Tributo a Raúl Gómez

Luz en la oscuridad

Hace una semana el pintor y dibujante rosarino Raúl Gómez murió en un accidente, a los 59 años. El Negro fue un artista de raza que produjo desde y para la ciudad durante cuatro décadas. Colegas y amigos evocan su vida y su pasión, de la que queda un vasto legado.

Domingo 09 de Agosto de 2020

La noticia embiste: el pintor y dibujante rosarino Raúl Gómez murió el domingo en un accidente de moto a los 59 años. Y como toda embestida, duele. Sus amigos, colegas y seguidores se consternan, algunos no pueden hablar, otros al hacerlo se emocionan. Por suerte emergen las palabras para relatar la intensidad de una vida dedicada al arte, más allá de toda moda, institucionalidad o condicionamiento. Los recuerdos sobre el Negro dan cuenta de su genuina condición de buena persona y artista; una vasta obra diseminada por la ciudad lo sobrevive. Este primer y urgente ejercicio de memoria busca acercarse a su figura, a su pasión y legado.

Había nacido en Santa Fe en 1961, pero desde chico vivió en la zona norte de Rosario, en el barrio Casiano Casas. Empezó a estudiar en la Escuela Provincial de Artes Visuales y luego pasó a la carrera de Bellas Artes de la Facultad de Humanidades de la UNR. “Cuando entró a la facultad ya venía con un cúmulo de conocimientos, hacía ilustraciones y cómics”, cuenta Marcelo Castaño, su profesor en la cátedra de Grabado. “Tenía un don natural que seguramente en Bellas Artes explotó pero no creo que ningún docente le haya marcado el camino. Lo recuerdo siempre dispuesto a todo y a su vez con mucha humildad”, afirma Castaño, ya jubilado, desde su taller. El Negro no terminó ninguna de las dos carreras “porque si bien tenía resto para recibirse, no le interesaba lo formal. Se dedicaba a dibujar y a pintar, no a lo académico”.

“Medio que se aburría porque venía con un bagaje de niño; era muy buen dibujante, una autoridad”, aporta el artista plástico Raúl D’Amelio, director del Museo Juan B. Castagnino y uno de sus compañeros en las aulas de calle Entre Ríos. “Tenía facilidad, virtuosismo. Talentos y habilidades incorporados que nadie te puede enseñar. Pero además era un outsider de lo institucional, un electrón suelto”, añade y recuerda que a las reuniones abiertas del grupo Rozarte, formado en 1989, Gómez asistía pero siempre desde una perspectiva independiente e individual. “Iba liberado, así caminaba por la vida. Quería hacer sus cosas”, resume. Hasta el final mantuvo coherentemente la misma postura.

“Nos conocimos a principios de los ochenta en la revista Risario. Era muy joven, producía sin parar, todo le resultaba poco: ilustración de notas, cómics, humor”, rememora Fernando Spinassi. “Comenzó a trabajar con acrílicos que nunca le alcanzaban, se los devoraba. David Leiva (el director) supo de su talento y le conseguía canjes de materiales para sus trabajos en alguna artística. ¡Siempre muy creativo y artesano! En su casa había construido una mesa con tablones de albañiles, una belleza. Una vez que invité a la gente de la revista a una patyada, hamburguesas en mi patio, el Negro con los pomos de mayonesa, ketchup y mostaza hacía dibujos en los panes cortados. Nadie quería comerlos: eran Gómez auténticos”, ilustra Spinassi, y es fácil creerle cuando subraya: “Dibujó y pintó cuanta superficie encontró”.

"Tenía facilidad, virtuosismo. Talentos y habilidades que nadie te puede enseñar. Y era un outsider de lo institucional, un electrón suelto"

Flor Balestra también lo evoca en la época de Risario, que produjo 45 números entre 1980 y 1987 y en la que Gómez —entre otros trazos— llevaba adelante la tira Historias que degradan. “Nos conocimos dibujando historietas para la revista. Compartíamos charlas y pateábamos la ciudad a la deriva. Fueron tiempos eternos y vaporosos, muy divertidos. El Negro sabía reír con facilidad. Travieso y desobediente. Libre”, señala Balestra, dibujante y diseñadora. “Pintó sus hermosas mujeres y en cada una de ellas un homenaje a la belleza femenina universal, casi un sello distintivo de su hacer”, agrega y resume: “Simpático, pícaro, laburante incansable”. Las aptitudes de Gómez se proyectaban en una mano que no se quedaba quieta y en ese movimiento forjó una trayectoria de cuatro décadas.

“A la redacción de calle Corrientes muchas veces llegaba acompañado por amigos a la salida de Humanidades (a pocas cuadras), y se sentaba horas a dibujar sus historietas. Era como un ritual: sacaba las tintas, los lápices y las carbonillas del morral y esperaba atento la mirada protectora de David Leiva”, rememora Patricia Dibert, locutora y periodista. “El Negro creaba desde y para acá, con un sesgo que marcaba pertenencia a este lugar y no a otro”, asegura.

“El arte pierde un pilar en Rosario. Tan Rosario el Negro, tan querido”, coincide el multifacético Dante Taparelli. “Fue siempre un luchador del arte y de una generación de talentos que va a dejar huella en el imaginario y en el corazón de la ciudad”, lo ubica. “Nos cruzamos a fines de los ochenta, cuando todo era una búsqueda. Dejó en mi casa cinco obras de una misma serie en guarda, representaban a una familia y en cada cuadro faltaba uno, como arrancado en volumen, y al final quedaba el sillón roto. Un trabajo sobre la muerte espectacular, conmovedor, que tuve muchos años. De ahí en más nos seguimos viendo, no íntimamente —salvo en mis cumples, a los que nunca faltó— sino en eventos y bienales, en las intervenciones artísticas”, reseña Taparelli.

Es que Gómez siempre habitó la escena bohemia y cultural. Desde su independencia y donde lo invitaban, acompañando o como protagonista, en una apuesta a lo creativo y a lo afectivo por igual. Sus historietas y dibujos llegaron a publicaciones locales y nacionales, como Fierro, e incluso extranjeras —la brasileña Animal—. Ilustró tapas de libros y afiches, pintó murales en espacios públicos y privados, hasta realizó escenografías teatrales, al tiempo que expuso en las principales galerías de Rosario, la Argentina y Francia. “En las galerías Krass y Rivoire, en el Museo Castagnino, en el Palais de Glace de Buenos Aires sus obras brillaron”, reza el texto de despedida del Ministerio de Cultura de la provincia.

Los años noventa lo encontraron activo. Logró vivir del arte en un país que se iba volviendo cada vez más excluyente y en una ciudad de mercado artístico reducido. “Tenía visibilidad pero no en el circuito mainstream del arte contemporáneo actual. No era de ir a Buenos Aires a hacer talleres ni de moverse en espacios institucionales. Sí mandaba obras a premios y salones, y ganaba”, sostiene D’Amelio, que lo describe en relación a su propia obra más apasionado que sistemático. “El Negro exponía con cualquiera, no tenía pruritos culturales. Conocía a mucha gente y vendía obra de manera indisciplinada”, comenta Castaño, que pasó de profesor a colega y amigo. El escultor Fabián Rucco cuenta que la gente buscaba sus trabajos. “Lo iban a ver a su taller para comprarle, él no necesitaba de una muestra permanente para vender su obra. Fueron muchos años de dedicación, de mantener una producción y una coherencia a pesar de las vorágines de la economía”, destaca.

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El Negro pintando el mural

El Negro pintando el mural "La libertad" en los paredones del club Universitario, en noviembre de 2012.

De las palabras de sus compañeros se desprende unánime admiración. Por sus dibujos, que recogían la influencia del mendocino Carlos Alonso; por sus pinturas, en las que llegó a trabajar la abstracción; porque manejaba el oficio, los pigmentos, los materiales, desde el óleo y el pastel al lápiz y la birome. “Sabía componer climas intimistas. Recurría a fondos cromáticos generalmente oscuros sobre los que contrastan personajes entre perversos, románticos y sexuales en justo equilibrio, personajes que son luz en la oscuridad. Luz y oscuridad bien sustentadas en el plano de trabajo con un manejo cromático de excelencia”, precisa el artista plástico Aldo Ciccione, Chacal. “Su construcción artística es compleja. Leer su obra tiene la misma riqueza y vastedad que la que se genera cuando nos metemos dentro de una novela. El Negro se ganó el respeto de sus pares”, advierte.

“Están los que nacen sabiendo y los que se hacen a costa de trabajo. Él tenía las dos cosas. Además contaba algo sabiéndolo decir: su obra tenía todo, el mensaje y la manera de expresarlo”, señala su colega Eduardo Contissa. “Era muy afectuoso, entonces te duele un poco más cuando la persona es tan atenta y te llama para ver cómo estás, te visita o te dice que lo vayas a visitar, te invita a comer a su casa…”, y con voz queda retrata escenas que otros también refieren a lo largo de los años: la charla, la mesa y el vino compartidos, las guitarreadas. “Le encantaba la música. Siempre hablaba citando temas icónicos, recitaba letras completas o las cantaba por teléfono. Amaba a Spinetta, por eso le llevé de regalo un afiche suyo y le saqué una foto que me agradeció mucho porque se veía como un rockstar”, susurra la cineasta Mariana Wenger. Sin embargo, podía pasar de tararear con voz finita canciones de rock nacional, acompañado por su viola, a entonar tangos gravemente.

“Yo le decía el Bukowski de la pintura y se moría de risa”, tercia Rodolfo Pavanetto, que lo conoció personalmente hace diez años, al regresar a Rosario después de vivir una temporada fuera del país. “Me contacté con una noviecita de la adolescencia y resultó que era su pareja. A ella la pintó desnuda en la Bajada de los Maestros (paseo público en avenida del Huerto entre Sarmiento y San Martín), y tuvo que retocarla muchas veces porque vandalizaban la obra”, en referencia al mural titulado La libertad, que puede verse en esa zona del bajo. “Yo de chico era su admirador y lo seguía, encontrármelo fue una alegría enorme y más porque se forjó una amistad fuerte. Llegamos a tener mucha confianza al punto que si bien era un tipo afable y siempre contento también tenía un lado angustioso que me hizo notar”, revive Pavanetto, que se dedica al arte digital. Lo recuerda también como un hincha de Newell’s, “más pacifista y conciliador que fanático, mezcla de muchacho culto y atorrante de barrio”.

“Somos hermanos del arte, nosotros nos elegimos”, previene el pintor Carlos Andreozzi en tiempo presente. “Con el Negrito estábamos muy unidos por la práctica desde hace treinta años; en 2019 participamos de una muestra juntos en la Casa del Artista Plástico, con otros amigos, y la última reunión antes de que se declarara la pandemia fue en mi casa”, detalla con afecto indisimulable. Cuenta que durante la cuarentena fue a verlo dos veces a su taller de Casiano Casas y lo encontró “haciendo pasteles” (también había comenzado a diseñar esculturas con forma de pájaros) pero no lo notó bien. En alguna época Gómez dio clases particulares aunque ya había abandonado esa actividad. “Estaba solito. Tenía la moto tapada y comentamos que tendría que hacerla arrancar para que no se le arruinara”, se frena. Asegura que apenas se levanten las restricciones sanitarias le va a organizar “el homenaje que merece”.

El domingo 2 de agosto después del mediodía, en Sabin al 600 y por razones que se desconocen, Gómez perdió el control de su Honda XR150 e impactó contra una camioneta estacionada. Sufrió golpes severos que le provocaron la muerte a las pocas horas en el Heca.

“El lunes a la mañana me llegó la noticia, se me pusieron los ojos vidriosos y justo cayó de arriba de un mueble un tarro con pinceles que no usaba desde hacía tiempo —revela Edu Contissa—. No soplaba el viento ni nadie tocó el tarro así que lo tomé como una visita. Fue el último momento de contacto en la vida y en la muerte con el Negro: prendí una vela y le dije unas palabras”.

“Nunca es buen momento para morir pero estos deben ser de los peores. Todos con barbijos y algunos con vendas en los ojos”, opina desde Granadero Baigorria Eduardo Piccione, compañero de camino “de un artista íntegro”. “Nuestra amistad se construyó en base a un respeto mutuo sobre el trabajo del otro, muchas reuniones con amigos, charlas sin tiempo y el arte y los artistas como tema central. Nunca vi tanta conexión entre manos y corazón, el Negro era un corazón pintor, ejemplar. Cambió la mirada anticipándose a esta contemporaneidad sospechosa que prefiere proyectos a obras”, dispara.

Piccione es contundente en su análisis —“construía obras sólidas, con un manejo tal de la técnica que lograba olvidarse de ella para relatar situaciones y crear personajes que se corporizaban frente al espectador”— y en su lamento —“me acuerdo de Pocho Lepratti, del Trinche Carlovich y de otros que necesitan la desaparición para visibilizarse. ¿Tanto molesta a los poderosos que alguien con nada sea capaz de crear un mundo?”—. Cree que el Estado debería estar atento para proteger a los creadores y a la vez sospecha que el propio Gómez, por su temperamento conciliador, le pediría no enojarse.

Una de las últimas obras que el artista produjo especialmente quedó colgada en la sala de exposiciones de la Bolsa de Comercio, dentro de una muestra colectiva curada por Fabián Rucco. Iba a inaugurarse en marzo, justo el día que el presidente anunció la cuarentena. Se llama La sutileza de existir y Gómez no llegó a verla. “En verano fui a su casa y le llevé la propuesta. Hizo algo rapidísimo porque tenía producción diaria: vivía pintando, era su trabajo, su vida y su pasión”, cuenta Rucco. “En estos meses hemos charlado por teléfono, lo veía activo en las redes sociales. Estaba en un muy buen momento artístico, desde hacía años él tenía imagen e identidad. Era un artista profesional por eso y porque vivía del arte, bien o mal”, sentencia el escultor.

“Él laburaba y por eso estuvo tanto tiempo presente en la escena, no es que seguía mostrando una pintura de hace treinta años. Por suerte hay muchos artistas así: no dejemos pasar a los Negros Gómez que están ahora alrededor nuestro”, concluye en una especie de ruego.

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