Cultura y Libros

Relámpagos

Caminaban por el paseo del bulevar. Ellos no lo sabían, pero Oroño a esa altura marcaba fronteras y aduanas entre cuatro barrios distintos: España y Saavedra, Barrio Cura, Villa del Parque y Abasto.

Domingo 07 de Abril de 2019

Caminaban por el paseo del bulevar. Ellos no lo sabían, pero Oroño a esa altura marcaba fronteras y aduanas entre cuatro barrios distintos: España y Saavedra, Barrio Cura, Villa del Parque y Abasto.

Llegaron hasta la esquina con Rueda. La chica, que había escuchado por primera vez en su vida la Sinfónica de la ciudad, tenía la cabeza inundada de Mussorgsky. Su reciente novio, en cambio, no podía sacarse de la mente la imagen de la iglesia en la que la Orquesta había tocado invitada.

Allí había sido bautizado un cuarto de siglo atrás. Luego fue su decisión alejarse de la creencia heredada. El regreso, tantos años después, a los bancos donde luego de la catequesis los sermones lo adormecían, le trajo la nostalgia de un pasado que, si lo urgían, definiría cabalmente como feliz.

Entraron al antiguo bar de Oroño y Rueda y un único parroquiano, un hombre de casi ochenta años de edad, les sonrió. Pidieron cerveza y una pizza.

El viejo escuchó la descripción que el pibe hacía. Cuando veo a la Sinfónica, le dijo a la chica, los arcos de los violines subiendo y bajando me hacen pensar, siempre, en un bosque que tuviese su propia marea, su oleaje, como si los arcos de los violines fueran los troncos flexibles de un follaje armónico y esencial, algo que después ya no se ve, un instante fugaz, un recuerdo que durará para siempre.

Como me pasaba a mí con Carlovich, el Trinche, interrumpió el viejo. El pibe no supo si ignorarlo o escucharlo, se decidió, por educación, por esto último. Yo veía que él congelaba paisajes, como si cuando hay tormentas sobre las islas, esas que desde la costanera se ven como en un escenario, pudiésemos congelar los relámpagos, detener los rayos, y guardar para siempre la imagen.

¿Carlovich?, preguntó la chica, más a su reciente novio que al viejo de la mesa de al lado.

Sí, respondió el pibe, un jugador de antes, jugaba acá, en Central Córdoba. Dicen que era el mejor de todos, un mago con la pelota.

El más noble, aclaró el viejo. No se resignó a disputar la belleza de la pelota en el terreno del éxito, esa ficción que, con casi ochenta, ahora sé que es mentira e ilusión.

Ay, dijo la chica y sacó su salvavidas, el celular en el que rastreaba todo. Quiero ver videos.

No hay, respondió el pibe, cuando mi viejo y mi abuelo me contaban de él me explicaron que nunca lo habían filmado, que había brillado contra el Inter de Italia, contra la selección argentina, que hasta las hinchadas de los rivales pagaban por verlo jugar, pero nunca lo habían filmado.

Y entonces cómo sabés que era tan bueno, retrucó la chica.

Porque me lo dijeron mi viejo, mi abuelo... Y luego, en un afán de reivindicar a sus mayores, señaló hacia el viejo en la mesa de al lado: el señor lo vio.

Lo admiré, más que verlo, aclaró el hombre. Y todos éramos felices viéndolo jugar, porque era un juego, ninguna otra cosa, un juego. Y si usted señorita ve una tormenta desde la playa sobre el océano, va a envejecer pero no se va a olvidar de la imagen magnífica; bueno, yo jamás me olvido de esos relámpagos congelados que eran sus jugadas: caños, gambetas a pedido de los hinchas, tacos, sombreros, un andar que desafiaba todo lo que los ignorantes que creen que el futbol es álgebra pregonan. Cada vez que la pelota le llegaba... y ahí el viejo calló, hundido en el recuerdo de esos relámpagos.

Es como lo que me pasa con Mussorgsky, Brahms o Grieg, dijo el pibe. Esa música no está en ninguna parte, se arma cuando los músicos se juntan, como hoy ahí en la iglesia del padre Cantilo Bueno, creo que el señor quiere decir que cuando tocaba la pelota Carlovich arrancaba la sinfonía.

Vos sabés cómo soy yo, dijo la chica, ver para creer.

También se puede escuchar, señorita, dijo el viejo, escuchar el trueno que después del relámpago lo quiere describir, aunque sea imposible. Calló por un instante brevísimo, finalmente el viejo contó.

Ese año fue la guerra de Malvinas. Un día después de la invasión de Galtieri, cuando todos creían que la guerra era algo fácil de hacer, Córdoba le ganó acá en el Gabino a Comunicaciones. Después la guerra se perdió, era algo mucho más difícil de lo que pensaron los militares. Un chico de acá del barrio, Alfredito, no volvió. Pero Córdoba tuvo su propia historia ese año del 82, llegó a la final con Almagro para ascender a segunda. Como iba a ir mucha gente al partido se jugó en Ñubel. Córdoba ganó cuatro a cero, el Trinche Carlovich hizo un gol, creo que el tercero.

Ya había hecho caños, ya había devuelto pases haciendo paredes con el pecho o de taco, pero yo lo que recuerdo es el gol. El Trinche recibió un despeje largo de la defensa de Almagro. Estaba parado casi en el medio de la cancha. Le pegó a la pelota de aire, como venía. Ni bien pateó salió gritando el gol hacia el otro arco, el del Palomar, donde estaban los pibes charrúas de las banderas. La pelota no había hecho ni diez metros pero él ya sabía que era gol, porque así era su magia, él sabía que su obra era perfecta. Era tanta la confianza que nos daba el Trinche, él podía hacer cualquier cosa, pero nada más cuando quería hacerlo.

Nunca otro jugador me volvió a dar esa confianza, ni esa alegría, dijo el Viejo. El Trinche me hizo saber que en la vida se puede jugar, ganar o perder pero jugar, sin que la obsesión por el éxito nos aplaste o la derrota nos desmerezca, que al fin de cuentas todos somos humanos. Pero sólo algunos, concluyó el Viejo, como esos músicos que usted, pibe, nombró, o el Trinche Carlovich, pueden congelar el instante, hacerlo eterno.

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