Cultura y Libros

"La violencia está en nuestro ADN, aunque ahora no corren ríos de sangre"

Florencia Canale admitió que la semblanza que traza de Juan Manuel de Rosas y su hija Manuelita en La hora del destierro, su nueva novela, permite entender el modo de hacer política de los argentinos, siempre al borde de la desesperación y la muerte.

Domingo 15 de Octubre de 2017

Menuda, amable, frágil de aspecto, no de carácter, Florencia Canale es una escritora atrevida, acaso temeraria, porque se ha metido en un territorio pantanoso, lleno de peligros y lo ha hecho sin que le temblara el pulso. Se metió con la historia argentina, esa que nos enseñan en la escuela en blanco y negro, con héroes y villanos y ninguna mujer y que, recién de grandes, descubrimos plena de matices y pasiones salvajes.

En buena medida esos matices, esos retazos que la historia oficial omite por pereza o interés es la esencia de la obra de Canale, desde Pasión y traición hasta La hora del destierro, el último capítulo de su trilogía sobre la vida de Juan Manuel de Rosas que acaba de llegar a las librerías rosarinas.
—Tu nueva novela, La hora del destierro, cierra la trilogía que gira en torno a la vida de Juan Manuel de Rosas, uno de los personajes difíciles, si los hay, de la historia argentina, ¿por qué lo elegiste?, ¿cómo te atreviste a abordarlo?
—Soy bastante atrevida, evidentemente. Rosas sigue hoy despertando pasiones encontradas, odios y amores en igual medida, pero me parecía que este hombre que partió el siglo XIX en dos merecía que se cuente su historia. Al principio iba a ser una novela y fueron tres, y al fin llegó el final, porque fue mucho tiempo con este hombre muy cerca y necesitaba que se fuera un poco.
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—Antes de la trilogía de Rosas escribiste sobre otros personajes históricos, San Martín, en Pasión y traición, y Belgrano, en Amores prohibidos, pero no los abrazaste tanto tiempo, ¿qué te retuvo junto a Rosas?
—En mis primeras novelas, en las que me meto con Remedios de Escalada y San Martín y Belgrano, no hay grandes disputas, todo el mundo está a favor de estos dos próceres, con Rosas es diferente. Empecé escribiendo una novela, me di cuenta de que estaba dejando mucho afuera o escribir un libro de mil páginas y era un poco insoportable y la editorial me propuso hacer una trilogía y me pareció una buena idea. El primero era la infancia y el primer gobierno; el segundo, el segundo gobierno, con su mujer muerta y la preponderancia de Manuelita, su hija, y el tercero, Caseros, el exilio y lo que quedó de Buenos Aires después de esa batalla.
—Contás tus novelas como si trataran de la historia argentina, como los manuales que leímos en la escuela, y no es así, van más por la cuerda romántica, las historias de amor relacionadas con estos personajes tan importantes en la historia argentina.
— Lo que conocemos de estos hombres, y de las mujeres mucho menos, es su costado público, político, San Martín cruzó los Andes, Belgrano creó la bandera, que son las cosas que conforman a estos hombres, pero la verdad es que se cuenta poco y nada de la vida íntima de estos hombres y la tuvieron, miserias, oscuridades, traiciones, y Rosas ni que hablar, vivió ochenta y pico de años, murió en Southampton, lejos de su patria, en el destierro, el peor castigo que un hombre puede recibir, al menos según los griegos, y sus mujeres, las que podía mostrar y las que no podía mostrar tanto quedaron en Buenos Aires bastante desprotegidas, en la indigencia, una internada en un loquero. No la pasaron muy bien esas mujeres que disfrutaron del rosismo, todas las prebendas de las que habían podido disfrutar no estaban más.
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—Resulta tan difícil hoy, con el acceso a la información que tenemos, donde parece que uno se puede enterar de todo y después se da cuenta de que no se entera de nada, conocer ciertos aspectos de las personas públicas, ¿cómo se hace para poder lograrlo con los que ya no están, con personajes del pasado?
—La investigación es ardua, intensa, profunda, a mí me gusta mucho investigar, no le hago asco a eso, la paso genial. Yo trabajo con un historiador, Diego Harguindeguy, a quien consulto, y trato de leer todo lo posible. Por supuesto que no hay documentos firmados de las infidelidades o de algunos actos que intentan pasar en la clandestinidad, pero las cosas van apareciendo con el tiempo. Ese primer hijo que crían como propio Encarnación Ezcurra y Juan Manuel de Rosas, que en realidad no es hijo de ellos, porque en realidad es hijo de la hermana de Encarnación y Manuel Belgrano, es una historia que surge con la investigación exhaustiva de la historia.
—Pero tus libros son novelas, no historia, tal y como se entiende desde el punto de vista científico, y eso te da una gran libertad de estilización de los hechos.
—El género es novela histórica, los hechos son los históricos, pero mi relato está amparado por el género. Yo escribo una novela, armo las escenas, escribo los diálogos, muchos de ellos mantienen las palabras de los personajes, sobre todo en esta última novela donde hay escenas en las que Manuelita habla con su padre y yo uso sus palabras, que conozco porque hay muchas cartas de Manuelita y eso me permitió poder reproducir su voz.
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—¿Cómo Encarnación Ezcurra, que ocupa un lugar importante en la trilogía y en decisiones clave de la historia argentina y que uno imagina como una mujer sensible, se enamora de un hombre sanguinario como Rosas?
—Todavía no era sanguinario cuando ella lo conoce. Se conocen a los 18, 19 años, Rosas era un soltero codiciado, guapo, hombre de campo, no era político, no estaba en la mente de Rosas ser político, quiebra su destino y entra en la política a pesar de sí mismo. Era evidente que Encarnación se enamorara de Rosas, lo notable es que él se enamorara de ella. Era un tipo interesante, todavía no era sanguinario, después quiero decirte que estaban a la par, fueron cómplices en todo sentido, en el amor y en el espacio público. Encarnación fue la primera mujer política en el espacio público, cuando Rosas se va a la Campaña del Desierto, ella se queda bancándole el territorio, ella se queda con las armas en la casa, ella fue su principal asesora, y ella y la madre, desde otro lado fueron las artífices de la construcción del mito de Rosas.
—En tu versión de la historia de Rosas, y espero que no sea intencionada, su mujer, Encarnación Ezcurra, juega un papel importante, clave, indispensable. ¿Fue así o te dejaste llevar por las necesidades, a veces inevitables, que impone la ficción?
—Encarnación era el espejo perfecto para Rosas, ella en las cartas que le escribía le hacía pulgar para arriba o pulgar para abajo a cuanto hombre se le acercara, ella tomaba muchas decisiones, ella fue la iniciadora, la constructora de la Mazorca. Cuando el hombre estaba afuera ella reunía a los muchachones y los mandaba que fueran a apedrear tal casa, a amedrentar a tal hombre porque es un enemigo. Este era un modus operandi de la provincia en general, no quiero decir que lo hicieran solamente los federales o Rosas o el rosismo, ahí había una batalla sorda y a veces a los gritos de los dos lados.
—¿Y a vos te parece que eso cambió mucho en la provincia de Buenos Aires hoy...? Me refiero a las mujeres bravas, a los enemigos mortales, a una forma de hacer política en el borde de la violencia.
—No, eso está en nuestro ADN, nosotros somos eso, lo interesante es bucear en el pasado para entender de dónde venimos y cuáles son los motivos por los que tomamos ciertas decisiones. Me parece que la diferencia está en que en el siglo XIX estaba todo por hacerse, ahora pareciera que está todo hecho y no sé si la manía es romper todo. En aquella época no había Nación, no había país, estaba la ambición de la construcción, armemos un país, tengamos nuestra Constitución, saquémonos los enemigos de encima. Ahora también existe una lucha de amigos y enemigos, pero no corren ríos de sangre como en esos tiempos, aunque las luchas son iguales de feroces, tal vez a puertas cerradas.
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—Tras la muerte de Encarnación Ezcurra, Manuelita, la hija de Rosas, ocupa el lugar de la madre, un lugar central en la vida de su padre. Esa es la historia que contás en La hora del destierro.
—Ya en Sangre y deseo, muerta Encarnación, Manuelita pasa a ser una suerte de canciller, que no está en funciones porque había un canciller, que era Felipe Arana, pero Manuelita es quien recibe a los negociadores, ella y sus amigas reciben en Palermo a hombres locales y extranjeros que intentan hacer negocios con su padre y además, por supuesto, trata de ocupar aquel lugar que había detentado Encarnación. Manuelita suprime toda posibilidad de armarse de una vida en pos de la de su padre, su padre así lo pretende además, dicho explícitamente, "no tendrás marido, no tendrás amor, no tendrás nada, te vas a quedar a mi lado".
—Pero ella se casa.
—Ella después se casa, logra romper con su padre, entre comillas, porque después se reconcilian. Rosas en cuanta carta que escribe dice "esa traicionera me abandonó", era su hija. Los rumores existían de que había una relación incestuosa, la prensa opositora, desde Montevideo, publicaban que el monstruo de Rosas llevaba a su pobre niña a la cama con él, es algo que circulaba. No puedo asegurar bajo ningún concepto de que haya sido así, lo que sí puedo decirte es que era una relación muy estrecha, hoy, después del psicoanálisis, después de Freud, te puedo decir que deber haber sido muy difícil para esa hija poder matar al padre y poder hacerse de una vida, porque este tipo era de una sobreprotección feroz.
—A lo largo de la investigación para escribir la historia romántica de Rosas te tenés que haber encontrado con sus rivales, con sus enemigos y con el antagonista, Urquiza, ¿qué impresión te dejó?
—Al principio la verdad sentí que era un traicionero bestial, pero después fui entendiendo que estos eran devenires inevitables, estaba ahí la lucha por el puerto, todo era el centralismo de Buenos Aires y el resto de las provincias andaba ahí rogando que las miraran un poquito, que no todo pase por Buenos Aires, esto sucede aún hoy, esto es algo que no se ha terminado de resolver. Era lógico entonces que Urquiza quisiera la plata para Entre Ríos y que no quisiera entregarle todo a Buenos Aires y como Rosas estaba teniendo demasiado poder para todos, no solo para el resto del territorio, porque todavía no éramos un país, entonces lo voltearon. Habría que terminar con la repetición del discurso vacío, porque hasta algunos de los enemigos de Rosas lo reivindicaron o pusieron en perspectiva algunas de las decisiones que había tomado.
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—No hay que olvidar que uno muchas veces se forma opinión para hacer algunas de las afirmaciones temerarias en función de lo que le han enseñado y en la escuela han sido muy mezquinos a la hora de enseñar la historia argentina.
—Exactamente, se ha dado una información muy pobre, que se reducía a que San Martín cruzó los Andes, Belgrano creó la bandera y Rosas era un caudillo malo, y no hay un solo matiz. Lo interesante de estos tipos es que eran hombres, con sus miserias, con sus lados oscuros, con sus secretos, y mirá vos que a pesar de eso los tipos fueron inmensos, porque tenían ideales y porque iban detrás de esos ideales e intentaban no traicionarse, y eso los hace mucho más grandes. Si nos quedamos con que San Martín cruzó los Andes y no sabemos de dónde venía, cuál era ese plan que traía de antes, lo que hizo para llegar adonde llegó, nos falta una parte importante de la historia y no la vamos a entender en su real magnitud. No nos podemos quedar con que Belgrano era solamente el creador de la bandera y el de la pierna cruzada y la calza blanca de esa pintura, era mucho más que eso, era el tipo que en la Semana de Mayo si el virrey no se iba lo iba a tirar por la ventana, era violento Belgrano también, tenía ideas bastante sangrientas.
—Pero era una época violenta, en la que las diferencias se dirimían a sangre y fuego, literalmente.
—Corrían ríos de sangre y podías ver en las calles ríos de sangre y en lo que es hoy la Plaza de Mayo picas con cabezas clavadas, pero así eran esos tiempos. Para los que ven series históricas y les parecen extraordinarias, así era ese mundo, para comprenderlo hay que verlo con esos ojos, no con los ojos de hoy, no piensen "¡qué barbaridad, Belgrano no!", sí, Belgrano andaba con mujeres casadas, sí, tuvo un hijo que no conoció y tuvo otro hijo con una señora casada joven. Sí, era así.
—En tus novelas te animaste a meterte en un terreno que ha sido exclusivo de historiadores, ¿cómo lo tomaron?, ¿recibiste críticas?
—Me ha pasado, nunca de mala manera. En alguna presentación, algún trasnochado, alguien del Instituto Sanmartiniano expresó su preocupación porque yo hubiera tratado de cornudo a San Martín cuando él mismo, en una de las cartas a Tomás Guido, se trata a sí mismo de cornudo. Yo no intento de ninguna manera derrumbar estos mitos, sino agigantarlos aún más. Hay una disputa entre la Academia y los historiadores que son divulgadores, en la que yo no entro desde ningún punto de vista. Ellos hablan de la historia y yo novelo las historias de la historia, con mayúsculas, pero yo hago otra cosa.

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