Cultura y Libros

Papá era escritor

Es un quinto piso sobre avenida Santa Fe, enfrente del Botánico.

Domingo 12 de Julio de 2020

Es un quinto piso sobre avenida Santa Fe, enfrente del Botánico.

Hace un frío terrible. El viento pareciera nacer en Plaza Italia y tomar impulso para arrasar con todo lo que se le cruce hacia el lado del centro. Toco el timbre antes de morir congelado. Después de unos minutos eternos me bajan a abrir. Deduzco que es la mujer con la que hablé por teléfono. Arriba me espera la hermana. Entro. A derecha e izquierda hay bibliotecas que arrancan a un metro y medio de altura y terminan en el techo. Rarísimo. Estirando el brazo llego hasta los tres primeros anaqueles pero después, para los cuatro restantes, voy a necesitar una escalera. Tal vez haya habido niños destructores de libros, pienso, o un perro, pero igual no lo entiendo.

Al fondo hay varias pilas de libros en el piso. También sobre la mesita ratona que está debajo de la ventana. A través del hueco de una puerta que da al pasillo se ve una bibliotequita –esta sí hasta el suelo, como corresponde– e imagino, sin equivocarme, que en las habitaciones debe haber más.

Casi de inmediato reconozco con la mirada el lomo verde de la edición de Sudamericana de Memorias de Adriano. Me encanta cuando pasa eso, es como amor a primera vista, pero otra vez. La Yourcenar y yo, buscándonos y encontrándonos siempre, como en una comedia romántica.

—Papá era escritor —me dice la hermana cuando termino de separar todo.

Estuve dos horas revisando libros. Estoy cansado y algo abombado por la losa radiante. Levanto las cejas y le sonrío. Con un gesto me invita a que me acerque a unas cajas que yo apenas miré porque lo que había no me interesaba. Ahí están los libros del tipo. Son ediciones de autor, de Dunken o de algún centro psicoanalítico: Fundación Algo, publique su propio libro, por favor, el mundo lo necesita, no se quede con las ganas de contar su historia, por el amor de Dios. Miro el brillo de los lomos, la tosquedad de la tipografía, parecen las cajitas de las películas que venden en la calle. Tristísimo.

—Llévese algunos, por favor —me pide la mujer.

Imagino que querrá que su padre sobreviva de alguna manera. Querrá que la tinta que derramó su padre sobre un papel tan blanco-tubo-de-hospital que lastima los ojos, se pierda en los misteriosos caminos del mundo. Quizás alguien importante lo descubra y haga que lo valoren como se merece. O esperará menos, mucho menos. Tal vez se conforme con que al menos una persona lo lea por azar y se emocione o le pase algo y lo termine y lo recuerde; y así, el espíritu de su padre —la vida entregada a la literatura, horas y días y años luchando en la soledad de la hoja en blanco–, esté donde esté, sienta algo parecido a esa sensación tan falaz de que el esfuerzo, al final, valió la pena. O no espera nada, ni lo piensa, qué sé yo, la verdad. No lo sé.

La otra mujer se acerca, algo avergonzada, quizás, por el atrevimiento de su hermana.

Odio cuando pasa esto, no porque me moleste llevarme un libro más —me estoy llevando más de trescientos— sino porque esta situación me enfrenta a algo que siempre trato de evitar. Este tipo de libros representan, para mí, los restos de una tragedia. No puedo dejar de ver en ellos el esfuerzo de vidas enteras dedicadas a la literatura, el trabajo insomne de hombres y mujeres que se entregaron con el alma a una diosa cruel y despiadada y que tuvieron que enfrentarse al fracaso de no escribir bien, o no ser reconocidos o valorados por aquellos a los que consideraban pares. Y si bien la diferencia entre las dos cosas es enorme, la amargura debe ser parecida. Puedo imaginar la indignación del hombre al ver publicados y reseñados libros mucho peores que su última novela que ya nadie quiere recibir y que sólo los amigos leen —o no— con paciencia y amor, pero sobre todo con amor. La decepción, la impotencia.

No me gusta. Lo sé perfectamente. No me gusta ver realizado un futuro al que temo, al que tememos todos, quizás, los que nos dedicamos a escribir. Como si se volviera más posible al tenerlo ahí, delante de uno. Se me ocurre que debe tener algo que ver con el tema del doble —lo siniestro— tan estudiado en psicoanálisis. Como cuando te dicen que te parecés a alguien, esa incomodidad, ese deseo de cambiar de tema, de no pensar en eso, como todavía me pasa con mi querido Wilson.

Las dos me miran ahora. Yo acepto y paso las páginas de uno de los libros. Abro apenas los ojos como fingiendo interés o sorpresa. Miro la foto del hombre en la solapa, la barba reglamentaria, los anteojos, la pelada, esa sonrisa al parecer satisfecha pero que no puedo dejar de pensar consciente de su propia derrota. Leo el principio, siempre hago eso. En el principio está todo, o casi. No sé qué es, calculo que el tono, la autoridad, la voz del autor que llama, con su música, al silencio y la atención; o algo así, no estoy seguro.

Cierro el libro.

—Muchas gracias.

—¿Querés llevarte más?

—No, está bien, gracias, en serio.

Las dos comprenden, obvio, pero igual agradecen el gesto. No puedo hacer menos. Me estoy llevando unos librazos. Esas dos mujeres, pienso, me están confiando la memoria de su padre, aquellos rectángulos de papel, cartón y tinta que recibieron la atención y el amor del hombre que las trajo al mundo. Esos libros que llevaba con orgullo bajo el brazo y sobre los cuales se debía pasar todo el día hablando; esos libros ahora se van, tendrán otros destinos, otros dueños; renacerán al ser abiertos, una vez más, por otras manos; sentirán los ojos ávidos y veloces de un pibe o pacientes y severos de un hombre mayor; así es, levantarán su voz, declamarán sus fábulas eternas y fugaces, y se entregarán a la única actividad para la cual fueron hechos: la magia de la luz, el hecho inaudito, casi imposible, de la lectura.

Me despido de ellas. Bajo y tomo un taxi. Llego a la librería, desembolso y me pongo a ordenar.

Cuando llego al libro del hombre, lo aparto casi sin mirarlo y lo dejo en el sillón, al lado de la puerta. Sé que después lo pondré en la pila de los libros que le voy a dar a un cartonero para que los ofrezca a los puesteros del Parque Centenario o a la librería que está en Loyola y Serrano. Pero lo dejo ahí por ahora, como si quisiera darme la posibilidad de no hacerlo.

Voy al fondo y me siento. Ya no quiero pensar más en eso.

(Este cuento fue publicado en Cultura y Libros el domingo 2 de julio de 2017, con el título “Una diosa despiadada”).

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