Cultura y Libros

Paraíso negado

El próximo miércoles a las 19, en el ECU, Rubén Echagüe presenta su último libro en compañía de Graciela Aletta de Sylvas y Darío Maiorana. La alta cultura combinada con una irreverente dosis de crueldad e ironía es el medio en que se mueven estos refinados textos, de los que abajo se entrega una breve muestra.

Domingo 24 de Junio de 2018

Almíbar

¡Qué enredo el de tu pelo, amiga mía, ese pelo que siempre huele a manzana! Y también está tu empacho de un pasado embebido en almíbar, y tu ayuno presente, suspendido en el aire como una golondrina. Cuando logro conjurar tus batallas, que son como las del viento, ciegas, quisiera poder curarte el empacho de cerecitas de plástico, igual que esas viejas curanderas que usaban un vestido negro, mugriento, y una cinta también negra, mugrienta y milagrosa...
Pero los ojos se me llenan de lágrimas y ya no veo la cinta negra ―sólo veo el poema de Hermann Hesse, titilando como una estrella negra, enlutada―, y tu euforia fingida y tu amargura verdadera me abofetean repetidas veces el rostro, para ver si, de una vez por todas, recupero la noción del tiempo y el espacio...

Mirada

Sepulto la mirada en la opacidad de los cuerpos, con éxtasis ardiente y plegaria muda.
El vello se despeña por el desnudo pecho hacia el pubis remoto, y martilla sobre una sien que late con desgano, revelando el tormento de una vida de simulación, atroz.
Pantorrillas asombradas, mutiladas, de dioses, marchan con paso ágil hacia el goce y la muerte, hacia el banquete incendiado y el tapiz nebuloso, que todo lo devora y todo lo silencia.
(Piel marchita y ojos con legañas, esquivos. Pieles rutilantes y ojos como soles. Gaznates obturados por la inmunda flema y hombros cincelados por las caricias del amor).
No es fácil remendar la tela de la dignidad humillada, cuando la ratería se descubrió in fraganti y el ensueño se interrumpió tan brutalmente...

Día de fiesta

Abro la ventana, para que alguna pequeña porción de vida húmeda ingrese a la habitación, y contrarreste el hastío que se acumula en los rincones.
Según el almanaque hoy es un día de fiesta, y por lo tanto el viento no debería soplar con tanta furia, ni la lluvia sacudir su vieja melena, con histeria tan desenfrenada.
El aire se ha vuelto compacto como el mármol, y yo he quedado aprisionado en esa masa respirando trabajosamente, para conservar mi vida muerta de insecto fosilizado.
Las voces (también muertas) de Spinoza, Rimbaud, Saint-John Perse, callan con prudencia desde los estantes polvorientos, hasta aturdirme con su rugido inaudible, y su danza macabra de necedades sin sentido.
¡Con decir que he tenido que cerrar la ventana, para que las gotas de lluvia no se atrevan a profanar mi sepulcro y volverme a la vida!

Santidad

Habría que entornar los ojos. Pero detrás de los ojos hay una araña de sangre que continúa tejiendo su tela, y una Virgen de los Dolores que se derrite en silencio, consumida por la llama de la devoradora pasión.
El deseo se parece al impulso que moviliza a una planta carnívora: genéticamente correcto y concebido sin mácula, pero también obstinado y cruel, como el perfume de un jazmín pisoteado con furia.

El preceptor

―¿Qué hay encima de esos nimbos y cúmulos tan arrogantes, que flotan sobre nuestras cabezas? ―preguntó Alejandro Magno a su preceptor.

―Hay siete cascabeles de mimbre de mil estadios de diámetro, y una serpiente sin cabeza ni cola que los hace sonar al unísono ―respondió Aristóteles―. La serpiente se alimenta de los parásitos que arrastran los vientos alisios, y por su cola inexistente expele al género humano.

―Entonces conquistaré la India ―concluyó Alejandro.

Conciliar el sueño

Hay una extraña confusión ―en realidad es más bien un diálogo amistoso―, entre mis arterias y el paisaje. Claro que el paisaje es una porción de terreno muy limitada, en la que sólo caben mis libros y el jergón donde duermo.
El ronroneo del ventilador es como el de la gran maquinaria cósmica, con sus émbolos, sus poleas y sus ruedas dentadas, cuyos asombrados diámetros se miden en millones de años luz.
Pequeñas traiciones suspendidas en el aire, estalactitas silenciosas y gorjeos que resultan imposibles de traducir, son las estrategias con que la nada acuna mi fatiga.
Y así y todo, por más que la mano de la desilusión, entorne mis párpados con maternal solicitud, no logro conciliar el sueño...

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