Jueves 26 de Octubre de 2023
En el bagaje literario que lleva consigo cada autor –y en lo que pueden decantar sus vivencias sociales– siempre subyace algo de lo colectivo actuando en el fenómeno de la creación poética. Pero además hay experiencias que en sus propios mecanismos lo hacen jugar de modo expreso. Es el caso del diálogo poético que alimenta las Conversaciones sagradas entre María Lanese y Antonio Pinto.
Explica el prólogo que estos dos poetas durante la pandemia, y a propósito de un género de pintura renacentista llamado Sacra conversazione, idearon llevar a poemas sus conversaciones a la distancia –Lanese desde Rosario y Pinto desde Italia–, que comenzaron con “provocaciones” del autor italiano –muchas de ellas tomando como disparadores obras artísticas– que generaron las respuestas poéticas de Lanese. Además, cada uno escribió sus propios textos en castellano e italiano, redoblando así la apuesta doble del libro (dos autores, dos lenguas).
De esta manera, El buzo y la sirena de Pinto escrito en tercera persona (“su mirada está fija y tensa / el rostro pálido, trastornado / parece un autómata sin fuerza / torpe en el pesado traje de buceo / el casco apretado en su mano”) se convierte en El beso de la sirena que Lanese poetiza en primera (“yo preparaba mi canto / escondida, como siempre, entre las rocas / afinando los efectos de mi hechizo / respondiendo a los mandatos de mi origen / siendo, como soy, nacida de la sangre”).
Con originalidad consiguen así ensamblar sus voces propias para obtener un producto de alta intensidad poética –de hecho Pinto ha sido traductor al italiano de Lanese y es su primer libro publicado, mientras que la poeta mencionada suma con esta obra su décimo libro-. La tensión entre “comienza a respirar esa sombra oscura / que me acompaña desde hace tiempo / en mis vagabundeos” (Pinto) y “agolpado en mis sueños / respira lo que quiero ser // lo que a veces asoma / con timidez // y otras resueltamente” (Lanese) se resuelve de este modo en poemas distintos, pero comunicados; en definitiva, en una obra conjunta pero con identidad propia.
En Los sonidos que deambulan en nosotros –su onceavo libro en poesía desde Baja tensión de 2012 y precedido por Poetas que regresan a la patria de la infancia de 2021–, Diego Colomba da cuenta en poemas en prosa –la mayoría de ellos breves– de cómo nos atraviesa la música del mundo, de las marcas que van trazando las palabras en cada uno, como si fuéramos instrumentos de viento. Esos sonidos que pueden provenir de aquello que nos rodea, ser el eco de aquello que ya no está o el susurro de lo invisible.
“Humea nuestro fuego. Las ramas están húmedas. No es justo que el sufrimiento de la música sea lo único que nos quede”.
En el recorrido de las cinco secciones de la obra aparece también una naturaleza latente, acechante por momentos. Y a través de esa mirada se vislumbra un universo –quizá diferente- que avizora el autor con sus padres ya muertos (“Recién después de ver muertos a papá y a mamá, bajo la clara luz del día, he podido comprender el origen del eco, la fascinación por jugar a las escondidas, la utilidad de la noche y de los sueños”), y al que cuestiona con sus versos acerca de lo que esconde en lo sensible, en la posibilidad de una puerta hacia otra realidad espiritual, así como en la reflexión sobre la propia condición de poeta y en las potencias y limitaciones de la misma poesía (“Del poeta ampuloso. Tengan compasión. Los versos malos pueden olvidarse. Fácilmente. Como los buenos. Pero no es bueno divertirse a costa de la inocencia. De la ilusión de hacer poesía”).
Leemos en la contratapa que “el lector de este libro hallará que los sonidos a los que se aluden, inmediatos en su veracidad, no están hechos de poderes ni de caminos, sino de significados, de palabras que enuncian la trágica hermosura del destino del hombre sobre la tierra y la certeza de lo que depara el pasado”, todo ello aun cuando la imagen pueda precisamente decantar en un silencio inexorable. “Puede caer la noche. Todo puede pasar en un tiempo sin palabras. Un gallinero puede volverse el fondo de los mundos. El lugar oscuro donde sangra Dios”.