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San Evans

William John Evans, más conocido como Bill Evans, fue el más fino pianista de jazz de todos los tiempos.

Domingo 01 de Abril de 2018

San Evans es mañana. En el santoral jazzero, el 15 de septiembre es San Evans, porque ese día de 1980, murió William John Evans, el más fino pianista de jazz de todos los tiempos. No estoy diciendo el mejor, estoy diciendo el más fino o exquisito y el que a propósito, inventó el jazz de cámara, el trío, dándole una impronta nueva al género, lo cual reconoció nada menos que Miles Davis.

Bill Evans consiguió poner en el jazz toda la impronta clásica del impresionismo, dando como resultado una mixtura irrepetible entre la libertad del jazz y la intensidad de Debussy. En un tema en particular está condensado ese milagro de lo sublime: "Hullo Bollinas", tocada y grabada por única vez en vivo en el concierto de Tokio en 1973. Un disco que le regalé (el mío), a Gary Vila Ortiz en el tiempo que vivió en el Sindicato de Prensa, y que creo, él también había perdido para siempre.

Según los gustos y la crítica, puede haber otros pianistas más dotados técnicamente (Bud Powell, Art Tatum), o más vigorosos (Peterson, Corea), o mejores compositores (Ellington, Monk). No lo pongo en duda, pero ¡cómo decirlo!— el yeite de Evans, su precisión, su gusto melódico, su cadencia, fueron algo tan propio y pleno como de una especie desaparecida. Tanto así, que de los nuevos e importantes pianistas de jazz, lo primero que uno trata de distinguir, es cuánto tienen de él Hancock, Jarrett, Mehldau o más aquí, Iaies o Jodos.

Evans fue un maestro del arreglo, lo que Galileo hizo con el universo, él lo hizo con el pentagrama: alguien capaz de hacer siempre versiones nuevas y distintas de cualquier melodía. Pero improvisándolas, desfigurándolas, revulsionándolas con unos acordes como estiletes o caricias. El acorde era su arma de transfiguración melódica, capaz de llevar la tensión sonora siempre a un punto más allá del pentagrama. Siempre ponía media nota más y el sostenido en el aire. Algo maravilloso del arte en general (fuga infinita), y que destaca tanto en Bill Evans, es esa tensión alargada que les daba a las notas, al punto de que por momentos parece que se va a salir del piano, de las teclas, del teatro.

Todo lo que él toca (no puedo conjugar en pasado), se va agrandando de un modo dichoso, estirando las escalas sin saber adónde llegará o por dónde irá a escurrirse para volver al cuerpo materno del autor y de la melodía. De los mismos temas tiene versiones de tres minutos, de seis, de nueve y de dieciocho. ¿Quién puede transformar "Esta tarde vi llover", de Manzanero, en una Gimnopédia de Satie? Esa es la exaltación que produce Evans, convertir una melodía popular en una sinfonía clásica, intemporal, compleja.

En otros temas, el alargamiento es de tipo crispatorio, expresivo ("Nardis" de Davis), y uno se asusta un poco mientras escucha. De pronto se dice: "Caramba, ¿qué va a hacer este loco, dónde quiere llegar?". Pero luego resulta tan afinado y exacto, que a la incomodidad que produce la imprudencia, muda un vértigo de placer, de ritmo, movimiento. Y es inevitable hacer teclas en la cuerina del tablero del auto o los tapetes de las mesas, transmitiendo al oyente el arrebato de la inspiración y la improvisación, porque cualquier melodía en la que participa se transforma en otra: más suave, más triste, más elegante o pletórica de bullicio. Como si alguien pudiera dar un baño de Bach o Mozart a una romanza popular de Rodgers o Legrand.

Nació en Nueva Jersey, el 16 de agosto de 1929; su padre era un ingeniero amante de la pintura (Harry) y en ese refinamiento poético está el origen del pequeño William en el conservatorio musical, para que a los veintiún años fuera un concertista clásico, con honores y título de profesor de música de la Universidad Brandeis, de Waltham, Massachusetts. El gusto de su padre por los pintores impresionistas, franceses o americanos, explica en parte esa influencia tan nítida en Evans, devenido heredero de sus adorados Debussy, Ravel o Fauré. De haber seguido en la línea clásica es muy probable que hoy habláramos de él como de Gulda o de Satie, pero a los veintisiete años conoció a Miles Davis y se produjo un ¡BANG! en su cabeza, o mejor dicho, un Big Bang Evans. Entonces dejó la galera y el frac y empezó a tocar de noche, sin papeles, sin siquiera una luz para verse las manos.

Él mismo lo cuenta maravillosamente en una charla que tiene con su hermano mayor, Harry, el 26 de noviembre de 1979, durante los dos conciertos de París en L'Espace Cardin. La conversación figura como un extracto en el número 9 del disco compacto Concierto de París, Edition One, del Sello Musician de Warner Music. Ahí se escucha muy elocuente la confesión de Bill a su hermano Harry: "El jazz es la cosa más importante de mi vida, sin embargo, gran parte de mi vida no lo supe. Ya sabes que fui a la universidad y obtuve el título de profesor porque creí que podría enseñar. Pero un día llegó el momento —me metí con el jazz y ¡bang! Fue como si se me revelara mi verdadera parte interna, que estaba allí pero yo no me había dado cuenta. Como un chico que no sabe lo que quiere ser cuando crezca. Bueno —yo no lo sabía, y no creo que muchos hombres lo sepan—". Luego agrega: " Yo deseo llegar a la mayor cantidad de gente posible y por eso elijo temas comunes o populares, pero trato de introducirles sentimientos selectivos, es decir, creo que el artista debe ser responsable y movilizar siempre los sentimientos que contribuyan a un mundo mejor".

Es curioso ver las fotos de Evans en 1956, pelo corto, peinado a la gomina, saco y corbata de auténtico concertista clásico. En ese momento edita su primer disco de jazz Bill Evans New Jazz Conceptions (Riverside) acompañado de Paul Motian y Teddy Kotick. Evans era en 1956, virtualmente, un desconocido, salvo para Miles Davis que ya lo había elegido para ser el pianista de su sexteto, influencia que, definitivamente, lo volcaría del día hacia la noche. Y como sabemos que la forma es una extensión del contenido, a partir de allí mudó el jacquet por el prét a porter, los anteojos por contactos y el pelo largo hasta los hombros: otro tipo, el nuevo Bill nacido de su propio Big Bang. Claro, hay que reconocer que Miles Davis no parecía de este mundo y todos los músicos que tocaron con él dicen que era una especie de Demiurgo o Musa viviente (un dios pequeño intermediario entre Dios y los hombres), que no solo componía o tocaba el mejor jazz, sino que inspiraba a que los otros también compusieran y tocaran de otro modo.

Eso se lo escuché decir a Herbie Hancock el 3 de octubre del 92 en Obras (Buenos Aires) en una presentación del Quinteto de Miles. Por esa misma razón Evans le dice a su hermano Harry aquella noche: "Lo mejor del jazz es que se trata de algo creativo, en lo que siempre podés volver a enchufarte: ¡bang!, ese enchufe se dispara y el proceso creativo funciona, en el mismo momento que te sentás al piano".

Evans tocó en Rosario (teatro El Círculo) en 1979, un año antes de morir, y entre los trescientos benditos que lo vieron, Horacio Vargas recuerda tres cosas impresionantes: la dificultad con la que llegó caminando hasta el piano, "I´m very sick, I´m very sick", farfullaba Evans casi arrastrándose; las inyecciones de cortisona que le colocaban entre los dedos para poder moverlos, y aun con todo eso, dice el Nene, la mejor música que haya escuchado en su vida.

Al día siguiente, en la que en realidad sería la última actuación en vivo de Bill Evans en la Argentina, tocó en el teatro Rafael Aguiar de San Nicolás para cincuenta personas. Me lo ha contado Carlos Gómez, productor de seguros, y lo ha ratificado el poeta rosarino Armando Vites, que lo había escuchado aquí el día anterior y viajó especialmente a San Nicolás, para seguirlo, como un verdadero fan. Lo más conmovedor de aquello fue que mientras Evans estaba en el teatro Aguiar, en un desván de los camarines, encontró un viejo pianito Chickering abandonado y sucio debajo de unas telas. El cacareando es un pianito infantil norteamericano, que se fabricaba para estudio, y precisamente, con uno así Evans había dado sus primeras lecciones en Nueva Jersey. Me cuenta Gómez que el propio Evans lo hizo desempolvar y se puso a tocar en él y finalmente se puso a llorar abrazando el juguete. Bill Evans se estaba muriendo, obvio, y quizá vino a encontrar su pianito de la infancia en un teatro de San Nicolás. La vida tiene esas cosas, está llena de dioses menores, algunos nos ayudan y otros nos envidian y entorpecen nuestra felicidad.

Faltando treinta días para su muerte, el 15 de agosto de 1980, Evans dio su último concierto en Bad Höningen, Alemania. La foto de Bill que trae el disco en su cubierta (Sello ITM, Colección West Wind) es muy elocuente respecto a su salud física, pero la música que trae adentro es el mejor argumento de su eterna salud musical. El disco está grabado en vivo y nadie que escuche esa grabación, podrá creer que ese hombre se estuviera muriendo, inexorablemente. Tocó una especie de réquiem a su hermano Harry, que se llama "Nos volveremos a encontrar" ("We will meet again"), y que también aparece como tema 4 en el disco Debes creer en la primavera.

Son sus últimos discos, pero el vigor, el movimiento, los acordes que tienen, parecen de un hombre que vivirá mil años. Mil años. Y quizá sea así, por lo menos respecto a algunos de nosotros que acopiamos sus discos como perlas preciosas tratando de llegar a los doscientos veinte que existen (Bill Evans tiene cerca de 220 discos grabados), y participó en dos de los discos más emblemáticos de la historia del jazz: es el pianista de Kind of Blue, el mítico disco absolutamente improvisado, grabado en una larga toma o jam de cinco horas. Hay críticos que coinciden en afirmar que la influencia de Evans fue purificadora y de largo aliento para Miles Davis. Luego, su disco en dúo con Jim Hall, que estuvo durante un año primero en ventas como disco de jazz. Es bueno darles algo de números a los que piensan que gobiernan el mundo.

El tema uno de aquella última noche en Alemania se llama "Bill toca su melodía" y obviamente, le pertenece. Hay otra versión en el disco en vivo del Balboa Jazz Club en Madrid (tema 4). Son un par de versiones de entre 6 y 8 minutos, con algunos solos vibrantes, sacados y melancólicos, que son unas de sus mejores síntesis o despedida.

Emil Cioran decía que no quería morir, porque nunca más escucharía las armonías de Mozart (El libro de las quimeras, página 105) y agrega: "Bach compuso desde la nostalgia del paraíso perdido, desde el sentimiento del cielo que se ha perdido. Mozart, en cambio, componía desde el cielo, desde la melancolía propia de los ángeles".

Cuando uno escucha a Bill Evans, parece música para que escuchara Dios, en especial los días que está triste, que deben ser muchos. Y eso también parece salir del piano: la pena del paraíso perdido, y al mismo tiempo, el consuelo de vivir y ser felices en la eternidad y un día.

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