Cultura y Libros

Las largas vacaciones

Un sagaz ensayista hijo de irlandeses decía que le hubiera gustado emplear toda su vida en viajar.

Domingo 10 de Mayo de 2020

Un sagaz ensayista hijo de irlandeses decía que le hubiera gustado emplear toda su vida en viajar. Pero ponía una condición a su deseo, una segunda vida para poder pasarla en su casa. William Hazlitt había alcanzado una certeza que para muchos puede convertirse en una tortura al discernimiento hasta transfigurarlo en vacilante péndulo atribulado por la duda. Para otros, su casa y hogar están donde se encuentren. Es probable que ello dependa de las circunstancias que los condujeron hasta un determinado lugar. Por ejemplo, pasar unos días de vacaciones junto al mar. Un dúplex diminuto que semeja una maqueta de juguete en la zona residencial de Lucila del Mar, justo en el medio del Collar de Perlas del Partido de la Costa y a una cuadra del mar. Para mayor precisión, Lucila Norte, como si hiciera falta una brújula para encontrar la villa que alguien publicitó con justicia como “El Jardín de la Costa”. Plantas, flores y hasta un bosque que los proyectos inmobiliarios se empeñan en hacer desaparecer. Un paraje envidiable. Ampulosos chalets y mansiones ostentosas. Y uno ahí, tímidamente escondido ante el avasallante lujo, en su rincón amado desde hace veintitantos años. Y antes de armar la valija para volver, aunque con el anhelo de una pronta escapada, llego el diluvio. La pandemia lo cambió todo. El pueblo se vació. Los que decidimos quedarnos pasamos de la libertad total al confinamiento estricto. Las miradas huidizas evitan cruzarse. Podrían contaminar. Y todos nos parecemos. Victimas aturdidas de rostro cubierto como en una convención de bandidos. Abrazos, estrechar la mano, recibir o dar un beso está prohibido. A las cinco de la tarde la sirena de los bomberos ordena el toque de queda. Las calles quedan desoladas. Solamente los perros callejeros se rebelan. Y los días se vuelven interminables. Hacemos repetidamente las mismas cosas o simplemente las postergamos sumidos en un sopor del que nos rescata lo cotidiano. Esas pequeñas cosas que hacemos sin que nuestro consciente intervenga demasiado. Podo las plantas, corto el césped, pierdo batallas en continuado contra las hormigas, les pongo grafito a las cerraduras, condenadas al igual que las rejas a ser devoradas por el salitre. Mancho las persianas con pintura y me mancho. Mi esposa lava, barre y cocina. Cocina, barre y lava. Recibe los pedidos que traen los proveedores a domicilio. Afortunadamente contamos con servicio de tvcable y Netflix. Tratamos de evadir a periodistas devenidos en eruditos que hablan y hablan sin saber del virus, a las noticias que fogonean las más atroces desgracias donde no faltan aprovechadores que manejan precios sin control y oscuras intenciones políticas. Lo más desagradable acaso sean las apuestas a dar la primicia del último muerto. Macabro. Vaya forma de ganarse la vida estos muchachos. Afortunadamente, desechados los celulares e internet por una brevísima pausa, los libros siempre te salvan y pudimos acudir antes de la hecatombe a la única librería, la del Barba. Elegimos algunos después de examinar mesas y estanterías de nuevos y usados, que se sumaron a la pequeña biblioteca que no deja de crecer aunque con persistente olor a humedad. La noche y la madrugada hacen olvidar el cielo bermellón que se apaga cada vez más temprano a medida que se aproxima el invierno y se exacerba el deseo amoroso. En el silencio estremece un llamado Atlántico rugiendo como una bestia en soledad. No podemos verlo, pero lo imaginamos. Dentro de poco, a las cinco de la tarde, será noche cerrada y neblinosa que danzará hamacada por el viento incansable. Pero, aleluya. Las últimas novedades fueron recibidas con alivio y alegría. No hay casos de enfermos de virus en la costa por las estrictas medidas aplicadas y respetadas, pudimos vacunarnos contra la gripe y se liberó una hora tres veces por semana para pasear a no más de cinco cuadras del domicilio. Las medidas acertadas y el respeto de los escasos habitantes lograron que no haya víctimas en el partido costeño. Las salidas al exterior más la posibilidad de que se pueda contratar a personal para reparaciones y mantenimientos profundos son una bendición. Ya comenzaba a sentirme como el personaje de Soy leyenda, de Richard Matheson. Me refiero al libro de 1954 y no a la película que maltrató descarnadamente la historia. Merece ser leída, aunque el libro sea un manoseado ejemplar usado. Al borde de la alienación, barbijo mediante, salimos a caminar por la playa bajo un sol esplendoroso. Nos cruzábamos de lejos con vecinos y nos saludábamos con el brazo en alto como si fuéramos sobrevivientes de una guerra silenciosa. Entre otras ausencias, faltaban los pescadores aficionados en el muelle que dan vida a las pinturas paisajistas. Al regresar pensamos que, además de muerte y dolor, lo peor que nos puede dejar esta peste sería que nada cambie. Que todo siga igual, a la espera de que el mundo se desmorone sobre nosotros enterrando otra vez el sueño del hombre nuevo. Mi melancolía habitual da paso por un instante a una exquisita depresión más propia de mi conviviente y concluyo con indulgencia que este virus no traiciona porque avisa de su llegada antes de asesinar, Pero por más que se construyan muros, lo que fuimos fue y no volverá a ser. Dicen que la gente no cambia. En ese caso, y no será por influencia del destino o la casualidad, nos estaremos condenando al fracaso destructivo y a la furia. Y solo Dios sabrá si merecemos el retorno.

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