Cultura y Libros

Negar todo

Cuando empezó a poder hablar hubo interés y un entusiasmo generalizado por conocer lo que llevaba tiempo callando.

Domingo 19 de Agosto de 2018

Cuando empezó a poder hablar hubo interés y un entusiasmo generalizado por conocer lo que llevaba tiempo callando. Se sabía, casi todos sabían, que él había sobrevivido y ahora, que se podía, se multiplicaban los argumentos a favor de que él contara. Su testimonio serviría para que las nuevas generaciones no cometieran los errores del pasado, razonaban quienes creían en la labor pedagógica de la historia. Su experiencia echaría luz sobre los pútridos escondrijos del alma humana, alegaban los estudiosos de la psicología individual y de los pueblos. Al público le fascina el morbo, afirmaban los periodistas y los productores televisivos, en el horario central vamos a romper récords de audiencia y nuestros anunciantes...

Hasta entonces, él no hablaba. Bueno, sí, lo hacía, pero no para contar aquello que había visto, vivido y padecido, y por tanto silencio consideraba que sus recuerdos eran personales y privados. Por eso, sin dudas, le sorprendió la invitación del Centro, tanto como la de la Radio y la del Canal. Al principio rechazó sin convicción los pedidos de acordar una cita. Pero cuando le insistieron, cuando le explicaron que su testimonio serviría para que las nuevas generaciones no cometieran los errores del pasado, que su experiencia echaría luz sobre los pútridos escondrijos del alma humana y que al público le fascina saber la verdad, él se alzó de hombros, incrédulo. Dijo que jamás lo había pensado así, que nadie se lo había hecho notar, que lo que tenía para contar, aunque no sabía bien qué era, difícilmente sirviera para algo más que generar escándalo y espanto.

Lo convencieron de que se equivocaba. Hasta de que resultaba egoísta guardarse para sí, no dar a conocer al mundo sus vivencias. Él arqueó las cejas, y toda su frente se arrugó envejeciéndolo en el gesto, y explicó que no se trataba de mezquindad ni de soberbia, y que si en serio querían conocer qué había pasado...

Entonces, Él habló. En el Centro, en la Radio, en el Canal. Luego continuó en la Escuela, en el Concejo, en la Universidad. Y fue a otro Canal, a otra Radio, a otras Escuelas. Él habló, él contó... y a cada pregunta o pedido de aclaración lo satisfizo agregando detalles, anécdotas, otras historias que sabía. La memoria se le abrió como una corola y los estambres de palabras se esparcieron entre las múltiples audiencias que lo escuchaban.

De pronto, ya no podía parar de decir. Aunque no lo interrogaran, ni le exigieran pormenores, Él armaba su discurso componiendo un cuadro que, por la naturaleza del tema, palpitaba en tonalidades feroces, se abría en formas monstruosas y explicitaba escenas escalofriantes. Quienes lo oían, de golpe, molestos, incómodos, sintiéndose juzgados aunque no creyeran que les cabía alguna culpa, apagaban la radio, la tele, tiraban sobre la mesa el diario, se levantaban sigilosamente de sus butacas y huían de la sala donde transcurría, cada vez más para nadie, la conferencia en vivo. Los entrevistadores y los moderadores, en cambio, se esmeraban por silenciarlo. Sin embargo, no podían detenerlo ni escaparse de sus tareas, y se volvían hoscos, alertas, agresivos, y acababan soportando con estoicismo, resignados, las narraciones de lo indecible. Él, por su parte, no se interesaba por las reacciones que provocaba. Lo habían buscado, le habían pedido, lo habían persuadido de la importancia que su testimonio tenía para el porvenir, para la verdad, para la pedagogía. ¿Por qué claudicar, entonces? ¿Por qué volver a hundirse en el mutismo, ahora que el recuerdo estaba presente y si no hablaba, lo carcomía? ¿Por qué negar todo lo horrible que había sucedido?

Apenas sintieron todos que compartían frente a Él un malestar semejante, un hastío como el que produce un pariente inválido o un amante despechado, con el deseo desbordante por pasar a otro tema, a algo menos angustiante y trágico, de a poco, lo fueron borrando. Dejaron de invitarlo, de convocarlo, de homenajearlo, y toda esa energía, sin que mermara su fuerza, se concentró en los deportes, en las alcobas calientes de actrices y cantantes y en otros asuntos más contemporáneos. El relato del espanto, mejor, por un tiempo, y largo, convenía hacerlo a un lado. Ya alguien contaría por él la historia cuando ya no estuviera y se lo pudiera evocar con calma, sin necesidad de escucharlo repetir esos hechos tan tristes, tan terribles, olvidables.

¿Cómo pueden distraerse con el Mundial, con el divorcio de esa modelo tetona, con la centésima denuncia de corrupción de ese diputado?, se indignaba él junto al teléfono, esperando que lo llamaran, mientras en las radios, los canales y los diarios se hablaba de tanto asunto mundano. ¿No ven que lo que tengo para decir es la verdad, una enseñanza para el futuro, la arquitectura del mal del alma humana? La decepción y el desconcierto lo abrumaban, pero una vez que se abrió la herida es muy difícil detener la hemorragia.

Para vencer tamaña indiferencia, él salió a la calle. Se mezcló entre la gente que vive con dedicación el día a día para atacarlos con su mensaje. Entró a los clubes y a los bares, a los negocios del centro y a los colectivos urbanos. Habló y habló, lo que sus interlocutores aguantaban antes de dejarlo con las frases entre los dientes como un implante que se ha despegado. Habló todo lo que pudo con todos los que pudo, y hasta la mención de un gol en el último minuto o el mal estado del asfalto le daban pie para traer a colación el crudo relato de las desgracias que había visto y vivido y sufrido: el testimonio que ya no podía guardarse. Pero pronto se volvió reconocido, un personaje funesto del que todos escapaban. ¿Por qué no se callaba de una vez? ¿Por qué insistía en contar de nuevo lo que ya se sabía y nadie quería seguir escuchando? ¿Quería acaso inspirar lástima, dar pena, o que le concedieran una pensión vitalicia si es que ya no la estaba cobrando?

Tácitamente declarado persona no grata, él volvió a recluirse en el mutismo indolente de los despreciados. Entendió que preferían negarlo, negar también lo que para él era lo único cierto: lo que había pasado. Ni una enseñanza para que las nuevas generaciones no cometieran los errores del pasado, ni esa luz indeleble sobre los pútridos escondrijos del alma humana, ni la verdad que el público espera con ansias. Calló, con espanto, porque en ese callar volvía a repetirse el horror que todos deseaban mantener callado.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario