Cultura y Libros

Los hombres no son todos iguales

Sergio Olguín volvió al cuento con una serie de once relatos donde echa por tierra la frase que le pone título al libro: "Los hombres son todos iguales".

Domingo 02 de Febrero de 2020

Los hombres son todos iguales. La frase se repite en casi todas las charlas entre mujeres. Tanto es así que la que le pone título al último libro de cuentos de Sergio Olguín —recientemente editado por Tusquets— sale ni más ni menos que de la conversación de una adolescente con su madre soltera en Una casa frente al mar. Pero el autor juega a desmontar ese lugar común y hace del nombre del libro una humorada más que una certeza. Es que a lo largo de los once bellos relatos que lo componen, la idea de que los hombres son todos iguales se escurre como la arena entre los dedos. No, los hombres no son todos iguales, nos dice Olguín. Y es desde esas diferencias que el autor escribe.

Olguín nació en Buenos Aires, en 1967. Es narrador y fundador de la revista V de Vian. Publicó, entre otros, Lanús, Filo y la trilogía de novelas policiales protagonizadas por Verónica Rosenthal. Fue coguionista, además, de la película El ángel, de Luis Ortega. Volvió al cuento después de una larga temporada de novelas. Como si se tratara de un viejo amor —inició su carrera con Las griegas, editado en 1999 por V de Vian— este año publicó Todos los hombres son iguales, su última colección de cuentos, para echar por tierra esa simplificación que busca pintar al mundo masculino. Algunos de ellos ya habían formado parte de distintas antologías. Pero más de la mitad son nuevos y fueron escritos especialmente para esta edición.

El que abre el libro nació de un cuento breve —cuenta Olguín— publicado en la revista literaria La Mujer de mi Vida y firmado con un seudónimo de mujer. Con el tiempo tomó esa historia, la hizo crecer y así nació el relato escrito en primera persona y que —a diferencia de los demás— narra el amor entre mujeres y el vínculo de una sobrina con su tía lesbiana como descubrimiento de todo un universo femenino.
"Un factor común en estos cuentos es que los protagonistas no son romantizados. El amor no dura para siempre y la felicidad puede convertirse en tristeza"

“La mayoría de las historias tienen que ver con el vínculo entre varones: padres, hijos, hermanos, amigos. Esa insistencia en la historia masculina —que es bastante rara porque en mis relatos siempre me ocupo más de los personajes femeninos— me llevó a pensar que estaba escribiendo de varones y que los varones son todos iguales. Pero no, no lo son. Y por eso la provocación del título”, dice Olguín.

En los cuentos hay hombres que necesitan de un arma para reafirmar su masculinidad (Ladrones en bicicleta), otros que tienen éxito en los negocios durante la semana pero se encierran depresivos en el vacío de una torre inteligente el viernes para volver a salir al exterior el lunes (Fin de semana). Hay hombres buenos y simples capaces de dejar la rutina solitaria para hacer una vida en familia frente al mar (en Una casa frente al mar), hay periodistas marionetas a lo Pinocho de Gepetto, hay un hincha de Boca que juega a ser el doble de Diego Maradona al menos por un rato.

También están los hombres que se enamoran y los que acaban con el amor (Barcos hundidos). No faltan los pactos de virilidad, el hostigamiento y la venganza en las amistades de la infancia (El hijo de la adivina).

De un lado, hay padres que acarician más a sus autos que a sus hijos y que no encuentran la forma de tramitar el afecto con palabras o gestos de amor (El reino del Siam y Recetas). Del otro, hay hijos que buscan sortear esa historia con el sencillo objetivo de no repetirla.

Si existe un factor común en esta serie de cuentos es que los protagonistas no están romantizados. Ni el amor dura para siempre, ni la felicidad está exenta de convertirse en tristeza. Hay algo así como una mirada amoral en cada relato. Por eso, no hay hombres buenos ni hombres malos. Como tampoco es posible encontrar culpables. Hay, mejor, una fragilidad que anticipa el quiebre. Una tragedia que late detrás de cada historia. Y sobre todo hay un halo de comprensión, una mirada compasiva que le gana a cualquier juicio de valor.

—Los personajes de estos cuentos son bastante distintos a los varones de Las griegas, donde hay otro tipo de actitud ante las mujeres.

—Eso tiene que ver con un cambio donde los varones están ocupando otro lugar y en el que no sólo tiene que ver con un vínculo con las mujeres sino con un vínculo entre ellos. Esa evolución, entre amigos varones, hermanos, padres e hijos, no sólo pone en discusión el rol de la mujer sino el lugar que ocupamos nosotros a la hora de comunicarnos, de socializar, de formar una pareja, un grupo familiar. Todo eso influye evidentemente en el vínculo con los varones cuando están solos.

—Decís que no buscabas hablar de los varones en un contexto en que la cuestión de género parece teñirlo todo. Pero hay algo de ese debate sobre la deconstrucción o las nuevas masculinidades, propio de esta época, que sobrevuela al leerlos.

—Me parece que en El reino del Siam hay un enfrentamiento de dos modelos masculinos: el padre yéndose y abandonando sin registrar mucho la presencia de esos hijos pequeños y esos chicos que crecen, digamos criados por su madre, que van generando una masculinidad distinta. Más solidaria y manteniendo una preocupación y un interés por ese padre que los dejó de una manera muy especial. Me parece que hay todo un cambio alrededor de estas masculinidades, siempre trabajé con personajes femeninos muy fuertes. Desde Lanús los personajes femeninos fueron empoderados, hacen lo que quieren cuando quieren y llevan la voz cantante. En esa novela lo central era el vínculo del chico con sus amigos varones pero viviendo en un mundo femenino que lo acompañaba e interpelaba, del que él se enamoraba y que era muy fuerte.

—El último cuento es autobiográfico y sumamente conmovedor. ¿Cómo te decidiste a incluirlo?

—Siempre utilizo lo autobiográfico como hacemos la mayoría de los escritores, porque es muy provechoso utilizar lo que uno ha vivido. De alguna manera, somos el mejor testigo de nuestras vidas, podemos vernos claramente y aprovecharlo en la literatura. Mi primera novela se llama Lanús porque ahí fue donde viví, la segunda Filo porque estudié Letras, digamos que uno puede establecer esos vínculos biográficos. Pero nunca me había animado a escribir algo que partiera de lo tan íntimo o personal, y que tratara de mantener ese registro biográfico como en este relato que habla del vínculo con mi padre enfermo de cáncer en el momento en que yo noto que se empieza a morir. Eso obliga a restablecer la relación padre e hijo más allá de algunos resentimientos, más desde el lado del hijo que del padre. Esos dos modelos de masculinidad que se encuentran: mi padre huérfano, abandonado de niño y yo, el menor de cuatro hermanas, con una madre muy presente y un padre muy abandónico. Fue una experiencia muy rara, fue el último cuento del libro que escribí y hasta último momento no pensaba ponerlo. Pero me di cuenta de que eso también era contar una historia.

—Tu rutina de escritura incluye música. Y la música se convierte en una playlist de lo que escribís. ¿Cómo es ese cruce?

—Desde la primera novela hago una playlist de mis libros. Antes los grababa en CD y se los regalaba a mis amigos. Ahora los subo a Spotify, que es el proceso que hemos hecho todos los que en algún momento nos bajábamos música. Cuando escribo una novela lo primero que hago es empezar a armar una lista. Pongo algunos temas que se van incorporando a medida que avanzo con el libro. A veces tiene que ver con lo que escribo o con algo completamente distinto, como que en ese momento me gusta mucho una canción me veo obligado a ponerla y después lo justifico incorporando algo en la novela. Así, en el caso de Las extranjeras, Frida y Petra se llaman de ese modo por dos cantantes. Las utilizo mucho y me van influyendo en la escritura. Y pienso que si alguien se copó con la novela, puede divertirse viendo cómo aparecen esas canciones en el libro.

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>> El escritor como trabajador

“Nunca me sentí identificado con la idea del escritor como un artista. Más bien, me identifiqué desde siempre con la figura del escritor como trabajador editorial. Mis problemas son los problemas de un laburante”, asegura Olguín, que este año participó activamente de la Asamblea Autoconvocada de Escritores y Escritoras, agrupación que nació con la intención de reclamar por los derechos que les corresponden a quienes ejercen el oficio.

La jubilación, la precarización laboral y el papel que juegan las grandes editoriales fueron los ejes que concentraron la mayor atención y crítica en el debate que dieron. “No tenemos defensa de ningún tipo en el mundo laboral. Para las empresas somos meros proveedores y no debería ser así. Porque estamos ofreciendo una obra que tiene una exclusividad por muchos años y esa exclusividad no la define el escritor sino que la fija la editorial. Hay abusos de todo tipo en los contratos y necesitamos un marco regulatorio donde se ponga límite al abuso de las editoriales”, señala.

Además, el autor mencionó la necesidad de contar con una obra social a partir del trabajo de escritor y no por las otras actividades que realizan o por estar adheridos al monotributo como ocurre en la actualidad. “Necesitamos contar con eso y no depender de la bondad de un Estado que nos dé una pensión al llegar a viejos”, dice Olguín, quien propuso que los contratos incluyan el pago de una obra social y de aportes provisionales mientras dure, justamente, el vínculo. Un régimen similar al de las empleadas de casas particulares.

>> El desafío de Twitter

Olguín dice que no es amante de las redes sociales pero su presencia en Twitter es más que activa. Dice que todo comenzó cuando trabajaba en la desaparecida redacción de la revista El Guardián cuando sus compañeros le cuentan que en Twitter había un hombre con su mismo nombre. Pero a diferencia del Olguín escritor, periodista y editor, escribía todo con faltas de ortografía. “Me daba mucha vergüenza lo que escribía este tipo que nunca supe quién era, así que ahí saqué una cuenta para marcar territorio y decir este soy yo, acá estoy”, cuenta. Al poco tiempo de crear el perfil se cansó de la violencia destilada porque no sabía cómo manejarla y hasta pensó en irse. Pero sólo se tomó un descanso hasta entender el mecanismo de respuesta y de olvido. Hoy lo usa mucho. Su rutina es replicar artículos que le parecen interesantes pero también es una herramienta que utiliza para expresarse políticamente, sobre todo tratando de marcar los errores del macrismo. “La empecé a tener en 2010 y no lo utilizaba ni para defender ni para atacar políticamente, pero cuando vi que se venía el macrismo pensé que los escritores teníamos que tomar partido, defender lo que había que defender y poner en evidencia aquello que había que poner en evidencia”, sostiene y completa: “Aunque Twitter abre un universo de violencia, trolls, maltrato, de ataques tipo piraña para que no sigas opinando desgastándote, me resulta un lugar cómodo, me permitió comunicarme con mucha gente, tengo amigos que he conocido ahí”.

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