Cultura y Libros

Papelitos

Ahí estaban, como siempre, como cada mañana, quietos o deslizándose por la vereda y la calle...

Domingo 13 de Mayo de 2018

Ahí estaban, como siempre, como cada mañana, quietos o deslizándose por la vereda y la calle, como las hojas de los árboles cuando había más hojas de árboles que papelitos. Sin dudas, ahora, son más los papelitos que se ofrecen a los ojos de los peatones, desde las baldosas o el asfalto, que las hojas que, salvo para los collages del día del otoño, nunca dicen nada. Una portera los barría, junto con las hojas mudas y las colillas, y otro, del edificio contiguo, los empujaba con el chorro represor de la manguera. Aunque uno estuviera tentado a creer que así los eliminaban, los borraban, desaparecían, los papelitos eran persistentes y volvían a emerger de los parabrisas y cristales de los coches o arrastrados por la ligera brisa otoñal que los congregaba en las esquinas, en las escalinatas, en los pórticos de los edificios. Siempre, por todos lados, pululantes, esos fatales papelitos.

El productor de los mismos, a los papelitos me refiero, había estudiado con dedicación y esmero la forma de publicitar su mercancía de manera discreta pero contundente. Al final, al término de profundas meditaciones, había decidido replicar el método de los porteños que, seguramente, se lo habrían copiado a los chinos o a los norteamericanos. Se trataba de dividir una hoja A4 en 14 bloques y, en cada uno de ellos, estampar lo mínimo e indispensable para captar a la clientela: una imagen, un nombre y un número de teléfono. En relación con el nombre, había que apelar a la juventud, a la imaginación y al exotismo. Nada de Mirta, Graciela o Susana y sí Pamela, Naiara y Zaira si se trata de una morocha. Sobre la imagen, ahí debía concentrar todo el efecto. Un cross a la mandíbula, un rayo fulminante que atraviese al que observa. No, no, no; nada de rostros: nalgas prominentes, senos descomunales, alguna lencería breve que ponga en evidencia esos irresistibles atributos. Nada más. La promesa explícita en la fotografía y por ninguna razón poner el precio porque eso sería mercantilizar el deseo.

Un muchacho de gorrita roja y musculosa se desliza casi invisible, paralelo a la hilera de coches estacionados por calle Zeballos. Avanza a buen ritmo, del lado del conductor, pegado a las carrocerías y no se detiene; como si estuviera intentando cruzar a la vereda opuesta y el tránsito no se lo permitiera. Mira hacia el frente, imperturbable, y es su brazo derecho el que realiza un movimiento preciso, veloz, al llegar a la altura de las ventanillas delanteras. Ahí, en la ranura ínfima que forman el vidrio y la goma, ahí, inserta un extremo del papelito que queda sujeto, a salvo de los caprichos del viento. De afuera, los que pasan solo ven un rectángulo blanco, anodino, insignificante. En los huecos de entrada de los estacionamientos o cuando no hay coches detenidos, el joven acelera el paso como si corriera, en campo abierto, de una trinchera a otra. Luego, inexpresivo, sigue colocando los papelitos en las ventanillas. De pronto, en una bocacalle que interrumpe su marcha, estudia con interés la publicidad que está repartiendo. Lee: July, y mira con delectación ese culo que parece esculpido, mientras piensa: no es de este mundo, es extraterrestre.

Brisa debía estar ocupada. Por eso atiende un hombre, una voz masculina que trata en vano de ser amable. "¿Quiere un turno con Brisa?", pregunta para ayudar en la vacilación, en el temor, a la otra voz que tartamudea del otro lado del teléfono. Claro, es la sorpresa, porque la voz que llamó esperaba una Brisa y lo atendió un bronco
trueno. Un turno, sí, eso quiere: un turno. Pero hubiera querido escuchar a Brisa y no a ese que no figuraba en el papelito, que no había podido anticipar porque, debajo de Brisa, los papelitos decían Independiente. De pronto, la voz que truena se impacienta y dice: escuchá, no me hagás perder tiempo. A las once queda libre, ¿querés completo o...? No sé, quisiera hablar con Brisa, ¿quién es usted?, reacciona la voz que está pagando la llamada y que se siente molesta porque jamás imaginó que no iba a responder la mujer, una mujer: Brisa Independiente. ¿Qué quién soy? ¿Qué quién soy? No llamés más y andate a la...

Camino con Camila hacia el consultorio de la pediatra. Tenemos turno a las nueve... a quién se le ocurre ir con una nena de cinco años a esa hora al médico. Por lo pronto, ella va aferrada a mi mano, hablando como si no percibiera que a esa hora, normalmente, suele estar en pijamas, en la mesa de la cocina, agarrando somnolienta la taza con chocolatada. Va hablando, en cambio, con la soltura y la madurez que imposta cuando estamos los dos solos, sin el fantasma materno rondando nuestras cabezas. En la esquina de la avenida, punto donde el semáforo nos demora excesivamente, Camila me suelta y junta algo del piso antes de que yo reaccione y la rete o se lo impida. Mirá papá, dice... mi nombre, en este papelito está escrito mi nombre, me cuenta sorprendida, maravillada, feliz, mientras levanta hacia mis ojos un par de tetas que parecen desbordar o chorrear desde el nombre en letras blancas: Camila. ¿Me lo puedo quedar? De un manotazo le arranco el papelito, hago un bollo y vuelvo a tirarlo al suelo, ahí, a donde estaba. ¿Por qué, papi? ¿Por qué?, lloriquea Camila que no puede entender, es lógico, que yo arroje basura en la vía pública porque lo único que le enseñé, pienso, es a tirar los papelitos en el tacho.

El borceguí del policía tiene pegado en la suela un papelito. Él no se da cuenta, no lo nota, porque su torva mirada se concentra en la gente que pasa frente al banco y él, con una ametralladora corta sobre el pecho, apuntando al piso, debe proteger a los expolicías del blindado que están ingresando con las sacas llenas de dinero, al banco. Está atento, alerta, porque cualquiera de esos aparentes peatones puede ser un Harry, un ladrón, un delincuente. Entonces, ¿qué importa que al ir a cubrir la operación, un papelito sin valor, ni interés, se haya prendido a su calzado? Es obvio que, cuando pase el peligro latente y vuelva al móvil, con el otro pie o con el filo del cordón, va a despegarlo y dejarlo donde caiga, suelto, total es un papelito. Lo que no piensa el policía es cómo, ni por qué, está ese papelito y muchos otros, rondando por las calles, yendo y viniendo entre las manos invisibles del viento y los puntapiés de los viandantes. No lo piensa porque no le corresponde a él, pensar, quién está detrás, quién los suelta en la ciudad, quién maneja esa red que trafica cuerpos y nombres falsos y números de teléfono. Hay otro, otros que se deben ocupar de eso, no piensa el policía que crispa el dedo en el gatillo porque un pibe, un negrito, parece que empieza a caminar, vacilante, en dirección al banco.

Pone sobre el escritorio de su pieza los distintos papelitos que juntó hoy. Los nuevos, porque si algo tienen los papelitos, y los nombres, y las fotos sugestivas que invitan a llamar, es que se renuevan con una frecuencia estimulante. Para quien colecciona papelitos, fotos de partes de cuerpos de mujer, y nombres, como los pibes que juntan las figus del Mundial, pero la diferencia es que aquellos no tienen álbum. No, no tienen, afirma mientras los alinea y cuenta seis, no está mal. Abre el cajón para guardarlos, con los otros papelitos, y al mirar el toco, el fajo, piensa cuántos, qué bien, cuántos nombres y fotos que junté este año.

¿Qué será de las mujeres, de los nombres, de los culos y los senos de los papelitos que ya no circulan, que ya no se reparten, que nadie pone en las ventanillas de los autos?, se pregunta el coleccionista, y la portera que barre, y el policía que lee July y no, no recuerda ningún otro papelito con ese nombre: July. Pero nadie, ninguno de nosotros puede hacer mucho en esta cuestión, solucionar el problema, porque aunque baldeáramos y barriéramos la vereda, los papelitos vuelven a aparecer, como gritos de denuncia, como pedidos de auxilio, y ninguno de nosotros, en toda la ciudad, sabe de dónde salen.

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