Cultura y Libros

Libros, libros, libros, libros, libros, libros: ¡libros!

En su Historia de las bibliotecas. Desde Alejandría hasta las bibliotecas virtuales, el francés Frédéric Barbier ilumina un terreno apasionante y virtualmente desconocido.

Domingo 01 de Abril de 2018

En cierto momento, hacia el fin de la Antigüedad, la cultura humana dio un salto trascendental: desde la oralidad, pasó a la consagración de la palabra escrita. Como símbolo concreto del viraje, un edificio imponente cobijaba la mayor colección de textos hasta entonces conocida: la Biblioteca de Alejandría. En esa ciudad magnética, cruce de caminos entre Grecia, Egipto y Oriente, comienza la apasionante crónica escrita por el francés Frédéric Barbier y publicada en el país por Ampersand, un sello que se especializa en libros que hablan de libros y al cual sólo cabe agradecerle la exquisita calidad de su catálogo.

La gran tradición del libro arranca en Alejandría. Algo comienza, algo muere: ¡adiós, cultura oral! (conviene recordar, acaso, que aun en la floreciente época de Pericles la inmensa mayoría de los griegos era analfabeta).

No demasiado tiempo después, tal como lo cuenta Barbier, "el modelo de la biblioteca como componente obligado de una villa —villae— se extendió durante toda la Antigüedad tardía hasta la Alta Edad Media".

Poco a poco, también, el volumina de papiro había ido cediendo terreno ante el codex, de pergamino. Barbier ilustra al lector contemporáneo, hijo tardío de Gutenberg amenazado por las ominosas presencias de Bill Gates y Mark Zuckerberg: "Un manuscrito como el Codex Amiatinus requería disponer de 520 pieles preparadas para la escritura (o sea, una manada de 520 vacas)".

A aquellos que, como quien esto firma, el libro les parece un objeto no sólo insustituible sino entrañable, la amena historia escrita por este especialista francés les resultará una fiesta. Anécdota tras anécdota, Barbier iluminará un terreno virtualmente desconocido. El libro, ese viejo amigo, tiene su historia propia (y qué historia), pero su cotidiana presencia en las vidas de los más afortunados tiende a que se olvide su añeja prosapia.

En la lectura, justamente, de este amable y erudito texto, aprenderemos que en las bibliotecas medievales los volúmenes estaban encadenados a los pupitres, nos enteraremos de que Hernando Colón (1488-1539), hijo de Cristóbal, fue un gran bibliófilo y uno de los primeros en cobijar su imponente colección de quince mil volúmenes —la mayor de su época— en estanterías, y seremos sorprendidos por la magnificencia de algunas bibliotecas, una de las cuales llegó a cobijar en sus profundidades nada menos que un tren para trasladar los ejemplares. También anotaremos en la memoria que la biblioteca de Reims tiene nueve kilómetros de estantes.

Montaigne (1533-1592) describe mejor que nadie el hondo significado de una biblioteca personal: "Está instalada en el tercer piso de una torre: el primero es mi capilla; el segundo, un dormitorio con sus accesorios. La figura de la habitación es circular y no tiene de plano sino el lugar preciso para mi mesa y asiento, y, al curvarse, me ofrece una ojeada de todos mis libros, colocados en cinco niveles, todo alrededor. Tiene tres ventanas con una rica y simple perspectiva, y dieciséis pasos de diámetro. Allí está mi residencia. Intento ser el único en ejercer allí la dominación total, y sustraer ese único rincón a la comunidad conyugal, filial y civil. En todo otro lugar, no tengo más que una autoridad verbal, en esencia confusa".

Richard de Bury (1287-1345), uno de los primeros bibliófilos de quienes se tenga noticia, se refería a un "amor rayano con el éxtasis" para describir la pasión que lo consumía. Pasión que comparten todos aquellos que aman ese objeto excepcional llamado libro, símbolo de lo mejor que ha dado el hombre en su paso por la Tierra.

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