Cultura y Libros

Los Montoneros y la relación con Palestina

En un libro editado por Planeta, el periodista argentino Pablo Robledo revela las relaciones entre el grupo guerrillero argentino y la OLP. A continuación, el comienzo de un libro que abre nuevas rutas en la investigación de los años setenta.

Sábado 20 de Octubre de 2018

El azul es mediterráneo y pinta el cielo que se extiende sobre bananales y naranjales, el viejo puente, la arena y las rocas de la playa, los valles libaneses. El cielo allá, alto, donde súbitamente aparecen los aviones. Como pájaros de mal agüero, aparecen. ¿Pero cómo se llaman los aviones? ¿Tienen nombre los aviones? ¿Mutan los aviones o sus nombres? Se llaman Nesher S, se llaman Nesher T. Nesher, buitre en hebreo. Fueron fabricados por la Fuerza Aérea Israelí. En su mutación, remodelados, cuando se conviertan en argentinos al ser comprados por la Junta Militar, se llamarán Dagger A, se llamarán Dagger B. Dagger, en la lengua franca del tráfico de armas, que no puede ser otra que el inglés. Daga, puñal, en español. Pero este día del que hablamos se llaman Nesher, se llaman buitres, todavía. Y ya partieron de sus bases.


Se disponen a bombardear el cielo, la ladera, el poblado, Damour. Los pilotean hombres que han jurado lealtad al sionismo y su idea: el Estado de Israel. Pero también, quizás, en los Nesher T con doble asiento en cabina o en los Nesher S monoasiento hay otros hombres que han jurado antes otra fidelidad: a Dios y a la Patria, a la Fuerza Aérea Argentina. Y comienzan su tarea, bombardear y ametrallar, una lluvia finita y constante de bombas y metralla en el paisaje de un día de sol en la costa mediterránea.

Allá abajo, lejos del cielo y cerca del infierno, entre los buitres y las bombas, están los bombardeados. Corren, se esconden, se protegen, se mueven, vuelven a correr, disparan, al bulto pero disparan. Davides, al cielo disparan. Son palestinos, es decir son nadies. Y a la vez son despla- zados, son refugiados, son resistentes. Son hombres y mujeres echados de la historia por la puerta trasera. Y allí están, ahora, en Damour, en un país prestado, la República de El Líbano.

Con ellos, los palestinos, hay otros hombres y mujeres, echados no de la historia pero sí de la historia de esos días en su tierra. También corren y se esconden y se protegen y se mueven y vuelven a correr. Son argentinos, exiliados, militantes, montoneros. Alguna vez juraron, como esos otros argentinos que quizás están allá arriba en sus buitres. A diferencia de esos, estos juraron que la sangre derramada no será negociada. Dijeron Patria o Muerte, Perón o Muerte, Libres o Muertos Jamás Esclavos, esas cosas. Se preparan para volver, a su tierra, al plomo de esos años en su tierra.

Lo que junta ese día a esos palestinos, argentinos, israelíes, es el contradictorio viento de la historia, de sus historias y la de sus pueblos.

Los árboles de la plaza San Martín están pelados de hojas, como solo saben estarlo los árboles del invierno de Buenos Aires. Sopla un viento inclemente, sur y frío, pampero, que trae olores del Riachuelo.

Podrían durar menos estos inviernos terribles en esta ciudad tan melancólica. O al menos podría tener una oficina como la de este tipo, con esta vista a la plaza, y no estar recluido en ese sótano de mierda donde la humedad es insoportable y hasta ratas se ven. Bueno, no debería quejarme, al menos no está tan lejos de todo como la Esma ni se escuchan esos gritos que me ponen los pelos de punta. Pero también si hubiera tenido suerte podría estar ahora en el Centro Piloto de París y a la noche cenar en Pigalle y después ir a un puticlub de Montparnasse. O en Londres, donde en los parques al menos hay espías y no estos vendedores ambulantes de panchos y cafés aguachentos para pobres diablos. Pero no, estoy acá y encima tengo que estar cazando montoneros a distancia, en el desierto del Sahara o donde carajo sea que estén. Todo eso es lo que piensa, mientras espera ser recibido, el hombre que, parado, mira por uno de los ventanales del Palacio San Martín, sede de Cancillería. Luego, entra al despacho donde es esperado.

Es una reunión en la que están también el capitán de navío Roberto Pérez Froio, director general de la Secretaría de Prensa y Difusión del Ministerio de Relaciones Exteriores, sin alias conocido; el capitán de fragata (R) Francis William Whamond, alias Pablo o El Duque o Williams o Caín, jefe del Área de Difusión; el teniente de navío Juan Carlos Rolón, alias Juan o Niño; el teniente Hugo Damario, alias Jirafa; y el teniente Alejandro Spinelli, alias Felipe. Hablan. Discuten. En esos momentos las relaciones entre Jorge El Tigre Acosta y su Grupo de Tareas 3.3.2, dueños y señores de la vida y la muerte en la Esma, con la Inteligencia naval están en un punto de tensión extrema. Uno de los reunidos menciona un par de nombres de prisioneros detenidos-desaparecidos que eran obligados a realizar trabajo esclavo en el edificio del Palacio. Se acercan las posiciones que comenzaron difiriendo. Se ponen de acuerdo.

Cuando terminan, el hombre vuelve al sótano y se sienta frente a su gastada Olivetti. En su escritorio tiene una carpeta y sobre ella un cable que recibió hace unos meses. De carácter secreto, firmado por el ministro Federico Jorge Romero, del Departamento de África y Cercano Oriente de la Cancillería de la República Argentina. Al final de ese documento se lee: Ref. Cable 165/6 y Memorándum DTAFO 130/78 s/Contacto Montoneros con dirigentes OLP en Líbano. El hombre del sótano piensa dos o tres minutos. De acuerdo con el color del papel de las copias que se hacen, los cables pueden ser públicos, secretos o confidenciales. Los «canarios» son los que se envían en hojas de papel amarillo. Son los más estrictamente confidenciales. Saca dos hojas amarillas, les coloca un carbónico en el medio, las acomoda en la máquina y comienza a teclear. Son instrucciones para las diversas embajadas argentinas en el Cercano y Medio

Oriente. Luego, alguien diría, en jerga diplomática, que se había filtrado un canario.

Una pareja estaciona un Fiat 128 rojo en una tranquila calle lateral y empedrada de un barrio de suburbio porteño. Villa Mitre. Se bajan, caminan despacio por las veredas rotas, los acompaña un sol frío e invernal. Él viste vaqueros tipo campana, mocasines color cacao, camisa a rayas, pulóver azul, campera de cuero marrón. Tiene el pelo corto y rubio, es alto y flaco, lleva bigotes. Ella es de estatura mediana, más bien rechoncha, tiene el pelo castaño y largo, pollera oscura, saco de lana gruesa sobre una blusa blanca, bufanda gris, zapatos sin taco. Se dirigen hacia la avenida, a la casona donde funciona el depósito temporario de muebles. Es el antiguo guardamuebles San Jorge, casa fundada en 1912, avenida Gaona 2441. Edificación antigua, finisecular, de una sola planta, portón grande de entrada, dos ventanales a los costados, techo posterior de lata de forma piramidal. Entran.

En unas semanas van a ir a probar suerte a San Luis, adonde a él le salió un trabajo como dibujante y ella será profesora de inglés en un secundario. Van a probar por un año, le habían dicho al empleado que atiende la oficina. Por eso, a la semana siguiente llevarán las cosas del departamento que vaciarán en Chacarita y que no piensan trasladar. Discuten el precio, pagan la mitad en efectivo, cierran trato.

El que estaciona ahora frente al guardamuebles es un Rastrojero blanco, operativo, legal. La pareja se acerca y habla con el conductor. El Rastrojero vuelve a arrancar, entra al guardamuebles, se para frente a los boxes hechos de tejido de alambre, se apaga el motor. Con esfuerzo descargan sus cosas de a poco, a veces de a una, las van entrando. Un televisor marca Philips. Un baúl de madera y metal. Un sofá tapizado de cuero marrón. Unas cajas de cartón forradas con papel contact. Un equipo de música —también Philips— con dos bafles, una mesa, dos sillas, un par de banquetas desiguales, una miniheladera, una cama. Pagan la otra mitad, toman el recibo de pago, la planilla de inventario de lo depositado y el comprobante de retiro. "Si no venimos nosotros las buscará un familiar", le dicen al dueño.

Embutados entre los enseres, hay "…dos pistolas 9 mm, una ametralladora Uzi, una granada, municiones varias…", decía uno de los documentos de Inteligencia Militar de la que los genocidas llamaron Operación Guardamuebles.

La Primera Contraofensiva montonera contra la dictadura no había salido tal cual lo planeado. Habían caído muchos compañeros. Pero habría otra. Había otra Contraofensiva en marcha. La pareja lo sabía, pero lo que no sabían era que la dictadura también lo iba a saber. Ya lo sabía.

En un bar cercano al edificio de la Casa Breuer, en el boulevard Rothschild, en Tel Aviv, se reúne un grupo de argentinos. Son en su mayoría mujeres, viudas, militantes o familiares de militantes de Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Son miembros de la Comisión de Familiares de Víctimas de la Represión en Argentina. Hay con ellas un hombre. Hablan entre ellos en español mechando algunas frases de idish y otras de hebreo. Analizan los resultados de un encuentro organizado por la subsede Haifa de la Comisión, que se realizó en el kibutz Ramot Menashe, al norte de Israel. Los resultados, coinciden todos, fueron positivos. Asistieron más de setenta personas a las cuales se les "ofreció un panorama de la represión física, cultural y económica ejercida por la Junta Militar" argentina y luego "…se explicaron los objetivos de la Comisión, sus posibilidades, necesidades y propuestas".

Los vasos de Coca-Cola y los jugos de naranja reciben generosas cuotas de hielo. Mucho calor, en el bar no funciona el aire acondicionado. Hacen un balance productivo del acto. Saben de la importancia de la solidaridad internacional con el pueblo argentino y, aparte, han logrado que el acto del Ramot Menashe sea auspiciado por el Mapam, el Partido de los Trabajadores Unidos. Un miembro de su Comité Central, actuando como orador, expresó su «apoyo moral y material» a la Comisión. El partido, que nace como una mezcla de marxismo sionista y movimiento kibutzi radicalizado con una clara afiliación prosoviética, tiene un importante valor simbólico en la política israelí, ya que en 1951 fue el primer partido sionista en llevar a un ciudadano palestino-israelí al Knesset, el Parlamento: Rostam Bastuni, de familia cristiana nacido en la Haifa bajo Mandato Británico. Pero eso no es un tema que deba preocupar a los exiliados. Recibir un apoyo de ese tipo es un paso adelante para continuar la lucha contra la dictadura. Eso es lo que importa. De mano en mano circula por la mesa un dibujo de Ricardo Carpani con el que van a ilustrar el próximo número del boletín que publican: "Cada voz". Se distribuye en Haifa, Tel Aviv y Jerusalén, cuesta diez liras israelíes.

El kibutz Ramot Menashe fue construido sobre las ruinas de Sabbarin, una de las más de cuatrocientas aldeas y poblados palestinos despoblados o destruidos en o después de 1948. El 12 de mayo de ese año fue tomado violentamente por las fuerzas del Irgun, uno de los grupos paramilitares sionistas que operaban durante el Mandato Británico en Palestina. Tenía una población de más de 1.700 habitantes que se dedicaban al cultivo de cereales y orquídeas. Los sobrevivientes del ataque terminaron en diversos campos de refugiados del área de Jenin.

Hay humedad ese día en Tel Aviv y el grupo de refugiados políticos argentinos se dispone a almorzar con una idea rondándoles la cabeza: organizar una protesta frente al edificio del Parlamento, en Jerusalén.

Ambiente caldeado en Nablus. En la ciudad vieja, a las puertas de una tienda vecina a la mezquita de Al-Khadra, en la colina que lleva al monte Gerizim, grupos de hombres de mediana edad se juntan alrededor de una shisha. El agua de la pipa burbujea, las brasas del carbón arden, huele a mezcla de tabaco afrutado y té a la menta. Se la van pasando, de mano en mano, de boca en boca. Discuten, de política. Ser palestino es estar atravesado por la política, la política atraviesa a los palestinos. Pasa un Jeep blindado de las Fuerzas de Defensa de Israel, las IDF según sus siglas en inglés. De sus ventanillas asoman armas que los apuntan, los soldados los miran. Estos hombres fuman, toman té, discuten, viven bajo una feroz ocupación militar, como el resto de Cisjordania. Sus vidas son parte de los Territorios Ocupados.

Surge una manifestación espontánea. Son adolescentes, unos veinte o treinta. Hay entre ellos niños y niñas. Gritan, tiran piedras al Jeep, se esconden, se dispersan. Mucho antes de que el mundo supiera de la Primera y Segunda Intifada, estos jóvenes son la avanzada del cansancio, jugando en los márgenes de la Revolución Palestina, que transcurre, al menos a nivel decisiones, lejos de ellos. En otras ciudades de otros países. El Cairo, Bagdad, Beirut, Amman, Trípoli, Damasco.

El sol quema en La Habana. Por la ciudad hay mulatas y mulatos, Malecón, ron, pioneras, libros baratos, guaguas llenas, viejos jugando al dominó en los portales derruidos por la sal y el tiempo, Mustangs rosados, burócratas, niños comiendo helados en Coppelia, vendedores de habanos. Hay vida, hay efervescencia, hay Revolución.

Ajena a todo eso, en una casa en Primera y 16, una mujer sentada en una mecedora, al fresco de la galería. Está en sus veinte largos, en las manos tiene un grabador Sanyo. Lo abre, introduce un casete, se tira para atrás, meciéndose suave, cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir, aprieta la tecla roja del recording y la negra del play al mismo tiempo. Comienza a hablar.

Querida hijita…

Es difícil explicarle a una hija tan pequeña el porqué o los porqués. Pero no imposible, y ella lo intenta. Sabe que algún día, quizás muy pronto, su hija estará escuchando la voz que ahora le habla a la máquina. Y que si no la vuelve a ver, entenderá. Le cuenta de la patria allá lejos y de quienes la usurparon. Le dice que papá y mamá se tienen que ir por un tiempo pero que aquí estarán los compañeros y las compañeras para cuidarla, los tíos y las tías. Que no estará sola, que debe ser buena y solidaria, tener paciencia, que pronto se volverán a ver. Que hay muchos como ellos que deben luchar para que ella, y también su pueblo, algún día vuelvan a ser felices y la revolución pueda triunfar. Piensa que sus palabras pueden sonar básicas o a frases hechas, pero no le importa. Aprieta la tecla del stop y vuelve a cerrar los ojos. Tiene miedo, tiene dudas, pero por sobre todo tiene sueños.

En unos días se va a reunir con su compañero, el padre de su hija. El encuentro será en Madrid, adonde viajara vía Praga. Allí les dirán adónde seguir, según las indicaciones de la Comandancia del Ejército Montonero, al que ellos pertenecen. Su hija quedará en la casa del 22 204 de la Calle Novena, en el barrio de Siboney, la primera Guardería Montonera de La Habana. Pensando en todo eso, la mujer se adormece, en el trópico.

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