Cultura y Libros

"No quise depender de vender mi pintura"

Fragmento del libro Rodolfo Elizalde, de inminente aparición

Domingo 29 de Octubre de 2017

Me jubilé el primero de junio de 2001. No me busqué otro trabajo, me dediqué a la pintura. Todos los miércoles, de marzo a diciembre, enseño en mi taller, pero lo hago porque me gusta, tengo alumnos que me hacen hablar de pintura, que es lo que necesito. Otra de las cosas que hice mucho fue dar charlas y hacer visitas guiadas a exposiciones. Mis últimos quince años han sido de un positivo crecimiento. Trabajo más distendido, a lo largo de mi vida siempre pinté con despertador: o tenía que dar clases o tenía que atender a un alumno particular que vivía en algún pueblo. Al jubilarme me relajé, me sentí en un clima mucho más creativo. Trato a la obra de distinta manera, sin urgencia. A veces con apuro, pero con urgencia no. He tenido tiempo para atender mejor lo que hago, me he animado a hacer cambios y a dar pequeños saltos gracias a esta tranquilidad de ánimo. Nunca pinté para un concurso, cuando participaba mandaba cuadros que ya tenía, no puedo pintar para Salones porque no puedo pintar con una fecha.
Del paisaje rural pasé a pintar una serie que titulé Los brotes de la higuera, en 2001. En el terreno de San Jerónimo no se podía caminar porque unas higueras lo habían copado. Llamé a un tipo que era como Elizalde, exagerado, y le pedí que las pode: las dejó como un tenedor. Edith se quería morir y yo estaba que me jugaba el matrimonio. En primavera brotaron, me dio una alegría tremenda y me puse a pintarlas. Ahí empezó otra idea de la pintura. No era estimularme con el mero apunte del paisaje sino querer provocar el cuadro. Pensaba: "Tengo que hacer un árbol que no esté brotado", entonces buscaba un modelo, pero ya con una idea. Hice obras grandes, luego muchas acuarelas donde plasmé flores, que también pinté en óleo y me gustaron mucho. En 2014 trabajé una serie de flores a partir de un ramo. Distintos dibujos y apuntes dispararon nuevas imágenes. Así salió Magnolia púrpura. Fue una serie bastante creativa y cayó muy bien, recibí elogios de parte de gente que nunca me había dirigido la palabra en pintura. Yo tenía un público pero esa muestra tuvo repercusión a otros niveles.
Total dedicación a la
pintura: el trabajo de
los últimos quince años
Durante un tiempo dibujé en el jardín, me gusta mucho la cantidad de formas que ofrece. Esto me lo había dicho don Luis Ouvrard cuando yo pintaba paisaje urbano. En esa época dibujaba con regla porque me gustaba hacer todo muy geométrico, y el viejo —y lo de viejo lo digo con profundo cariño—me decía: "Vos, Elizalde, tenés que ir al jardín y dibujar las plantas". "Claro", le contestaba, y pensaba: "Qué voy a dibujar plantas, si a mí me gustan las líneas rectas". Cada vez que me voy al jardín a dibujar una planta o una maceta me acuerdo de él, de lo bien que me hizo salir a dibujar ahí y de lo bien que hace cambiar de temas; no todos los días porque eso provoca una superficialidad, pero seguir demasiado con lo mismo también se torna superficial y uno se aburre. Lo que Ouvrard me proponía, en definitiva, era que no dibujara de la misma manera una misma cosa. Eso ocurrió y es algo que me alegra mucho.
Ahora estoy pintando a partir de unos dibujos que tengo hechos. La serie se llama Interiores y nace con el franco propósito de contar mi casa, algo que nunca había hecho. No sé si al final lo logro, pero empecé así. La idea es un poco pretenciosa: lograr un contraste muy evidente entre la realización libre y la realización geométrica, que se note que uso la regla pero que además pinto con el pincel a mano levantada, muy libremente y usando negro. Me metí con otra cosa y necesito, como las gallinas, empollar para que las obras salgan redondas. Es un momento muy intenso. Hoy me desperté pensando que el gris del piso que pinté ayer era muy claro, no veía la hora de corregirlo. Eran las cuatro de la mañana, tampoco quise hacerme el loco y meterme en el taller, estaba medio dormido y no podía pintar así. Pero a las siete y cuarto salí de la cama, desayuné y me puse a trabajar. Oscurecí el piso y me quedé tranquilo.
Los cambios de las técnicas obligan a un comienzo duro. Cuando me metí con la acuarela no sabía para dónde agarrar, eso no es para cualquiera, hay gente que nace para acuarelista porque tiene toque y sabe manejar el agua. Retomar algo que habías dejado también es bueno, uno mira de lejos y toma otra perspectiva. Para la muestra Magnolia púrpura usé el pomo negro, que hacía mucho que lo tenía abandonado, y por supuesto la pintura se transformó, el color se transformó y lo mismo pasó con el dibujo, a partir de esa apoyatura en el color.
Ouvrard y el cambio.
El jardín y los interiores

En la vida que estamos viviendo, el romanticismo ha sido absolutamente erradicado, sólo existe en algunas personas. El romanticismo que puede despertar el campo, como cualquier tipo de romanticismo, está en uno. Cuando elegí ser pintor, decidí trabajar medio día siguiendo los ejemplos que tenía de Grela, Gambartes y otros que había en la ciudad. Ellos trabajaban de algo para ganarse la vida; creo que nadie, acá en Rosario, vivió de la pintura propiamente dicha, no sé. En general la gente se la tuvo que rebuscar con otra cosa. ¿Por qué quise trabajar medio día? Porque no quise depender de vender mi pintura, no quise estar amenazado como suele ocurrir cuando uno tiene poco dinero y hace lo que puede para buscar recursos. No quería llegar al extremo de tener que hacer pintura comercial. Iba a pintar lo que me saliera, fuera ridículo, elemental, lo que sea. Me jugué a eso y a aprender por mi cuenta a partir de lo que me habían enseñado. Eso es para mí el romanticismo.

Presentación

Rodolfo Elizalde, de Santiago Beretta, editado por Ivan Rosado, será presentado el próximo jueves 9 de noviembre a las 19 en el Club Editorial Río Paraná, pasaje Pan, oficina 25, planta alta.


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