Llamarada
Una mujer levanta el brazo en ademán débil, silencioso.

Una mujer levanta el brazo en ademán débil, silencioso.

Está de pie, al otro lado del patio sombreado por el ficus. Es la sección de vestidos caros. Hay en el aire una niebla blanquecina, como un vapor de plata.

El vendedor lleva un rato mirando en esa dirección y sin embargo recién ahora registra la imagen, como en esas láminas donde la figura se deja ver luego de una larga observación en la que no se distinguían más que puntos dispersos.

De pie, parece que lo llama (¿o parece una llama, una llama a punto de extinguirse?)

El vendedor se sobresalta. Se pregunta cómo se las habrá arreglado para entrar sin ser vista.

Ella parpadea, débilmente, en la penumbra (su llama permanece). Junto a ella, más atrás, un hombre también observa.

De inmediato el vendedor saca conclusiones. Primero decide que no son de los que compran esa clase de vestidos caros. Son dos viejos que visten de manera sencilla. Es cierto que uno a veces se equivoca a pesar de la experiencia. Además, reconoce que esta vez le falta fe.

―Uy, andá vos― le dice a la vendedora, que acaba de aparecer por detrás.

Ella lo mira con una mueca de desaprobación y, con esa misma energía reprobatoria, gira sobre los talones generando una serie de complejas alteraciones atmosféricas. Se dirige hacia los viejos. Él la contempla alejarse con los ojos fijos en el movimiento de sus caderas. La mañana se fractura y vuelve a recomponerse, mejorada.

El vendedor opta por refugiarse en la terraza de atrás, la que da a la playa. Está vacía. Da unas vueltas sin ton ni son y al fin dirige la vista hacia una viga del techo. Permanece un rato inmóvil y luego piensa: "Esta viga debe de saber de mí más que yo mismo. No es que las vigas sean sabias, pero veinte años le bastan hasta a una viga para entender cosas".

Acto seguido decide hacerse un café. Entra en la sala contigua y acciona el interruptor de la cafetera. Uno para él, otro para ella, que ahora avanza por la terraza delantera, el patio del árbol, con un vestido en la mano perseguida por los viejos.

El vendedor sale con los dos cafés. Apoya uno sobre la mesita baja que está junto a la puerta y se queda con el otro en la mano. Dentro de la tienda ella habla. Los viejos la miran. La mujer está en el probador con la cortina entreabierta, la cabeza asomada, como a cierta distancia de las cosas, del mundo. El hombre le sostiene el bolso y el sombrero.

Parece que, al final, se va a probar el vestido blanco.

El vendedor se lleva el pocillo a los labios. El café quema. Lo aparta y lo deposita sobre la mesita junto a la otra taza, se da la vuelta y se pone a examinar el mar, plano y metálico. Hoy tiene ondulaciones leves y una bruma que borra el horizonte. El mar es una chapa de aluminio, piensa. Un cuadro de Rothko.

La vendedora sale deprisa hacia el patio del árbol y se pone a revisar el carro de los vestidos baratos. Tiene gotas de luz prendidas del pelo y sobre los hombros. Salió el sol.

Mientras, el vendedor oye a la mujer en el probador. "Sí, es lindo".

El marido la contempla. Lleva el sombrero de la esposa en la cabeza. El sombrero de paja da al hombre un aspecto extraño. Es anciano, pero de arquitectura sólida. Viste una camisa de cuadros y pantalones pinzados. El bolsito de la esposa le cuelga en bandolera. Está muy concentrado. Está concentrado en ella, que ha salido del probador y le enseña la ropa que acaba de ponerse: fulgura con suavidad, dentro del vestidito de algodón blanco.

―¿Para qué le buscás vestidos baratos, si el que tiene puesto le parece bien― susurra el vendedor al oído de la vendedora.

Ella lanza un suspiro y dice:

―Ay, yo con esto no puedo, a mí me mata.

―¿Qué te pasa?

―Me mata, me mata.

―¿Por qué?

―¿No ves que ella está mal? Está muy mal.

―Quiere un vestido.

―Sí, pero si dice cualquier cosa...

―No dice cualquier cosa. Dice que le gusta el vestido blanco.

―Es muy caro. Ella ni sabe lo que dice, ¿no te das cuenta?

―No.

Él se ríe. Ella le da la espalda y se aleja con dos o tres prendas baratas que acaba de seleccionar.

Él recoge el café, se lo lleva a los labios y lo apura en un par de tragos. El de ella sigue enfriándose en la mesa. Luego echa otro vistazo a la playa: un grupo de siluetas avanzan sobre la arena cargando sillas y sombrillas, hacia el mar de estaño.

La mujer sale del probador otra vez, da media vuelta y se queda parada frente al espejo: ahora se ha puesto un vestido barato. Desde atrás, el marido, con el sombrerito puesto y el bolsito en bandolera, le arregla los breteles con delicadeza (como aves, sus manos son como aves). Ella es eso, también: un gorrión de alas mustias y mirada perdida.

―¿Qué te parece, mamá?― pregunta el viejo, contemplando el reflejo de su esposa y el suyo propio en el espejo.

―A mí me gusta el otro, el blanco― parpadea la llamita.

―A mí también.

Unos surcos profundos de expresión parten las mejillas del viejo. Su rostro parece haberse hecho de esa manera. Como un accidente geográfico. Un arrecife. Su rostro es de tierra.

―Pero es muy caro― dice ella.

―No. Quedátelo, mamá.

Los viejos salen de la tienda tomados del brazo.

Con el vestido blanco en una bolsa negra comienzan a subir las escaleras que conducen a la calle, donde la mañana resplandece.

El vendedor se para frente a la vendedora y se miran callados.

―Él le hubiera comprado la luna― dice ella.

Él la mira y lanza una sonrisa burlona. Ella también se ríe.

Él conoce muy bien esa risa. Cuando miran películas, en casa, ella se ríe de ese modo cada vez que él la sorprende llorando.

Veinte años le bastan hasta a una viga para entender cosas.

―¿Vos me vas a querer así cuando seamos viejos? ¿Me vas a tratar así, como él la trata a ella?

El vendedor vuelve a sonreír y abraza a la mujer. Gira la cabeza y alcanza a ver a los viejos antes de que desaparezcan.

Dos llamas devoradas por la llamarada inmensa de la mañana.

Por Carlos Prieto