Cultura y Libros

Los libros como puerta de entrada a la vida

En Ejemplares únicos, Patricio Rago desmenuza su experiencia al frente de una librería de usados porteña en un puñado de crónicas llenas de humanidad.

Miércoles 08 de Julio de 2020

Si cada oficio tiene sus entretelones, los de vendedor de libros de viejo quedan al desnudo en esta saga de relatos breves que Patricio Rago (Buenos Aires, 1982) hilvanó en Ejemplares únicos, publicado por la editorial Bajo la luna. Al frente de la librería porteña Aristipo —especializada en literatura, filosofía y ciencias sociales—, el autor desmenuza una experiencia que no solo puede interpretarse en clave de anecdotario o aguafuerte gremial sino en el registro de la reflexión, por momentos filosófica, frente al ejercicio de la lectura, la apropiación y la acumulación de libros, el armado de bibliotecas, las herencias recibidas, los desprendimientos, las búsquedas infructuosas, las obsesiones.

Rago es protagonista y testigo de los vaivenes de un submundo donde lo bueno, lo único y lo viejo tienen valor, en un marco más general que responde al imperativo de la virtualidad, la reproducción en serie, lo descartable, lo comercial. Y ha elegido contarlo.

Con buenas repercusiones en su corta vida, Ejemplares únicos llega para adentrarnos a través del género de la crónica en los pliegues de un oficio que no es común ni corriente, donde los interesados en comprar o vender obras pueden devenir personajes que provocan risa, piedad e incluso una sensación de patetismo. En un solo magma de múltiples resonancias se mezclan autores, clientes, libreros, hechos reales, expectativas, argumentos, memorias, sueños. El regusto que permanece en el paladar tras la lectura tiene nombre: la cadena del libro es tan apasionante como irreemplazable en términos culturales, a pesar de los avances tecnológicos que gobiernan la industria y la vida.

Rago ya había publicado anteriormente dos novelas, además de vivir fuera de la Argentina y desarrollar una variopinta serie de actividades, desde jugador de hockey y obrero metalúrgico a profesor de inglés y repositor de supermercado. Comparte que demoró cinco años en armar un libro que, lejos del mero registro de vivencias, hasta incluye un anexo con recomendaciones en orden alfabético de Aristipo, su local en el barrio de Villa Crespo. “Yo no solía escribir este tipo de textos, para mí la literatura pasaba por otro lado. Me costó bastante aceptar que ahí había mucho más de lo que yo creía”, revela. Esa aceptación no equivalió a condescendencia: de sesenta crónicas (algunas de las cuales fueron publicadas en la contratapa de este suplemento) quedaron veinticinco, a las que corrigió y reescribió varias veces. “Fue un proceso hermoso. Sin apuro surgieron los títulos de cada crónica y el del libro, los puentes de diálogo entre los textos y los personajes, la lista de recomendados, el papelito suelto con la historia del abuelo, el mapa con los lugares de interés. Una fiesta”, asegura con alegría.

—¿Cómo seleccionaste las historias?

—Al principio, ni bien las empecé a leer, me quería morir. Las primeras eran terriblemente ingenuas y bienintencionadas, un bajón. Después empecé a sentir que algo se iba cristalizando y en un momento hubo un quiebre, como una maduración de la voz narrativa. A partir de ahí empecé a seleccionar. El criterio fue la calidad literaria: elegí las que me parecieron, sin duda, las mejores. Por cómo estaban escritas, por los recursos, por los personajes. Las separé primero en tres grandes grupos: las que transcurren en la librería, las que ocurren afuera de la librería, cuando el narrador va a comprar una biblioteca, y las que no encajan en ninguno de los anteriores: historias de otros libreros y leyendas del mundo del libro usado, por ejemplo. Después las fui intercalando de acuerdo a la evolución de la voz del narrador. Porque si bien es un libro de personajes, donde todos ellos —Rodolfo, Mike, Merini, Sofía, Tomás— son los protagonistas, me pareció bueno sumarle a eso la transformación del narrador, que pasa de pibe romántico y bienintencionado a un tipo un poco más cansado, cínico y hasta pícaro.

—¿Cómo surgió la idea de poner un índice de libros y autores al final?

—Me lo sugirió alguien al pasar cuando le mencioné los autores de los que hablaba en las crónicas y me pareció una idea excelente. Armé una lista con aquellos que siempre recomiendo en la librería —muchos clásicos, pero también otros que no conoce nadie—. Debajo de cada nombre puse uno o varios de los que considero sus mejores libros, en las ediciones y traducciones que recomiendo. Algo que podría funcionar como guía de iniciación a la lectura, si se quiere. En un puesto del Parque Centenario, debajo del anuncio que decía que compraba libros a domicilio, había una lista de autores: Joyce, Kafka, Borges, Onetti, Faulkner, Yourcenar, Saer, Rulfo, McCullers, Rimbaud, Beckett. Un golazo. Ahí leí por primera vez nombres que después busqué y devoré con pasión. Esa información valía oro. Por eso pensé que podía ser un lindo gesto incluir el listado y que además dialogaba con el espíritu del libro, del narrador, que es un recomendador de libros.

—¿Cómo se modificaban los relatos con la intervención de los propios personajes-clientes? ¿Qué devolución te hicieron al reconocerse en el libro?

—Arranqué el armado del libro en octubre de 2018 y lo entregué en junio de 2019. Nueve meses. Algunos relatos eran muy recientes pero otros habían sido escritos hacía ya varios años y en todo ese tiempo el vínculo con algunos personajes fue evolucionando. Empezaron a venir más, o una o dos veces nomás, o me enteré algo de ellos por otro lado. Rodolfo volvió una vez, Merini vino varias, Sofía sigue viniendo, a veces no sé nada de ella por varios meses y cuando ya empiezo a pensar que se murió, reaparece. Es increíble. Algunos me dijeron que les gustó mucho su crónica y el libro en general. Mike estaba contento, hasta tradujo su propia crónica al inglés para leérsela a la familia. El malhumorado lo leyó pero no me dijo nada, no sé si se reconoció, imagino que debe ser raro estar leyendo un libro y darse cuenta de que el protagonista de la historia es uno mismo. La sobrina de la amante de Heidegger leyó su crónica y se emocionó, me mandó un audio hermoso. De Gastón no supe más nada y calculo que William Wilson lo debe haber leído, pero no lo sé.

-¿Cómo trabajaste el borde entre lo autobiográfico y lo ajeno, entre realidad y ficción?

-Ese borde entre la realidad y la ficción es una de las cosas que más me interesa cuando escribo. ¿Dónde está ese límite? ¿Qué es la memoria? ¿Y la fábula? ¿Qué rol juega la imaginación en nuestra vida cotidiana? Me fascina. Muchas veces me pasa que no me acuerdo cómo fue que pasaron de verdad algunas crónicas. Porque las leí tantas veces y las imaginé y las pensé tanto que ya no estoy seguro. También me pasa de estar hablando de un personaje como si existiera, o de alguna crónica como si realmente hubiera ocurrido, me encanta, y creo que en realidad no importa qué pasó de verdad. Siempre digo que todos los personajes, los ficticios también, son reales.

-En los agradecimientos mencionás a distintas personas que te ayudaron a corregir, ¿cómo fue ese proceso?

-Le deseo a todo escritor tener a alguien que lea con atención lo que escribe y le diga lo que piensa sin caretearla. Es maravilloso. Porque si dejás de lado tu ego, te das cuenta de que su mirada te puede hacer ver cosas que se te pasaron de largo simplemente porque estabas ocupado en otras cosas. Entonces volvés a leer, corregís el texto y ves cómo mejora. La que más trabajó fue Paz, mi bienamada (“la emperatriz de Aristípolis” a quien le dedica la obra). Pensó, revisó y mejoró cada texto ni bien lo escribí y también al final. Algunas sugerencias las discutíamos bastante pero por lo general llegábamos a un acuerdo. Ni bien seleccioné las crónicas se las di a Alejandro, un amigo escritor inédito, y le pedí que fuera absolutamente sincero, que no se guardara nada. Lo único que importaba era mejorar el libro, nada más. Me dijo: “Acá tenés un libro que ya está bueno, se puede publicar así y va a estar bien. Pero si querés, yo creo que si laburamos bien el texto puede ser mucho mejor”. Le dije que sí, por supuesto. Entonces él me avisaba cuando había leído y trabajado una crónica y nos juntábamos en un bar a laburar los textos mientras nos tomábamos unas cuantas birras. Me decía qué le parecía, qué estaba mal, qué sobraba, qué faltaba y me devolvía el texto con anotaciones, marcas y tachaduras. Cuando terminamos de revisar, me hizo una devolución general del libro. Sobre esa devolución y sobre sus anotaciones lo reescribí todo. Acepté la gran mayoría de las sugerencias. Alejandro es un gran lector y editor. Cuando terminé de corregir se lo volví a dar para una segunda vuelta, más a fondo, frase por frase. Fue una locura. Y al final María, que es correctora editorial, le dio la última pulida de repeticiones, errores de sentido, articulaciones de párrafos. Sin ellos este libro no existiría. Ellos también son los autores. Siempre digo que Ejemplares únicos lo escribimos entre varios, es una obra colectiva.

-¿Seguís escribiendo?

-Me tomé nueve meses de vacaciones en los que leí cantidades industriales de libros. Estoy chocho. Retomé un ritmo de lectura que no tenía desde la adolescencia, cuando volvía del colegio, almorzaba algo rápido y me tiraba a leer El capital en la cama de mi vieja antes de quedarme dormido en la hora de la siesta. Hace poquito volví a escribir. Dos revistas me pidieron textos sobre la cuarentena. Me resistí un poco pero al final acepté. Fue raro volver a sentarme ante la hoja en blanco, lo extrañaba pero no tanto. Me di cuenta de que quedé muy agotado después de armar Ejemplares únicos. De a poquito voy a ir retomando la rutina, tengo algunas ideas en la cabeza sobre mi próximo libro.

-¿Por qué definís a tus textos como crónicas?

-Creo que siempre hablé de los textos como crónicas precisamente por ese juego que me interesa del límite difuso entre la ficción y la realidad. A veces me preguntan si una crónica es real y digo que sí, que todas son reales, aun las inventadas, siempre. Hace ya varios años, en Barcelona, tenía una novia catalana que no leía ni el diario. Siempre me preguntaba si lo que estaba leyendo era una historia real y yo la verdad no entendía muy bien qué me estaba preguntando. “Sí -le decía-, por supuesto, todo lo que leo es real”. Desde la autobiografía de Stefan Zweig hasta los campesinos que llevan el ataúd de su madre muerta en Mientras agonizo.

-¿Cómo estás trabajando en el marco de la pandemia, qué busca la gente?

-Para el delivery tengo un bicivolador que es una maravilla y que también aparece en el libro. Es el que reemplazó a Mike. La gente por lo general busca ficción, imagino que para escapar un poco de esta realidad tan triste que nos toca vivir. Autores más o menos contemporáneos. Siglo veinte.

-¿Qué opinás de que la pandemia obligue aún más a la digitalización y la virtualización de los libros (obras para leer on line, en PDF, y en distintos formatos, plataformas)?

-Me parece malísimo. Entiendo que en un contexto especial y para algunos libros inhallables o carísimos, uno elija leerlos en digital. Pero espero que la gente no se acostumbre a la digitalización de todo, no sólo de la lectura sino también de los vínculos afectivos, sociales, económicos, y que cuando pase esta locura salga un poco de esa gran trampa que es internet y vuelva al mundo real, donde las cosas se pueden tocar, oler y saborear, no sólo mirar y escuchar a través de una pantallita. Además, la experiencia de leer en papel no tiene nada que ver con leer en digital. En el papel tenés el olor y el tacto del libro, la edición, el arte de tapa, la caja, la tipografía. Tenés un objeto hermoso con el que te encariñás y podés prestar, regalar o robar. Yo amo sentarme frente a mi biblioteca y mirar los lomos de los libros. Muchas veces me levanto y agarro uno al azar, lo abro y encuentro una vieja carta de amor, un boleto de bondi, una entrada de un museo, anotaciones, subrayados. Y me parece que todo esto se confabula para que uno lea los libros con mucho más amor y dedicación, pero sobre todo con más concentración, atención, que lo fija mucho más a la memoria y le brinda a la experiencia de la lectura ese halo sagrado que tanto nos emociona y nos transfigura.

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