Poesía/Crítica

La voz que resuena sobre lo vivido

En El cauce y la costumbre, el poeta tucumano Guillermo Siles vuelve a poner de manifiesto una sensibilidad honda, que se metamorfosea en genuino lirismo

Domingo 27 de Septiembre de 2020

La formación académica del tucumano Guillermo Siles —doctor en Letras, profesor e investigador— nos podría hacer suponer que su propia poesía resultara también académica.

Pero El cauce y la costumbre, su segundo libro de poemas, editado por Ediciones en Danza —precedido por El sabor de la fruta del año 2008, además de sus publicaciones como ensayista y participaciones en antologías—, si bien muestra un trazo fino y cuidado en la elaboración, revela una honda sensibilidad y un tono confesional, donde predominan la infancia, los viajes, la mirada y la voz que resuena sobre lo vivido. Dice Octavio Paz: “Comencé a viajar cuando aprendí a leer, es decir en mi infancia”.

Un recorrido, un viaje, en definitiva, sobre sí mismo, y una mirada sobre lo viajado, para decir lo propio, donde los paisajes se armonizan en los recuerdos, en la búsqueda de la particular felicidad de lo poético —las “epifanías efímeras” que menciona Silvio Mattoni en el prólogo—; esa indagación de “algún reflejo/ en la fuente de la gracia”, para “oír la música/ del viento”.

“Retratos”, “Viajes”, “La tibieza de los días” y “El cauce y la costumbre” son las cuatro secciones en que se divide esta obra, los lugares donde Siles “traza con el cuchillo/ garabatos en la tierra”.

“Un día salí a ver cómo es el mundo” nos dice el autor; el mismo que espera en la ciudad “con urgencia/ el día en que las palabras/ vuelvan a rozar/ la superficie de las cosas/ bajo un cielo de sol/ un camino sin sombra”; el mismo también que se pregunta “¿Alguien puede escribir en función de una consigna?/ Sí y no. Alguien escribe. Pienso en esto y en lo otro.” Quizá esa idea, creencia, convicción o ideología, que determina y a su vez no determina del todo al poema y al poeta.

El asomo a la tristeza de una turista griega, el relleno de las grietas de lo roto —“¿Con qué sonido/ con qué tono comprender/ la levedad de lo arrojado al viento?”— son algunas de las reverberaciones que nos dejan estos textos, que tocan de ese modo las cuerdas de la intensidad.

Dosifica la subjetividad para volverla materia de auténtico lirismo —sentimientos fraguados por la palabra, “contrarrestar en versos el oscuro presentimiento de cosas olvidadas” como expresa el prólogo—. En “La decisión” nos dice: “En este rincón/ de claridad/ decrece el día/ no hay arqueros/ ni flechas que atraviesen/ el corazón de la mañana./ Aparto/ las letras de tu nombre/ el aura de tu rostro/ el largo túnel/ y tomo un camino lateral/ para seguir.// Vendrá la tarde/ con un aroma nuevo”.

Se asoma Siles a lo existente que transcurre y avanza por el cauce, y concluye así con un poema final de arrastre y tormenta que da título al libro, donde es el tiempo el que “arrasa/ y ya no queda resto/ ni brillos en la cuesta” y “la costumbre persiste/ verano tras verano.” De todo lo cual la poesía, la que no es impostada y sí genuina como en este caso, puede dar cuenta, atisbándolo.

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