Cultura y Libros

Saer y los caminos

Saer está parado muy cerca del cartel y no mira hacia la cámara sino hacia otro lado, indefinido.

Domingo 04 de Marzo de 2018

Hay una fotografía de Juan José Saer que me llama mucho la atención, no por algo vinculado al escritor que nació en Serodino y es autor de culto para muchos amantes de la literatura, incluso en Francia y otros lugares del mundo, sino por algo que muestra la imagen. En la foto de la que hablo Saer está parado junto a uno de esos carteles verdes con letras blancas que informan en las rutas sobre la distancia que faltan para el pueblo o ciudad más cercanos y luego se agregan los kilómetros restantes hasta otros sitios ubicados más adelante, en el mismo camino.

La foto tiene cierto encanto. Saer está parado muy cerca del cartel y no mira hacia la cámara sino hacia otro lado, indefinido. Es como si pusiera la vista en la lente de otra cámara, mientras un segundo fotógrafo lo retratara en esa situación. Al escritor se lo ve levemente en segundo plano, porque en la primera línea está el cartel. Atrás se ve apenas el retazo de una ruta asfaltada y luego el campo. Muy a lo lejos parecen verse algunos animales, probablemente caballos o vacas, y alguna otra cosa borrosa que no alcanza a distinguirse qué es. ¿Fardos de alfalfa? ¿Un rancho? Quién sabe.

Parece que soplaba viento cuando se tomó la fotografía, pero no es seguro. Es apenas una sospecha que surge cuando se presta un poco de atención al pelo de Saer. Es como si una ráfaga tirara sus mechas hacia atrás, aunque también podría ser solo que el autor de El limonero real está despeinado y no le importa que lo retraten de ese modo. Porque la foto, eso parece claro, es el resultado de una acción buscada, una producción sobre el autor con una referencia al lugar de donde viene. Voy a ver si encuentro el dato sobre quién la tomó. En algún lado debe estar.

Hablaba al principio de algo que me llama la atención en el cartel al lado de Saer. Es llamativo porque no coloca en primer lugar el sitio más cercano sino al revés: lo pone al final. El último es justamente el lugar donde nació el hombre: Serodino.

De los tres pueblos que figuran en ese chapón de fondo verde y tipografía blanca, el primero es el que queda más lejos. "Díaz 21", dice. Luego figura Clarke ("14") y por último Serodino. La foto se hizo a un kilómetro escaso del pueblo santafesino donde Saer vino a la vida. Otro indicio de que tal vez el autor de la imagen y el escritor se desplazaron hasta allí con el único propósito de asociarlo con el pueblo.

La foto tiene demasiados años, así que ignoro si el cartel sigue estando en el mismo sitio y si el orden de aparición de los pueblos que quedan más adelante en esa misma ruta es idéntico. Ahora me doy cuenta de que también desconozco si es el único caso, si se trató de un error de un funcionario de Vialidad Provincial que mandó pintar el cartel o si en otras rutas pasa lo mismo.

A mí me parece más bien lo contrario. Siempre me gustaron las rutas y desde chico les presté mucha atención a los carteles, a los cruces, a las ciudades y pueblos a los que llevan. En Misiones, cuando era chico, había pocas rutas asfaltadas. Las principales eran la 12 y la 14, ambas nacionales, llenas de misterio para mí porque por ellas se podía ir hasta lugares muy lejanos, incluida la capital del país, sitios a donde no sabía si algún día llegaría (¿vería acaso el Obelisco alguna remota vez en mi vida?). Después había algunas pocas rutas provinciales pavimentadas, que conocía mejor, y muchas de tierra. En todas, en los carteles verdes se anunciaba en primer lugar la localidad más cercana y nunca al revés, como el que sirve de marco a la fotografía de Saer en cercanías de Serodino.

Con los años pude recorrer muchas otras rutas, incluso en el extranjero. Todavía siento fascinación por saber a dónde me llevarían si doblara a la izquierda o a la derecha en la próxima encrucijada, y me llena de ansiedad saber a cuánta distancia estará tal o cual sitio. ¿Habrá mar allí, o quizás montañas? ¿Mar y montañas? Es un resabio que me quedó de una infancia en un lugar alejado, y es también parte del dulce encanto de salir a recorrer caminos. Porque los caminos, se sabe, siempre conducen a alguna parte.

Miro el GoogleMaps y descubro que el cartel al lado del que posa Saer está sobre la ruta provincial Nº 10. Es un camino que nace en Puerto General San Martín y termina en Elisa, más o menos a la altura de San Justo pero más hacia el oeste, en el interior profundo de Santa Fe. Va recorriendo pequeños pueblos de la provincia y sólo pasa por una ciudad: Gálvez, que no sé si es cuna de algún escritor afamado pero es el lugar donde nació el Chapu Nocioni, un artista del básquet. Estudio atentamente la pantalla, en sus versiones "mapa" y "satélite", y enseguida siento la necesidad de recorrer esa ruta, no a través de "GoogleStreet" sino in situ, en auto, tranquilo, sin urgencias.

Si lo hiciera, si llego a hacerlo algún día, voy a estar atento cuando falte un kilómetro para llegar a Serodino para ver si el cartel junto al que posó Saer todavía está allí y si las distancias hasta su pueblo, Clarke y Díaz siguen figurando en el mismo orden, con el más cercano en último lugar. Si lo encuentro, tomaré una fotografía para subirla a Instagram, Facebook o Twitter.

Aun con cierta incomodidad, confieso que casi estoy por admitir en la siguiente línea de este texto que tal vez quería escribir sobre Saer. Sin embargo no puedo hacerlo porque carezco de los conocimientos suficientes, entre otras razones porque no es uno de mis autores favoritos (más arriba, cuando cité El limonero real como uno de sus libros tuve que googlearlo, ya que solo recordaba el que me regaló mi buen amigo Claudio Berón, La pesquisa, cuya lectura tengo inconclusa) ni soy un experto en su literatura.

Quizás por eso terminé concibiendo este texto que sólo habla de Saer anecdóticamente. Que me disculpen Juan José y los saerianos.

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