hasta de fútbol. Después de la cena siguieron la charla. Mientras tomaban el café un relámpago iluminó la amplia sala de arriba a abajo con un trueno que pareció descalzar el edificio. Enseguida cayó una lluvia furiosa, de esas que en la vida se recuerdan una o dos.

Desde la ventana no se veía a un brazo de distancia. El temporal era tremendo y no ofrecía pausa. Pasada una hora el padre de la chica le dijo al muchacho que la cosa no iba a mejorar y que ellos le ofrecían quedarse a pasar la noche. El gavilán jamás hubiera elegido esa situación, dijo Cardarelli, pero salir a la calle anegada en medio del diluvio era un peligro. Le dijeron con amabilidad que no se preocupara y bromearon con que nada malo iba a pasarle. Le armaron una cama en el sofá, le prestaron un pijama y hasta le dieron un cepillo de dientes flamante. Se dieron las buenas noches. Ella fue la última en hacerlo. Él la recordó radiante, con una sonrisa complacida. También recordó el beso que le dio antes de irse a su cuarto. Luego apagaron las luces.

Entre los refucilos el gavilán se quedó pensando en la benevolencia de esa familia hasta quedarse dormido. A mitad de la noche un pinchazo agudo lo sacó del sueño. Le costó un instante situarse en tiempo y lugar hasta que descubrió dónde estaba. Dadas las apremiantes circunstancias no tardó en lamentarlo. El pinchazo era el indicador indudable de una incontenible necesidad de ir al baño.

El gavilán apenas podía pensar en la emergencia. Normalmente en una situación así hay que ir al baño. Pero en esos departamentos de estilo para llegar al cuarto de baño, decía Cardarelli, había que atravesar el dormitorio matrimonial, que estaba con puerta cerrada. El varón aspiró profundo y contuvo el aliento como pudo mientras transpiraba hielo y sentía que iba perdiendo el control de su cuerpo. No sabe cuánto tiempo se mantuvo en ese sufrimiento extremo hasta que la prosaica situación le exigió lo inevitable. Pensó que en una circunstancia así había que optar por el mal menor. Sacó un pañuelo para sonarse la nariz, lo desplegó y escondido detrás del sillón con escasa gloria resolvió la urgencia.

Se sintió aliviado y triunfante. En un lapso impreciso pero breve comprobó cómo ese sobresalto que lo estaba matando había desaparecido. Solo quedaba deshacerse del elemento utilizado para la emergencia. Cardarelli contó que el gavilán levantó la vista y vio una única abertura de piso a techo en el refectorio. Ya no llovía tanto. Descorrió las cortinas tratando de no hacer ruido y giró la falleba de bronce para abrir el ventanal. Cuando sacó la otra mano para deshacerse del elemento de urgencia una ráfaga de viento embolsó el pañuelo desparramando de manera más o menos homogénea el contenido por toda la sala.

Afligido, solemne, Cardarelli entornó los ojos e hizo una pausa para dar cuenta de la espesura del asunto. Cuando el gavilán superó el momento de frondoso horror se enfrentó al dilema de su vida. El tipo había actuado desde el fondo de su soledad con la intención de no jorobar a nadie. Pero ahora tenía encima la decisión más terrible. Cardarelli estaba de pie y declamaba.

¿Cómo iba a hacer este mono para explicar lo ocurrido a una familia que había tenido con él una hospitalidad conmovedora? ¿Podía decirles que su única intención era no molestar el sueño de los padres pasando por el baño? ¿Valía de algo esa explicación con un salpicré de mierda en el cristalero, el aparador, la mesa y las paredes? Y si se rajaba, la familia, la chica de sus sueños sobre todo, ¿cómo no iban a pensar que habían metido en su casa a un psicópata, que pagó la cordialidad inmensa de una noche con un atentado terrorista cuidadosamente planificado?

Dijo Cardarelli que el gavilán le confesó al amigo de su conocido que hasta el fin de sus días pensará en eso. Que pensaba en eso cuando por primera vez le pintó la pregunta en la penumbra del departamento. También cuando en la languidez de la noche bajó por el ascensor, torció el pomo del pórtico de hierro y salió a la calle.

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