"Nada tiene más repercusión que el fútbol"
El periodista José Ignacio Lladós acaba de lanzar "El circo de los pueblos. Cómo dictadores, narcos, políticos y empresarios consiguieron poder a través del fútbol" (Aguilar), que La Capital adelanta en forma exclusiva. En diálogo con este diario, contó jugosos pormenores de una investigación exhaustiva que empezó hace más de dos décadas

Domingo 15 de Agosto de 2021

José Ignacio Lladós, Pachu para los conocidos, es un minimalista. Desde su presencia hasta la redacción de sus textos –pasando por sus pasiones y saberes– este hombre de casi (no estaría chequeado a qué llama él casi) cincuenta años prueba que menos es más, que los adjetivos no visten una crónica –al contrario, suelen arruinarla– y que los hechos hablan por sí mismos. Ah, y que esto último, además de ser una frase hecha, es verdadera.

Lladós, periodista deportivo primero y de política posteriormente, se inició en el diario La Nación y durante sus largas coberturas futboleras entendió que esa disciplina era un enorme atractivo para millonarios fuera y dentro de la ley. Así que se puso a investigar y más de veinte años después, con una prosa impecable, ágil, sin calificativos, nos ofrece una crónica deslumbrante: El circo de los pueblos. Cómo dictadores, narcos, políticos y empresarios consiguieron poder a través del fútbol, que publicó Aguilar. En diálogo con Cultura y Libros habló del Mundial 78 y Maradona, además de narrar jugosas anécdotas.

–En tu libro decís que el deporte refleja los cambios sociales pero no los provoca, que solo refuerza actitudes. ¿Lo seguís sosteniendo? Leyendo tu crónica da la sensación de que sí los provoca.

–Entiendo que el deporte, y el fútbol en particular, puede potenciar el clima existente, pero no conozco ninguna revolución que haya comenzado por un partido de fútbol. En todo caso, sí veo movimientos muy fuertes en los que el fútbol ayudó a potenciar los sentimientos nacionalistas. Por ejemplo: la Guerra del Fútbol, en 1969, entre El Salvador y Honduras, empezó a los pocos días de que debieran eliminarse entre ellos para el Mundial de México 70. Alrededor de los partidos pasó de todo, pero ya había una situación muy tensa entre ambos países. El fútbol lo expuso y exacerbó los ánimos; capaz que hasta aceleró los tiempos. Sin embargo, lo más probable es que la guerra se hubiera desencadenado igual. Te cuento otro caso: muchos croatas consideran importante para su proceso de independencia un partido de fútbol entre el Dinamo, de Croacia, y el Estrella Roja, de Serbia. Esto ocurrió en 1990, cuando estaban por realizarse en Yugoslavia las primeras elecciones libres desde la Segunda Guerra Mundial: los croatas querían independizarse y los serbios, mantener a Yugoslavia unida. Y en ese contexto tuvieron que jugar un partido decisivo dos equipos que representaban como ninguno estas dos banderas antagónicas. Ese partido terminó con las barras bravas a las piñas y los jugadores croatas a las patadas contra la policía. Los jugadores del Dinamo fueron considerados héroes por los croatas y los hinchas hicieron un monumento en el estadio, que dice que ese episodio impulsó la guerra de disolución de Yugoslavia. Yo no creo que el fútbol haya provocado la independencia de Croacia, pero sí es posible que haya potenciado los ánimos.

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El periodista José Ignacio Lladós.

–Durante tu investigación, ¿cuál fue el caso que te emocionó, cuál el que te sorprendió y cuál el que te provocó controversias con vos mismo?

–Me resultó muy sorprendente y emotivo a la vez el video de los jugadores de Costa de Marfil, tras clasificarse para el Mundial de Alemania 2006, pidiendo que por favor se detuviera la guerra civil en su país. Lo más interesante es que la selección marfileña tenía jugadores provenientes de las regiones que estaban en guerra, con lo que bien podrían haberse enfrentado dentro del equipo. Sin embargo, eligieron unirse con un objetivo en común y les mostraron a las guerrillas de su país que ese era el camino. La guerra civil entró en un alto el fuego inmediatamente, por aquel pedido que encabezó el ídolo Didier Drogba, y los bandos se sentaron a negociar la paz por un tiempo. El que me provocó controversias fue el Mundial 78, porque por un lado le generó una alegría inmensa al pueblo argentino, y por otro, el gobierno militar estuvo muy cerca de utilizarlo para perpetuarse en el poder. Un día después de haber ganado el Mundial, miles de personas fueron a la Plaza de Mayo a gritar a favor de Videla, que salió al balcón para saludar. En ese momento, hubo un movimiento interno que le sugirió al dictador aprovechar el clima para llamar a elecciones presidenciales con él como candidato.

–La cuestión étnica está presente en los relatos, especialmente el de la selección francesa. ¿Se dio en otras selecciones? ¿Hay actualmente un racismo manifiesto o solapado?

–Recuerdo una interna muy fuerte en la selección holandesa del Mundial de Francia 98. Eran, de manera resumida, los nativos europeos contra los afrodescendientes. Fue una pelea que trascendió y generó preocupación y si no repercutió más fue porque Holanda llegó lejos, a las semifinales, y a veces las buenas actuaciones tapan todo y hasta acercan posiciones. Otro caso curioso es el de los catalanes en España. A Gerard Piqué, campeón del mundo con la selección española en Sudáfrica 2010, lo silban en todas las ciudades no catalanas de España por su manifiesto apoyo al referéndum independentista. Más allá de esto, veo actualmente menos disputas internas por temas raciales.

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La portada del libro de Lladós.

–Siguiendo con el racismo, el caso de Croacia y Serbia es extraordinario y llamativo ¿Qué te pasó mientras investigabas? ¿Es posible mantenerse neutral?

–La verdad es que resulta difícil no tomar partido cuando hay dos posiciones tan claramente enfrentadas, pero fue un ejercicio que tuve que hacer para no contar las historias de manera subjetiva. En el caso de los croatas y yugoslavos, además, yo había estado cerca del tema durante todo el Mundial de 1998, que fue el primero de Croacia independizada. Aquella selección fue una sensación y durante todo el torneo a los jugadores les preguntaron por ese tema, igual que a los yugoslavos. ¿Odiás a Croacia? ¿Odiás a Yugoslavia? Y los jugadores colaboraban con el clima, porque incluso se mandaban por los medios mensajes con bronca. Me acuerdo de una frase de Zvonimir Boban, la figura de Croacia: “Nosotros no somos perdedores como los yugoslavos”. Lo dijo en el medio del Mundial. Después, algo parecido me pasó con la Guerra del Fútbol. Hablé con las delegaciones diplomáticas de Honduras y El Salvador en la Argentina, y la visión de cada uno era completamente opuesta a la del otro. Traté, igual, de mantenerme imparcial.

–El Mundial 78 fue y muy político: militares de derecha y un entrenador de izquierda. ¿Tenés posición tomada respecto de si él sabía lo que sucedía? ¿Hablaste con Menotti de lo que es mirar para el costado?

–Hablé con Madres de Plaza de Mayo, con funcionarios de la dictadura y con alguno de los jugadores. En todos los casos, coincidieron en que el plantel no estaba muy enterado de lo que realmente ocurría. Los jugadores vivían en una burbuja, aislados y custodiados por el Ejército. Se enteraban de lo que contaban los medios o lo que el gobierno quería transmitir. Acordate de que no había internet y de que la información estaba controlada. Hay una historia interesante sobre el tema de los jugadores: una noche escucharon tiros fuera de la concentración y se preocuparon. Les ordenaron que se tiraran debajo de las camas y que no se acercaran a las ventanas. Al día siguiente, algunos se animaron a preguntarles por el tema a los soldados que los custodiaban, pero las respuestas fueron evasivas. “Sabíamos que algo pasaba, pero nos decían que el problema era que había subversivos que ponían bombas. Ni se nos ocurría pensar en los vuelos de la muerte o el secuestro de niñitos. De lo que pasó nos enteramos mucho después”, me dijo Leopoldo Luque.

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Gol argentino contra Holanda. Los dictadores festejaban junto al pueblo.

–Maradona y su vida son parte central de tu libro. ¿Creés que su final tiene que ver, también, con el uso que hicieron de su persona durante toda la vida? ¿Es Maradona una víctima (o la víctima) del futbol?

–A Maradona quisieron usarlo los militares argentinos, la Camorra napolitana y casi todos los presidentes democráticos del 83 para acá. También líderes como Fidel Castro, Evo Morales o Hugo Chávez. Tiene fotos con Alfonsín, Menem, De la Rúa, Kirchner, Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Todos menos Macri, a quien despreciaba. No tengo dudas de que fue el futbolista más utilizado por el poder. Ahora, ¿sabía? ¿Se daba cuenta? Me parece que es difícil que el primer Maradona lo tuviera claro. Hablo del Diego al que los militares impidieron irse a jugar al Barcelona hasta 1982 o al que le permitieron eludir el servicio militar a cambio de una foto vestido de soldado. Acordate de que el Barcelona lo vino a buscar en 1978, pero que no pudo irse hasta cuatro años después porque los militares prefirieron que siguiera jugando en el país. Incluso Suárez Mason, que manejaba la aerolínea Austral, destinó 250 mil dólares de la empresa para que se quedara en Argentinos Juniors. Austral fue la primera publicidad en una camiseta del fútbol local, y tuvo que ver con los militares y con Maradona, sin que esto convierta a Maradona en cómplice ni nada por el estilo, obviamente. En su relación con la Camorra no sé si tuvo opción. Maradona fue una herramienta más para que la mafia napolitana mostrara su inmenso poder. Él dijo que recibió relojes y autos de regalo a cambio de ir a fiestas con los capos mafiosos, pero aun sin regalos, no sé si hubiera podido hacer otra cosa. Después, cuando Menem le dio el pasaporte diplomático como “embajador deportivo”, me parece que el intento por usar su imagen fue muy burdo. Y cuando Maradona hizo campaña por la reelección de Menem, en 1995, ya fue una elección propia. Inevitablemente hay que pensar que sabía de qué iba la historia, igual que cuando se sentó al lado de Chávez, antes de una Cumbre de las Américas, para pedir que echaran a Bush de la Argentina. Sobre su final, con el velorio en la Casa Rosada, veo que es un resumen de su vida: el poder quiso tomar prestada su imagen y algo de todo lo que Diego representó para los argentinos.

–En tu libro narrás cómo los poderosos se aprovecharon del futbol para crecer. Y me imagino que quedaron cosas afuera. ¿Qué otro caso conocés y que no se haya publicado?

–Hay un caso interesante que es el de Ferenc Puskas, un húngaro que jugó muchos años en el Real Madrid. Era la gran figura de su país y uno de los mejores del mundo en la década de los 50. Había ganado unos Juegos Olímpicos y un subcampeonato mundial, e incluso el gobierno de su país le había conferido el título de “comandante”. Era el gran ídolo de Hungría y los políticos querían tenerlo de su lado. En 1956 fue a jugar unos amistosos al exterior, justo cuando un movimiento político intentó una revolución en Budapest. El gobierno les exigió a los jugadores que volvieran al país, pero Puskas se negó. Algunos dicen que entendió que el gobierno quería usar su imagen en contra de los revolucionarios. Otros, que les pagaban mucho por aquellos partidos y que no quiso regresar sin cobrar. La cuestión es que la situación lo enfrentó con el régimen, que lo tildó de “traidor a la patria”, y que el mismo gobierno lo suspendió. La Fifa aprobó la sanción húngara y Puskas, por no hacerle caso al poder que quiso utilizarlo, se quedó dos años sin jugar.

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Silvio Berlusconi,

–¿Creés que el futbol perdona todo? Es decir, leyendo el caso de Berlusconi da la sensación de que al comprar el Milan la gente miró para otro lado y se hizo la desentendida sobre otras cosas que sucedían.

–Cuando Berlusconi compró el Milan era un empresario famoso, parte del jet set y muy influyente. Tenía un imperio televisivo, medios gráficos, una constructora, una financiera y muchos negocios más. La gente no lo veía como un político, sino como un creador de éxitos. Cuando compró el Milan y lo convirtió en el mejor equipo del mundo, tuvo la capacidad de convencer a la gente de que el éxito en el fútbol era un sinónimo de éxito en la gestión política. Y la gente, que estaba cansada de los políticos tradicionales, le creyó y lo votó. Sobre si la gente perdona u olvida, diría que en muchos casos sí. Fijate que hace uno o dos años la hinchada del América de Cali llenó el estadio de banderas a favor de Miguel Rodríguez Orejuela, que fue quien convirtió al club en uno de los más grandes de Colombia y que incluso casi lo lleva a ganar la Copa Libertadores. Rodríguez Orejuela, que fue vicepresidente del América en la década de los 80, está preso y es uno de los capos del Cartel de Cali.

–El partido fantasma, Hitler, los rusos, los jeques árabes, los carteles... ¿hay otro deporte que se le acerque en anécdotas, especialmente, las más dramáticas?

–Nada tiene la repercusión que tiene el fútbol. El olimpismo a veces envía mensajes, como ocurrió con Australia en 2000, en los Juegos de Sydney. Australia tuvo que elegir quién encendía la llama olímpica y generalmente en esos casos se elige al mejor deportista de la historia del país organizador. Pero en Sydney eligieron a Cathy Freeman, una velocista descendiente de aborígenes que era una de las candidatas a ganar una medalla dorada en esos Juegos. Australia, que tenía una sociedad muy diversa, difícil de amalgamar, aprovechó la amplificación que tiene un Juego Olímpico para enviar un mensaje de integración. El básquet también tiene una historia llamativa: en el 90, Yugoslavia ganó el Mundial que se disputó en Argentina. Cuando terminó el partido, un hincha se metió en la cancha para festejar con una bandera de Croacia, pero Vlade Divac, una de las figuras, de origen serbio, le sacó la bandera de la mano y la tiró al piso. Él dijo que quiso evitar divisiones en el festejo, pero en Croacia cayó pésimo y desde entonces Divac se peleó con todos los jugadores croatas. Esto, como la pelea entre los jugadores de Dinamo de Zagreb y la policía yugoslava, ese mismo año, hay que encuadrarlo en un clima de alta tensión política y social.

Un inmenso amplificador de emociones (fragmento de "El circo de los pueblos")

Por José Ignacio Lladós

En 1969, el Santos de Pelé se trasladó a África para disputar unos amistosos, dos de los cuales debían jugarse en Nigeria, que estaba en guerra civil. A pesar del riesgo de viajar a un país en conflicto, el equipo brasileño aterrizó en suelo nigeriano e, inmediatamente, la batalla que había explotado un año y medio antes (…) entró en un alto el fuego, porque todos prefirieron ver a Pelé. El fútbol tiene el poder para convertirse en una herramienta de paz.

También en 1969, Honduras y El Salvador entraron en guerra, justo unos días después de que debieran dirimir en una cancha cuál de los dos se clasificaría para el Mundial de México 70. A ese enfrentamiento bélico se lo llamó “la guerra del fútbol”, porque muchos interpretaron que aquellos partidos exacerbaron tanto los ánimos que se convirtieron en detonantes de la batalla. En 1990, un equipo croata (Dinamo) y otro serbio (Estrella Roja) debían jugar un encuentro decisivo por la liga yugoslava. El partido no empezó porque las hinchadas se pelearon y los jugadores croatas intervinieron y se trenzaron a los golpes con la policía. Para muchos croatas, ese es el punto inicial de la lucha por la emancipación de Croacia y de la disolución de Yugoslavia. Ambos casos demuestran que, como inmenso amplificador de emociones que es, el fútbol puede potenciar el nacionalismo.

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Francisco Franco.

En Cataluña, cuando el dictador Francisco Franco prohibió los símbolos regionalistas y las lenguas que no fueran el castellano, los partidos que el Barcelona disputó como local fueron un espacio para que los catalanes hablaran y cantaran en su idioma, para que desplegaran la senyera (la bandera de Cataluña) e incluso para que se animaran a gritar y cantar en contra del poder central. El Barça, un equipo, un club, o más que eso, fue entonces y es ahora la bandera de una región que se consideró oprimida. El fútbol también suele convertirse en una seña de identidad.

En 1978, cuando la Argentina ganó el Mundial organizado por el gobierno de facto que conducía el país, los militares argentinos creyeron que podrían perpetuarse en el poder. A pesar de las torturas y los asesinatos que años más tarde los sentenciarían a prisión, la obtención de una Copa del Mundo les generó a los gobernantes la ilusión del poder eterno. El fútbol tiene la capacidad para distraer a los pueblos.

En 1991, el narcotraficante colombiano Pablo Escobar y algunos de sus secuaces fueron recluidos en la cárcel La Catedral, en el municipio de Envigado. Hacia allí se dirigieron varios de los futbolistas más importantes de Colombia para visitarlo y para disputar partidos amistosos contra un equipo de narcos y asesinos. Escobar, capo del cartel de Medellín, como los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, líderes del cartel de Cali, supieron construir una relación de amistad y confianza con el mundo del fútbol, que les dio status y relaciones. El fútbol es una fuente de poder.

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El capo narco Pablo Escobar.

En 1994, después de comprar el Milan y transformarlo de un equipo normal a una referencia planetaria, el italiano Silvio Berlusconi, que ya era una celebridad en su país antes de tomar posesión del conjunto milanés, ganó las elecciones que lo convirtieron en primer ministro de Italia. En 2018, el exfutbolista George Weah, Balón de Oro en 1995 y único africano considerado alguna vez como el mejor jugador del mundo, fue elegido presidente de Liberia. No hay otro futbolista de élite que haya llegado a la máxima magistratura de su país. Entre los atributos del fútbol, evidentemente, también figura la posibilidad de “crear” un líder nacional.

El fútbol es la actividad más visible del mundo, sin discusión. (…) Y como tal, desde la primera mitad del siglo XX el poder buscó utilizarlo. Del fútbol buscaron aprovecharse Mussolini, Hitler, la dictadura argentina con el Mundial 78, los jeques árabes, Pablo Escobar, la Camorra napolitana. También expuso las diferencias en la ex-Yugoslavia, en el distanciamiento entre Arabia Saudita e Irán, en la tensión entre Honduras y El Salvador. Del fútbol se valieron Pelé, Weah, Berlusconi, Macri, Piñera. Y, de alguna manera, del fútbol fue víctima Maradona, el jugador más utilizado de la historia.

“El deporte refleja los cambios sociales”, sostiene Leonard Koppett en Sports Illusion, Sports Reality. Esto se advierte especialmente en el caso del clásico yugoslavo (entre Dinamo y Estrella Roja). (…) Había una vocación de cambio en la sociedad, sobre todo en la croata. Había odios ancestrales. (…) El fútbol expuso todo eso en un momento específico.

La historia es así: el 13 de mayo de 1990 debieron enfrentarse en el estadio Maksimir, de Zagreb, el local Dinamo, croata, y el visitante Estrella Roja, de Belgrado, Serbia. (…) Es importante remarcar que ese año en el país debían realizarse las primeras elecciones libres tras la unificación de Yugoslavia, ocurrida tras la Segunda Guerra Mundial. Y había mucha tensión, especialmente entre los serbios, cuyos líderes pretendían mantener la unidad yugoslava, y los croatas, conducidos por nacionalistas que abogaban por la disolución del país y la creación de nuevos Estados. (…) En ese contexto, el clima para recibir un partido decisivo del campeonato yugoslavo no era el ideal.

Aquel día, las barras bravas de ambos equipos comenzaron a arrojarse piedras y diversos elementos dentro del estadio (…) y la policía yugoslava intervino para detener el enfrentamiento. (…) La pelea degeneró, hasta el punto de que los jugadores del Dinamo entraron en acción, repartiendo golpes y puntapiés para defender a su hinchada.

La imagen de aquel caos es la de la figura del Dinamo, Zvonimir Boban, peleándose a las trompadas con un policía yugoslavo, hecho que le valió a Boban convertirse en algo así como un héroe para los croatas.

Claramente, el fútbol puede ser disparador de cuestiones que exceden al deporte, como la identidad nacional. Por supuesto que el poder siempre estará listo para aprovechar cada una de estas cuestiones. (…) Y cuando digo que “el poder” suele aprovecharse de las virtudes y los efectos del deporte, no necesariamente hablo del gobierno de turno. Puede serlo, pero también puede ser un empresario exitoso y famoso, o un capo narco, o un futbolista, o hasta un club.