Cultura y Libros

Palabras contra la corriente

Nació en Sevilla, pero llegó a la ciudad en 2006 y ya no la dejó. Irreverente y audaz, cree que la poesía y la solemnidad se están separando para siempre. Organizadora del ciclo "A cuatro voces", fundó con su novio la editorial El Salmón, que publica libros en braille. Ciega desde que era muy pequeña, quiere poner la literatura al alcance de aquellos que no pueden ver.

Domingo 29 de Abril de 2018

Rocío Muñoz Vergara se mueve en la vida como un salmón: contra la corriente. Pero en Rosario esta poeta española parece nadar como pez en el agua. Nació en Sevilla, pero se siente más rosarina que cualquier rosarina. Llegó a la ciudad en 2006 con la excusa de participar de un congreso de literatura grecolatina y no dudó en quedarse. Desde que empezó a fantasear con mudarse de país la sedujo pisar el suelo de Roberto Fontanarrosa y también palpitar el clásico del fútbol local, ese Central-Newell's o Newell's-Central que le recuerda mucho al de su tierra, Sevilla-Betis. A diferencia de Buenos Aires y al igual que Sevilla, Rosario se le hacía un sitio que cabía en la palma de una mano. Y para ella, que es ciega casi desde que nació, palpar la ciudad que habita es una necesidad más que vital.
Autora del libro de poesía Lengua de serpiente (Danke Ediciones, 2017), impulsora del ciclo poético literario "A cuatro voces" —que se realiza el primer martes de cada mes en el bar Oui, de Mendoza y Sarmiento— creó junto a su novio Beto un sello editorial llamado precisamente El Salmón que promete libros en tres formatos: tinta, audio y braille. El origen del nombre tiene varias respuestas. Los padres de Rocío son dueños de una pescadería en Sevilla. Beto es misionero y se crió frente al Paraná. Ella pasó largos veranos de su infancia en el mar. Y el salmón es un pez de río, pero también de mar. Aunque sobre todo lo corona una rareza: la de ir siempre contra la corriente, como ella. "Siento que de a poco fui sumando más rareza a mi rareza. Soy la española que vino a Rosario, que además es ciega, que encima se viste de manera estrafalaria y que lee y escribe poesía. Nunca me produjo dolor ni sufrimiento, más bien placer", dice con ese cantito andaluz y un humor que la acompaña río arriba y sin parar.
—¿Por qué elegiste Rosario para vivir?
—Lo único que sabía era que quería llegar a la Argentina. Tomé la decisión en agosto de 2006 y en septiembre me vine. Primero intenté inscribirme en Buenos Aires. Pero todo era más complicado y no entendía cómo hacer los trámites de la universidad. Tampoco la ciudad me daba tranquilidad, me parecía que no me iba a poder manejar. Después pensé en Misiones porque me gustan la selva, la espesura, lo excesivo, los animales, y había leído los cuentos de Horacio Quiroga. Hasta que me apareció un congreso en Rosario. Y ahí me cayeron las fichas. Presenté una ponencia y me la aceptaron. Desde el primer día no hubo dudas. Siempre me sentí en casa. Te diría que desde que bajé del avión nunca extrañé. Bueno, una extraña a su familia, a sus amigos, pero esa sensación de extrañar también la acepto. Es como que prefiero vivir incompleta, no entendería una vida completa. ¿Para qué?
—¿Qué autores leías de Argentina? ¿Puede que la literatura te haya traído hasta acá?
—Bueno, en parte sí. Borges y Cortázar era parte de lo que estudiábamos en la universidad. Pero hubo dos que no conocía hasta llegar acá y fueron fundamentales para mí: Rodolfo Walsh y Juan José Saer. En cambio, Alejandra Pizarnik, a quien sí la había estudiado en la carrera, era como una rareza allá pero acá sentí que era el pan de cada día. Y claro que sabía de Roberto Fontanarrosa y de Central.
—¿Cómo fue que perdiste la visión?
—Nací con un tumor en la retina, pero para que no avanzara al cerebro tuvieron que sacar todo. Como esto pasó cuando era bebé, digo que fue como nacer ciega. Porque para mí lo fui toda la vida. Lo único que marca la diferencia es lo que significó esto para mis padres, que primero tuvieron una hija que no era ciega. Pero yo no tengo el registro en el cuerpo. Ser ciega fue mi normalidad y mi naturalidad. Sabía que los demás no lo eran. Pero la verdad es que no sabría ser normal. No sé cómo la gente se banca ser normal. Entrar en un grupo y no llamar la atención. Estoy acostumbrada a ser rara, a ser particular. Mi vida es eso y no podría ser de otra manera. Me parece triste. Pasar desapercibida es algo que nunca he hecho.
—¿Cómo hacés para leer y escribir?
—Tengo un programa que me sirve tanto en la computadora como en el teléfono celular que programa mi voz y entonces todo lo que aparece en el lector de pantalla escrito te lo verbaliza. Es así que todo lo que tecleo, tanto si lo genero yo como si me lo envían, me aparece hablado. Escribo a máquina y en braille los textos que necesito leer en voz alta, libros enteros no. Pero reniego de ese pensamiento a modo de epifanía de los que se sorprenden y piensan "¡oohhh, lee con las manos y no con los ojos!". Eso viene más bien de la falta de acostumbramiento, de la inusualidad. No culpo a las personas por hacer estos juicios, pero siento que los hacen porque no lo han visto nunca. Y claro que leo mucho de manera digital porque no hay libros en braille.
—¿Fue por eso que nació El Salmón?
—Fue porque queremos que los libros estén en braille. Sabemos que hay menos demanda, menos usuarios y por eso serán ediciones más chicas. Uno de los desafíos de El Salmón es editar libros en tres formatos: audio, tinta y braille. Hoy no hay posibilidad de comprar un libro en braille, ni tampoco hay posibilidad de que digas "a este libro lo quiero en braille". Uno tiene que entrar en una supuesta lista de espera y nada garantiza que lo que buscás se edite de ese modo. Lucho porque el braille sea un producto digno de mercado. Las editoriales no lo comercializan, ni acá ni en España. Es muy fuerte porque hay una gran cantidad de ciegos, en Rosario y en el mundo. Tiene una lógica, claro, es que el braille pesa y ocupa más espacio. La hoja es más gruesa y el renglón ocupa mucho más que un renglón en tinta.
—¿Y qué lugar ocupa la poesía en tu vida?
—En un momento como el actual creo que todos deberíamos estar más cerca de la poesía y del arte. Porque estos son tiempos en que aferrarse al arte es una cuestión necesaria. El arte da sentido a la vida, a esta que estamos atravesando, supongo que el macrismo tuvo algo que ver con todo esto. Hoy se hace necesario volcarse a la poesía, que no tiene nada que ver con lo solemne. La poesía y la solemnidad no están vinculadas, se están desvinculando a pasos agigantados. La solemnidad es un contexto de enunciación, no una enunciación en sí. Es donde y como se difunde algo. Lo solemne es algo que les interesa a las múltiples caras de la derecha, para alejar a la gente de la literatura y de lo poético del arte.

Feminista antes de época

En febrero de 2017 Rocío Muñoz Vergara se paró en el Monumento a la Bandera y leyó con el pecho desnudo en el marco del Tetazo, que congregó a cientos de mujeres exigiendo por la libertad de decidir qué hacer con su propio cuerpo. Aunque no cree que su espíritu feminista le haya venido con la argentinidad, cree que hay un espíritu de época que lo está envolviendo todo. "Las mujeres nos estamos empoderando más. Seguir mi deseo, no querer que nadie me proteja, no estar bajo la sombra de alguien. La decisión de venirme es una decisión fuertemente feminista", afirma. Aunque no de una manera tan clara, como lo puede expresar ahora, siente que desde chica se posicionó ahí, incluso sin darse cuenta. "Mi madre trabaja en la calle desde antes de los dieciocho años. Nunca fue ama de casa. Luego hizo las dos cosas: trabajaba afuera y adentro. Yo me crié sabiendo que ni loca hacía las dos cosas. No sabía cómo me las iba a arreglar pero así, de ese modo, sabía que no", sostiene. Con Beto conviven en una casa de pasillo y se reparten las tareas del hogar. "No hay un desbalance porque lo hacemos de a dos. Y como somos medio colgados pasa que a veces las tareas no se hacen", dice y ríe. Poco tiempo atrás lanzaron juntos la primera novela de la editorial El Salmón que fundaron juntos y que promete libros en tres soportes: papel, audio, braille. El libro que inauguró el sello se llama El triángulo, de Cecilia Rodriguez, y cuenta una historia de sexo, encuentro, desencuentro y descubrimiento en la que los cuerpos ocupan el primer lugar.

Arte táctil

Imaginé una exposición de arte táctil.
Me imaginé en ella
y toqué.

Toqué cuadros de lija y seda, de fieltro y velcro, de cartón y celofán.
Toqué una casa de gomaespuma tibia.
Toqué algo que era frío y al mismo tiempo ardía.
Toqué un huso y me pinché, pero no me dormí, seguí adelante.
Toqué y atravesé cortinajes de diferentes telas y espesores.
Toqué una pileta llena de jugo de limón.
Toqué adentro peluches, animales nadando, papeles deshaciéndose.
Toqué afuera la luz.
Toqué un balde lleno de uñas.
Toqué en las paredes caligramas en braille.
Toqué reproducciones sintéticas de almohadillas de gatos.
Toqué una nube blanda.
Toqué un baño de espuma.
Toqué una escultura de sal y azúcar.
Toqué un circuito de cactus y globos.
Toqué una colección de gomas de borrar.
Toqué una red en una enredadera.
Toqué columnas que hacían olas y me deslizaban.
Toqué pinceles que hacían cosquillas y me perseguían.
Toqué una gruta de roca, de musgo, de algodón, de cristal.
Toqué tu cara.
Toqué un castillo de arena en el desierto.
Toqué estatuillas kitsch de alambre y plástico
rodeando un busto clásico de mármol y alabastro.
Toqué seguro muchas cosas más.
No puedo describirlas
porque tampoco alcanzo a recordarlas.
No soy artista plástica
pero quiero,
quiero esta exposición,
la reivindico.
Hagan una colecta para subvencionarla.
Depositen ahí sus buenas intenciones.
Hagan esta exposición
y llámenla "Aleph táctil".
A Borges también le gustaría.
Los artistas, los políticos culturales, los curadores de arte, los creativos,
hagan esta exposición,
construyan este Aleph,
dejen tocar al tacto,
permítanle a la piel impresionarse.

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