Cultura y Libros

Pensamientos de inválido

Cuando en 2001 se publicó La jueza muerta, la novela negra del poeta Eduardo D'Anna, muchos lectores —empezando por el prologuista, Roberto Fontanarrosa— no pudieron soltarla hasta el final. Aquella historia oscura y vertiginosa tuvo una continuación que permanece inédita, El pobre delicioso. Lo que sigue es un adelanto

Domingo 18 de Febrero de 2018

Cuando en 2001 se publicó La jueza muerta, la novela negra del poeta Eduardo D'Anna, muchos lectores —empezando por el prologuista, Roberto Fontanarrosa— no pudieron soltarla hasta el final. Aquella historia oscura y vertiginosa tuvo una continuación que permanece inédita, El pobre delicioso. Lo que sigue es un adelanto

Imaginemos que se despertó cuando la luz entró en el cuarto. Inquieto y dolorido, acostumbrado a dormir sobre un colchón —¡el ciruja!—, no es posible creer que su descanso haya sido profundo. A esa altura, la hinchazón de la pierna debía ser bien notoria. Debía latirle, arderle.

Una vez más intentó incorporarse, y una vez más tuvo que sofocar un aullido. Posiblemente no querría creer lo que estaba pasando. Lo de Arístides, lo de Salvadora, y encima esto. Pero había que saber cuáles eran sus posibilidades. ¿Tenía un hueso roto, o qué?

La pierna, tapada por el pantalón, no podía examinarse en forma directa, pero no se habían traspasado manchas de sangre ni había bultos que indicaran huesos salidos. No, era posible que el dolor cediera, claro que sí. El problema era cuándo. ¿Y si venían "los suyos", y lo encontraban? Ya no podía irse al amanecer.

Bueno, pero no se moriría de hambre ni de sed. Tenía cinco raciones y una botella grande de gaseosa; ya había cenado la noche anterior, y podía tirar un par de días más si era necesario.

El peligro era que entrara alguien y lo descubriera antes de que pudiera pirarse. Pero entre tanto, ni los vecinos ni nadie lo oirían. Aunque pensándolo bien, ¿no era ése un peligro mayor? ¿No se moriría de hambre, después de todo? ¿O de gangrena? Era como para pensarlo.

Pero por el momento nada podía hacer, y mientras esperaba que pasara el dolor debe haberse entretenido mirando ese dormitorio, que ahora podía examinar debidamente.

La cama de dos plazas estaba, sí, a pocos pasos de él. Una colcha la cubría, como si estuviera preparada para usarse de inmediato. Pero aun desde el sitio donde Homero se encontraba, podía verse que estaba cubierta por una capa de polvo notoriamente espesa. Tal vez no hubiera frazada ni sábanas debajo de la colcha. Entre paréntesis, había conseguido entornar debidamente la ventana por la que había ingresado, y que estaba sobre su cabeza. En esas condiciones el frío se comprobaba que no entraba. Era otra relativa ventaja.

El placard, que estaba a unos pasos a su derecha, estaba cerrado. No podía sacarse ninguna conclusión acerca de su contenido. Quizás guardaba aún la ropa de su madre. Algunas de esas prendas le eran familiares desde hacía décadas. Ni una vida entera de croto lo hubiera hecho olvidar de ellas. Cada una había vestido a su madre en alguna ocasión de trascendencia, de la relativa trascendencia que tienen las historias individuales. Quizás Homero tuvo pensamientos de ese tipo, allí sentado en su prisión imprevista, y lamentó que su estado no le permitiera examinar esas apoyaturas del recuerdo.

Los cuadros seguían tal cual. Uno de su abuela, la madre de su madre, muerta antes de que naciera. Otra de su padre, de su última época, con la mirada triste que, quizás por virtud de esa foto, se había fijado así en la mente de Homero, a estar a lo que alguna vez dijo.

Sobre la cama había un crucifijo de bronce. Todos tenemos objetos que hacen de certificación de una familiaridad: los vemos y entonces ya no dudamos de que estamos donde estamos. Quizás este objeto era eso para Homero, y por ello le sirvió de algo. O aumentó sus culpas hasta el terror. Quién sabe.

Pero había una foto enmarcada más, y era la suya. Debe haberla contemplado boquiabierto. Claro, su ausencia... ¿Cuándo le tomaron esa foto? ¿Lo recordaba? Desde luego, ella tenía más de cinco años. Debió resultarle difícil relacionarla con su cara actual pero debía datar de un par de años antes de su desaparición.

Así que su madre la había colgado ahí, para recordarlo. Como si se hubiera muerto. Bien mirado, debió parecer lo lógico.

Y estaban las mesas de luz. Dos, porque también venían de la época del matrimonio. Con sus veladores algo cursis, rodeados de bibelots. Pero el reloj despertador de su madre no estaba. Era el mejor signo de que ella ya no dormía allí.

Y estaba el teléfono, que por ironía del destino, estaba a su alcance. Era increíble, parecía una broma. Pero era también un límite a la situación: si nadie venía en dos o tres días, antes de morirse allí como un perro, llamaría. Llamaría a alguien, a Emergencias, a los bomberos, lo que fuera. La guía estaba, como siempre, debajo del aparato.

Sin embargo, aunque parezca mentira, aunque parezca que esto se inventa para dejar alguna enseñanza moral, lo cierto es que no funcionaba. Tal cual. No tenía tono, cosa que Homero habrá comprobado enseguida, como es de suponer.

Que estuviera descompuesto hubiera sido un azar demasiado siniestro. Sencillamente la familia había cancelado el servicio. Ahora había muchos problemas económicos, y se ahorraba hasta en eso.

Bueno, era obvio que la casa no había sido vendida. Por cierto, ante un nuevo dueño hubiera sido muy difícil darle explicaciones por su presencia, pero por lo menos no hubiera tenido que decirle por qué había estado ausente cinco años.

Como no podía hacer nada, salvo seguir pensando, seguramente eso fue lo que hizo. ¿Por qué no habían vendido el departamento? ¿No habían necesitado hacerlo? ¿No habían podido, por la recesión? ¿Pagaban los impuestos? Pudo corroborar que la casa tenía electricidad; se sabe porque cuando todo terminó, había una lámpara encendida, la que estaba a su alcance, a la izquierda. La que usaba su madre para tejer.

Para obturar la perilla de esa lámpara, Homero debe haber tenido que arrastrarse medio metro; lo que en su estado, como se comprobó después, debe haberle costado muchísimo; al punto que no intentó apagarla, la dejó siempre prendida. ¿No pudo hacerlo, o ya se había decidido a pedir auxilio? En todo caso, nadie interpretó esa señal, nadie la atendió.

Y realmente debe haber llegado a pensar en que nadie vendría: el polvo que cubría los objetos y el piso era abundante. Como si nadie entrara desde hace años. El resto del departamento, compuesto por otro dormitorio, un baño, una cocina y el living, no podía examinarlo, desde luego. Desde donde estaba podía ver la puerta abierta de la habitación, pero nada más que un pedazo de pared podía vislumbrarse. ¿Estaría más limpio? A lo mejor este dormitorio era lo único que no se usaba, en tanto todo lo demás estaba bien mantenido. No tenía forma de saberlo.

Al final había logrado cambiar de guarida. Qué joda. Sólo que su situación era mucho peor. Mucho peor que en la calle Ombú, a pesar de Arístides. Y Salvadora. ¿Se había burlado de él? ¿Él se había confundido? ¿Podría arreglarse todo?¿Saldría de ésta?

Qué más puede deducirse. Lo más lógico es que Homero prefiriera, al final, encontrarse con su familia, encararla, a morirse de hambre o de gangrena. Si todo salía de esa manera, que saliera. A ver: ellos vendrían, y él...

Fue entonces, seguramente, que recordó su talento histriónico, demostrado en el episodio del embargo. ¿No podía fingir que era otro? ¿Un vagabundo, por ejemplo, que se había metido en la casa?

¡Eso puede resultar, Homero! Han pasado tantos años, puede que no te reconozcan. ¡Si tuvieras barba! Pero igual, ¿cómo no vas a estar cambiado? Después de todo lo que te ha pasado, tenés que estar cambiado, seguro.

¡Pero si ya no parece un ciruja! Está vestido con la ropa de Arístides, bañado y todo. No, fue terrible. Y bueno, les pedirá igual que no llamen a la policía, que lo dejen ir. Tal vez se conduelan, ¿por qué no? Y de última, si venía la policía...

¿Lo aterró ese pensamiento? Podía darse mal todo. Los "suyos" no lo reconocían y llamaban a la policía; pero la policía sí lo reconocía, y lo encanutaba por la muerte de la jueza.

¿Y si se abría paso a golpes? Ah, sí, ¿y la pierna herida? Necesitaba atención médica, que no se hiciera el boludo. Quizás pudiera convencerlos de llamar a una ambulancia, sin hacer la denuncia.

Así que entendió que debía jugarse a esa posibilidad. Fingir ser otro. Lograr que lo dejen ir en una ambulancia, o solo y después irse a un hospital en un taxi. Era una locura, pero no del todo imposible, y también la única salida.

No dejó de comer. Quizás deliberadamente, para no debilitarse. Quizás no. Se comió todas las raciones; es decir, almorzó y comió ese día y el siguiente.

También estaba el problema de defecar. Debe haber tratado de aguantarse, al principio, pero en la segunda noche quizás sintió más frío, y por eso o por lo que fuera, ya no pudo contenerse más. Pero el linyera colocó la bolsa de plástico de la rotisería, tras vaciarla de la comida que quedaba, abierta, de manera de recibir la deposición, para después envolverla en ella. Hasta ese detalle cuidó. Y debe haber tenido que hacer un gran esfuerzo para moverse otra vez un metro, a efectos de colocar el ano más o menos en condiciones de hacer centro en la bolsa. Se ve que para el lado izquierdo suyo, podía rodar un poco, y después levantar el cuerpo con los brazos.

El dolor y la hinchazón siguieron aumentando. Quién sabe lo que tuvo que aguantar, sin calmantes de ningún tipo. Pero está comprobado que no llegó a desmayarse ni a delirar. Pasó así todo un día, con la atención puesta en los ruidos del exterior, es de suponer, esperando escuchar moverse gente en el patio trasero, o practicar la cerradura en la puerta de entrada del departamento.

En el segundo día, hacia las doce, su situación empeoró. El dolor debe haber llegado a ser ya insoportable. Más vale que se olvidó de todo lo otro, y gritó pidiendo ayuda: al terminar todo, la ventana estaba bien abierta; la movió para que se oyeran sus gritos. Pero en el edificio nadie reconoce haber oído nada. ¿Sintieron miedo y no quisieron acudir? ¿No lograron identificar de dónde provenían los llamados? Tal vez Homero gritó a la hora en que los conductores de televisión gritan mucho más, y entonces sí es posible que no lo hayan escuchado.

Hacia la tercera noche, aunque todavía logró comer y beber, ya debía estar enajenado por el sufrimiento. Cabe imaginarlo llorando desconsolado, con la pierna hecha un bodoque; y con la vista puesta en los cuadros familiares, en su propio rostro colgado en la pared, deseando morir de una vez.

Pero nunca perdió el conocimiento. De otro modo, todo hubiera concluido de manera muy distinta. Homero resistió más que los torturados de Arístides.

A esa altura ya no pudo defecar prolijamente. Se hizo encima, y quedó así, sentado en sus propios excrementos. Jamás en su vida de croto le había ocurrido nada semejante.

En la mañana del tercer día, Homero debe haber tenido las facultades que le quedaban concentradas en el solo objetivo de que viniera alguien a socorrerlo. Estaba aún lúcido, y conciente de que la comida y la bebida se habían terminado.

Luchó, claro está, con las fuerzas que todavía le quedaban. Ello se ve en que intentó arrastrarse hacia la puerta, y levantarse para mirar por la ventana. No consiguió ninguna de las dos cosas; sólo refregarse en su propia mierda. Tiene que haberse dado por perdido.

Pero no del todo. Se deduce que tirado, exhausto, siguió tratando de escuchar, de percibir las señales de que todo podía, al fin, salvarse.

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