Cultura y Libros

Las andanzas rosarinas de Ernesto Cardenal

Murió hace poco a los 95 años. Fue uno de los grandes creadores de la lengua española en el siglo pasado y visitó la ciudad para el Congreso de la Lengua de 2004. Cultura y Libros rastreó sus huellas y buceó en los recuerdos que despierta su presencia

Domingo 15 de Marzo de 2020

Todavía resuenan los ecos de la noticia: ha muerto en su amada Nicaragua el poeta, sacerdote y líder revolucionario Ernesto Cardenal. Figura insoslayable por su compromiso con las palabras y con las gentes, como diría Francisco Paco Urondo, visitó Rosario por primera y única vez a los ochenta años para participar del Congreso de la Lengua de 2004. Pero hubo mucho más durante aquellos intensos días en que la ciudad lo alojó y abrazó, un itinerario que a través de esta nota reconstruyen las voces de quienes lo tuvieron cerca. Sus ponencias en el histórico simposio organizado por la Real Academia Española y el Instituto Cervantes pero también en el contracongreso de laS lenguaS; la presentación de una antología poética publicada por una editorial local ante dos mil personas; el cruce a la isla a comer un asado y evocar a Solentiname; la búsqueda infructuosa de discos de Les Luthiers o el afecto que sus admiradores —algunos lectores, otros militantes— le manifestaban incluso en la calle, al verlo pasar con su guayabera, sus sandalias y la característica boina negra.

"La memoria/ es secretaria del olvido. /Maneja en archivadoras el pasado. /Pero cuando no hay más futuro sino un presente fijo/ todo lo vivido, revive, ya no como recuerdos/ y se revela la realidad toda entera/ en un flash", escribió Cardenal ante la muerte de su maestro, el monje trapense y gran poeta norteamericano Thomas Merton. Ahora parecen muy justos estos versos para asomarse a su fugaz y luminosa estancia en Rosario.

Precisamente Merton fue aludido en la conferencia que dictó la mañana del 18 de noviembre de 2004 en el marco del tercer Congreso de la Lengua, inaugurado la víspera por el mismísimo rey de España. En un colmado e imponente teatro El Círculo, Cardenal participó junto a Juan José Sebreli y otros escritores de una mesa redonda sobre identidad y lengua en la creación literaria. Allí reivindicó la diversidad, al punto que Nicaragua tras la revolución sandinista alfabetizó a la población en cuatro lenguas, recordó a todos. "La principal identidad cultural es el lenguaje pero ninguna identidad es inmutable", advirtió quien era miembro de la Real Academia española y de todos modos se sumó al contracongreso de laS lenguaS, con una fuerte impronta de los pueblos originarios. Este multitudinario encuentro se desarrolló simultáneamente en La Toma, espacio recuperado por los trabajadores del ex supermercado Tigre.

El lingüista y profesor universitario Rodolfo Hachen fue uno de los impulsores de una actividad que surgió de la inquietud de algunas pocas personas y pronto se transformó en una movida pluralista de escala internacional, sin perder el carácter independiente y autogestivo. Al enterarse Cardenal de lo que se estaba gestando, pidió ser incluido y la organización lo aceptó. "Dio una charla maravillosa sobre la poesía indígena latinoamericana y la dinámica de cambio de las lenguas. Defendió el plurilingüismo y leyó poemas", apunta Hachen sobre aquella jornada en el primer piso del centro cultural de calle Tucumán, donde ofició de presentador frente a cientos de personas. Los escucharon también desde la escalera, la planta baja e incluso la vereda.

"Me tocó ir a buscarlo al hotel Plaza Real. Yo estaba impactado de verlo y poder hablar con él porque desde chico lo había leído: uno de mis poemas de cabecera es Oración por Marilyn Monroe", revive Hachen la emoción que sintió en el taxi camino a La Toma, cuando Cardenal le reveló detalles sobre la cocina del poema. "Me contó que en el seminario conoció la figura de Marilyn y le atrajo por la vida dura que había tenido desde la infancia, la consideraba una suerte de Magdalena a rescatar", evoca el profesor de la Facultad de Humanidades.

Para su sorpresa, Cardenal siguió mostrándose muy agradecido por los comentarios y desgranando otras anécdotas “con mucha paz, humildad y sabiduría”.

En el contracongreso, el nicaragüense tuvo la posibilidad de dialogar con representantes de organizaciones sociales de Rosario y del mundo que querían saludarlo, dejarle consultas o planteos. Después de su exposición, escuchó y contestó a todos con generosidad, rememora Hachen, quien lo llevó de vuelta al hotel y se despidió “de alguien que superaba la cuestión del escritor famoso: tenía toda la mística de haber luchado en la revolución y de haber sido sacerdote; era parte de la historia de Latinoamérica, algo así como un prócer en el buen sentido”.

Centenares de rosarinos compartieron ese sentimiento y se lo hicieron notar en las breves pero vertiginosas jornadas que pasaron entre el 17 y el 20 de noviembre. Por ejemplo durante la presentación de la antología poética que Homo Sapiens había publicado por iniciativa de Perico Pérez, con selección de textos del propio Cardenal. El poeta Jorge Boccanera, quien estuvo a cargo del acto, lo guarda en la memoria. “Me impresionó la cantidad de gente que lo esperaba en la puerta del teatro Broadway, al punto de que casi hubo que llevarlo en andas para poder entrar. Adentro estaba a reventar, algunos estaban parados y quedó gente en la calle. Fue una fiesta por el entusiasmo y el afecto del público que a Cardenal, un hombre acostumbrado a públicos masivos, lo conmovió. Lo aplaudieron largo rato de pie”, subraya el autor de Palma real y Los ojos del pájaro quemado. Todavía se acuerda de lo que el homenajeado dijo: “Nunca en mi vida tuve un público tan entusiasta”.

Boccanera ratifica. “Fue así no por las dos mil personas que colmaron la sala, sino, creo yo, por el clima especial que se dio; un microcosmos que podríamos titular con uno de sus versos: una unidad orgánica de almas. Hay que destacar también el silencio respetuoso de la gente para escuchar la lectura del poeta con su voz palpitante, oscilando entre el susurro intimista al tono de arenga”, dice sobre “el padre”, como lo llamaban a veces los amigos, “dadas sus rutinas de monje trapense: se levantaba de madrugada, hacía la siesta y se iba a dormir muy temprano”.

El poeta argentino lo había conocido en 1977 en México y a partir de allí lo siguió viendo en la Nicaragua sandinista, donde Cardenal fue por años ministro de Cultura tras el triunfo de la revolución armada que derrocó al dictador Anastasio Somoza. En Rosario, Boccanera hizo un repaso por los temas principales de la poesía de su amigo —Dios, la revolución, el amor, la naturaleza—, los autores que lo habían influenciado –como Ezra Pound y Walt Whitman– “y la destacada tradición de la poesía nicaragüense con Rubén Darío a la cabeza, más el cura Azarías Pallais, Salomón de la Selva (soldado en la Primera Guerra Mundial), el místico Alfonso Cortés y el vanguardista José Coronel Urtecho”, precisa a la distancia.

También en el 77, pero en Arroyito, un muchacho del barrio se dirigió a la biblioteca Estímulo al Estudio con intenciones de leer a Cardenal. Estaba disponible En Cuba, emblemático volumen donde su autor vuelca una visión apologética del gobierno socialista de Fidel Castro. En tiempos de sangrienta dictadura argentina, el joven vecino no se animó a registrar el retiro a domicilio y sacó el libro escondido entre las ropas para dejarlo en el mismo estante unos días después. A principios de 2004, Perico Pérez le contó esta anécdota al propio Cardenal mano a mano en Managua.

“Había ido para vender libros de la editorial y quería conocerlo, saludarlo, darle un abrazo. En la librería Hispamer me dijeron que había una especie de casa de la poesía donde él iba todas las tardes, como uno más. Así fue y cuando llegó nos pusimos a charlar de lo que había pasado hacía años en la biblioteca y de un montón de cosas más. Le propuse editarle una antología y me contestó: «Yo ya tengo algunas pero lo voy a pensar», así que le di mi mail y seguí viaje”, cuenta Pérez.

Entonces ignoraba que Rosario sería elegida como sede del tercer Congreso de la Lengua y hasta olvidó la inquietud de la antología, pero dos meses después recibió un correo electrónico con los poemas seleccionados por Cardenal. Comenzó entonces la edición del libro, que coincidió con su llegada a la ciudad. Las cartas estaban echadas para una presentación que, con la colaboración de la Municipalidad, se llevó a cabo en el Broadway y resultó masiva.

“Además vino a Homo Sapiens a firmar ejemplares, charló con los lectores, se sacó fotos”, detalla el experimentado librero sobre una de las vivencias más importantes de su carrera, según la define. Y no solo por la relevancia poética del personaje o porque fuera un símbolo de la revolución sino por su calidez, simpleza y afectividad. En eso coincide Sergio Gioacchini, al frente del sello local Ciudad Gótica, quien una de esas tardes apareció en la librería de Perico para saludar a Boccanera –un autor de su catálogo– y terminó conversando a solas con Cardenal.

“Fue algo inesperado y no sabía qué hacer frente a un tipo cuyos poemas sabía de memoria y admiré siempre por su militancia. Era muy manso para expresarse y lo hacía de una manera que impactaba, por su modulación y por cómo encadenaba una idea detrás de la otra. No valía la pena interrumpirlo, yo estaba ahí para escucharlo”, aclara Gioacchini como si describiera a un fiel que participa de una ceremonia.

Algo de esa atmósfera se dio en el restaurant de la bajada Escauriza, donde llevaron a Cardenal para cumplirle su deseo de probar el pescado de río. Al menú de boga y vino tinto siguió “una sobremesa interminable, por lo pronto nosotros queríamos que no terminara más”, admite Pérez. “Tengo la imagen de estar charlando con él, de preguntarle cosas y que contestara, no tenía problemas”, agrega. En esa cena fue de la partida el psiquiatra Oscar Pellegrini, que en los años ochenta había participado como brigadista de la cosecha del café en Nicaragua y acompañó al poeta en algunos de sus trayectos vernáculos.

A pesar de que ciertos relatos mencionan una fuerte carga de espiritualidad en los encuentros con este defensor de la teología de la liberación, Pellegrini no recuerda que les hablara de la cuestión religiosa. “No nos quería evangelizar, al contrario. Querían obligarlo a él a sacarse una foto con la camiseta de Central y se armó un debate tremendo. Yo decía que más vale se retratara con la rojinegra (por los colores que identificaban al Frente Sandinista de Liberación Nacional) y al final no se sacó con ninguna de las dos pero tuvo que escuchar la típica discusión rosarina entre leprosos y canallas”, aporta el psicoanalista. Las cosas no quedaron ahí, porque Cardenal se impresionó con el caudaloso Paraná y quiso cruzarlo.

Comandó la lancha Daniel Giovanelli, amante y conocedor del río que se dedica al rubro inmobiliario. La comitiva salió desde una las guarderías náuticas cercanas al Monumento a la Bandera y viajó diez minutos rumbo a la histórica parrilla La Chilena. Giovanelli reseña que la zona –jurisdicción entrerriana– estaba hace dieciséis años más poblada, probablemente por su cercanía con la escuela y la comisaría. “A la parrilla la regenteaba una mujer muy activa, oriunda de Chile, que había quedado viuda. Era un lugar típico de isla, de mucha naturaleza, que ya cerró”, recuerda, y le parece estar viendo a Cardenal desembarcar en ese territorio verde “todo vestido de blanco”.

“Comimos un asado y charlamos bastante de política abajo de unas plantas”, retoma Pellegrini, aunque Giovanelli sostiene que era uno de esos tupidos árboles a los que llaman oreja de negro por la forma de su fruto. “Le ofrecimos ron y se negó. «En la Argentina tomo vino Malbec», nos contestó. Habló sobre el proceso de la revolución: se sentía defraudado por la posición económica de algunos comandantes que se habían vuelto terratenientes. Había armado con Sergio Ramírez otro partido de izquierda, nos contaba la revolución como un fracaso y decía: «Ahora tenemos que hacer la revolución de nuevo». O sea que no perdía el optimismo”.

El agua y el territorio insular lo llevaron a discurrir sobre su amado Solentiname, archipiélago en el lago de Nicaragua donde fundó, en 1966, una comunidad que durante once años fue refugio de creadores, místicos y opositores a la tiranía de Somoza. También se convirtió desde el 6 de marzo último en el destino final de sus cenizas. A diferencia de Federico García Lorca, que vio al Paraná “encerrado”, este poeta lo tuvo en la mirada desde diferentes puntos de vista y bajo sus pies ida y vuelta del Charigüé –paraje nombrado en idioma chaná– al centro de Rosario.

En el paisaje urbano, hizo el ritual de atisbar desde la vereda la casa natal del Che, en Corrientes y Urquiza; entró al bar El Cairo, recién reinaugurado, y recorrió sin éxito disquerías en busca del último DVD de Les Luthiers, del que era fanático. “No lo podía creer, siendo que el grupo abre acá su gira internacional”, afirma Pellegrini, que oficiaba de guía. Recuerda con particular ternura que al pasar a pie por Sarmiento y Córdoba, las empleadas de la perfumería de la esquina salieron todas emocionadísimas a saludarlo. “Me sorprendió, se vinieron en avalancha y dejaron la perfumería sola”, asegura el psicoanalista y subraya: “La gente lo abrazaba por la calle, cuatro o cinco personas por cuadra, como si fuera un jugador de fútbol. Incluso un médico amigo, con quien nos encontramos de casualidad, le confesó haber usufructuado sus poemas en pos de una conquista”.

Pellegrini se reconoce testigo del afecto que generaba la presencia de Cardenal en Rosario, de lo que significaron para él mismo aquellos momentos extraordinarios. “Fue un regalo de la vida y una felicidad enorme, para nosotros como militantes él encarnaba lo más encumbrado de los procesos revolucionarios, como enseñar a leer y escribir a todo el mundo y a cada uno en su lengua. Cuando supe que había muerto sentí una gran tristeza. Son referentes sin los cuales te sentís un poco más solo, como cuando se mueren los padres. Es muy profundo lo que uno introyecta de algunas producciones culturales, por eso se vive como una pérdida”, resume.

Claro que todavía quedará en algún rincón de Rosario —aunque más no sea a modo de vibración— la huella del paso del poeta, ese flash que revive todo lo vivido.

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