Cultura y Libros

"Respeto al que nunca se da por vencido"

Rodolfo Edwards es uno de los grandes referentes de la generación de los años noventa en la poesía argentina. Estuvo en la ciudad para participar del Festival y dialogó con Cultura y libros.

Domingo 12 de Noviembre de 2017

Rodolfo Edwards es un nombre central en la generación de los años noventa en la poesía argentina. Creador de una prolífica obra, pasó por la ciudad para participar del Festival Internacional de Poesía, oportunidad que aprovechó Cultura y libros para mantener con él un diálogo a fondo.
—¿Qué significó haber formado parte de la generación de los años 90, tan controvertidos?
—Una generación se junta o se nuclea alrededor de una publicación o de una revista, como Boedo o Florida. Así se genera un factor aglutinante y un espacio que, por un lado, ayuda a reflexionar sobre lo que uno está haciendo y, por otro, genera una forma de acción, de opinar e intervenir, tanto en la literatura como en el estado de las cosas. Tuve la suerte de pertenecer a esa generación y de encontrarme con grandes poetas, gente muy talentosa, como Daniel Durand, Fabián Casas, Darío Rojo, Mario Varenga, Juan Desiderio, José Villa. En aquella época hicimos la revista 18 whiskies. Salieron sólo dos ejemplares pero la idea era hacer dos números dobles y llegar a así a los dieciocho —número emblemático por los whiskies que tomó el gran poeta galés Dylan Thomas antes de morir—. Es como en el fútbol, rodeado de buenos jugadores, todo se imanta y uno se contagia. Para mí fue muy importante el cruce con estos poetas.
—¿Qué creés que los caracterizó como grupo?
—Se nos critica haber sido muy hegemónicos. Tuvimos una actitud muy desafiante, transgresora, provocadora, medio punk, que se veía en las lecturas que organizábamos, más allá de lo que escribía cada uno. Quizá quedamos identificados con una temática arrabalera, rockera, pero no fue así en todos los integrantes. Tenemos por ejemplo la poesía de Darío Rojo; José Villa, un poeta exquisito, o Durand, poeta de vanguardia. Incluso mi propia poesía, donde manejo en algunos casos una línea más directa mientras que en otros me vuelvo hacia algo más criterioso. O el lunfardo medio trash de Desiderio. Había una variedad estética en el grupo pero nos unía el reviente, diferenciándonos de la imagen del poeta dark con sobretodo largo. Se ha señalado que en general proveníamos de la clase media baja pero, así y todo, la mayoría hemos pasado por la carrera de Letras. Poseíamos cierta actitud rockera pero no éramos barrabravas. En las lecturas dábamos lugar también a la música y se generaba algo en cierto modo multimedia.
—Al día de hoy muchas veces se mide la poesía actual según lo cerca o lejos que esté de aquella poesía.
—Sí, pareciera que quedó como un hito.

—También has estado vinculado a Maldita Ginebra.
—Formé parte de Maldita Ginebra, e incluso hicimos algunas presentaciones en Rosario. El creador ha sido Héctor Urruspuru, un gran poeta, con quien hicimos una revista en la segunda mitad de los noventa, La Gillette en el Tobogán, cuyo nombre después nos enteramos por el poeta y librero Héctor Yanover de que tenía una connotación bastante siniestra, ya que los militares les atribuían a los montoneros la acción de colocar gilletes en los toboganes. Pero el nombre ya estaba puesto y lo había elegido por la imagen punk que representaba. En Maldita Ginebra participaban Ricardo Giménez —ya fallecido—, Ricardo Charpentier, Toto Cavallero —que vivía en Rosario—. El ciclo acaba de cumplir veinte años y siempre tuvo también una actitud de reviente.
—¿Qué podés decir del peronismo y la relación con tu literatura?
—En el marco del Festival, en la radio Aire Libre, cuatro presos que concurrieron detenidos y custodiados me hicieron una entrevista y leímos unos poemas. Además participaron unos grupos de rap de una villa cercana. En ese ámbito tuve una experiencia muy linda, ya que una chica de la ONG que está a cargo del programa se apareció con mi libro Con el bombo y la palabra. Dice que el librero se lo recomendó y le dijo "llevate este libro que es revolucionario". Son esas pequeñas satisfacciones que uno tiene cuando hace este tipo de trabajos. El libro trata de cómo la literatura argentina contó el peronismo, desde la voz de escritores, poetas, y hasta los propios Perón y Evita. E incluye no sólo literatura, sino también crónicas, Jauretche, Scalabrini Ortiz. Muestra cómo cada uno contó el peronismo. Es una obra de más de quinientas páginas, que incluso se está usando en algunas escuelas de doctrina peronista. Desde ya que no es objetivo ni parcial, en tanto yo soy peronista. Por ejemplo, analizo la polémica en torno a la representación de Copi de Eva Perón. Yo como peronista tengo derecho a ofenderme por el tratamiento que hace.
—¿Vos creés verdaderamente, como decís en un poema, que "los indispensables son los que escriben con una pistola en la sien"?
—Tengo un mayor respeto por la poesía que dice algo, que es jugada. No hay que tener miedo a la verdad ni a bajar línea. Ahora se dice "todo es relativo", pero yo tengo mi verdad y escribo desde ahí. No soy posmoderno; tengo mi ideología, valores, idea de sociedad. En el poema me refiero a eso, a los que están en la lucha constante, los que están en la línea de vanguardia. También puedo disfrutar de la poesía hermética, abstracta. Pero ocurre que toda esa línea que arranca en Boedo —la que habla del obrero, del fútbol— fue despreciada, catalogada como menor. Y no hay poesía mayor y menor, sino diferentes tradiciones o estilos. Quiero romper con ese prejuicio; no decir "es malo" porque habla de la fábrica, sino entender al poeta en su proyecto, como a Mario Jorge De Lellis cuando escribe los Cantos a los hombres del pan duro. Además ocurre muchas veces en nuestro medio que si Whitman habla de las fábricas o del obrero se lo respeta, pero a los poetas locales no; hay un cierto colonialismo mental del que hablaba Jauretche.
—¿Y cómo situás en este contexto reivindicatorio de la poesía social a Spinetta?
—En el libro Iniciados del alba —que reúne ensayos de distintos autores sobre Spinetta— rescato precisamente esa parte social. No olvidemos Maribel se durmió —sobre los desaparecidos—, Resumen porteño —la descripción de un día en la ciudad— o Asilo en mi corazón, donde el tipo es Manzi. Esa canción es un verdadero tango. Entonces tiene esa parte social en su obra, y después también el lirismo y la locura que le son propios.
—Para muchos fue un puente hacia la poesía.
—A mí me pasó eso con Artaud. Con ese disco me pongo a investigar quién había sido ese poeta y lo leo. Spinetta nos habilitó muchas puertas. Fue un gran educador.
—¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Se disfruta con la escritura de poesía?
—Escribo todas las noches. Antes lo hacía de modo manuscrito, ahora uso más la computadora. Hugo Padeletti dice que antes de escribir se concentra y comparto un poco esa idea. Hay quienes apuntan más al trabajo, al oficio; yo creo mucho en la magia. Siempre a la misma hora, me siento a esperar que algo aparezca y normalmente ocurre. Después va para un lado o para otro. Para mí la escritura es un acto vital, como comer. Escribir poesía y escuchar música me alimenta. No podría vivir sin escribir, sin el estado de creación.
—Años atrás para algunos autores era un tabú hablar de talleres literarios pero pareciera que ahora resulta más aceptado. ¿Cómo trabajás vos en tus talleres?
—Hace muchos años que doy talleres. Estuve dando uno para adultos mayores en el EcuNHi, un espacio de las Madres de Plaza de Mayo. Editamos libros y un CD. Fue una experiencia muy linda. Ahora doy clínicas de escritura a poetas de todas las edades. Normalmente trabajo de manera individual. Les doy lecturas que entiendo los pueden ayudar, de poesía y ensayo. Por ejemplo, Realidad interna y función de la poesía, de Bayley. Y luego trabajamos sobre los textos. Les pido producción, no me gusta meterles miedo. Quiero que traigan algo, que ejerciten ese músculo de la escritura.
—¿Cómo te gustaría terminar esta entrevista?
—Tengo una frase de cabecera –de Pepe Parada—: "Llega el que dura". Es algo que me da mucha esperanza. El hecho de ser escritor, artista, implica la persistencia, el nunca darse por vencido. Por eso respeto mucho al que labura, al que escribe, edita sus libros, y nunca se da por vencido. De tener constancia y ser un soldado del arte. Porque lo que me gustaría dejar es una obra, no haber pasado en vano.


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