Cultura y Libros

La vibración de una voz

Los ciclos de lectura en bares son un rasgo esencial del campo literario rosarino. Accesibles, libres y gratuitos, crecen y perduran, se abren a todo público pero a la vez están en un borde. Cualquiera de estas noches es posible ser testigo de la literatura que nos nombra, de la palabra que late.

Sábado 17 de Noviembre de 2018

"El momento del texto no es/ el contratexto leído y/ qué felicidad o desdicha /pasa entre ellos, quién sabe", dice Juan Gelman en Lectura de poemas con público. Mucho de eso efímero, encantador, vital, capaz de conmover o aburrir cuando menos se lo espera ocurre en Rosario desde hace décadas entre las mesas de los bares, mientras alguien entra y sale, el colectivo toca bocina, la moza sirve una cerveza y hace ruido la máquina de café. La literatura en vivo se traduce en acontecimientos gratuitos y periódicos, que adquieren formato de ciclos y a veces se extienden por años, más allá de la voluntad del mercado, el Estado, la Universidad, los medios y generalmente al margen de todos ellos. Allí se reproduce el ritual del encuentro y la escucha colectiva de la vibración de una voz, la del poeta que está vivo y pronuncia su palabra.

La ciudad tiene un movimiento poético que late casi todas las noches en los bares del centro, más allá de espacios consagrados o específicos como centros culturales y académicos, bibliotecas o teatros, o el propio Festival Internacional (Fipr) que ya lleva 26 ediciones. Desde otros puntos del país este panorama se ve y experimenta, ya que los escritores que están de paso encuentran en los ciclos una palestra para mostrarse, interactuar y conocer a sus pares; en otras ocasiones vienen invitados especialmente, lo que hace posible el intercambio y enriquece el panorama, nutre al coro. Los poetas entonces están al alcance de la mano, o del oído, aunque un fenómeno tan genuino, independiente, autogestivo y diverso no necesariamente es conocido por el grueso de los rosarinos. ¿De qué se trata esto que crece por sí y perdura, frente a todos pero en un borde, erigiéndose sin pedir permiso en rasgo de la cultura?


Ayer nomás, acá a la vuelta

Esta singularidad de acá nomás, a la que quizás por excesiva cercanía no se atiende o reconoce, tiene una referencia cercana ineludible: el ciclo Poesía en los Bares, que con frecuencia semanal y quincenal se prolongó durante más de una década. A fines de los años noventa se sucedían lecturas colectivas en locales gastronómicos con perfil cultural como por ejemplo La Muestra, de Juan Manuel de Rosas y San Luis, o La Puerta, que funcionaba en Entre Ríos al 600 y donde se llegaron a dictar talleres y charlas de poesía a las que asistía un piso de cien personas. En el año 2000 el poeta Hugo Diz quedó al frente de la movida que recogía algo de este espíritu y junto a otros coordinadores se multiplicaron en varios bares de la ciudad, con el apoyo de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad. A pesar de su nombre, el ciclo supo incorporar también la prosa. Rodó por el Café de la Ópera, La Casa (antes Café de la Flor), Papá Charles, La Muestra y La Subsede.

Contemporáneamente había nacido el espacio de poesía del teatro El Círculo —que en 2018 cumple veinte años de actividad ininterrumpida y organizó incluso festivales internacionales— al tiempo que se afianzaba el Festival con auspicio de la provincia y el municipio. Rosario se configuraba como una plaza donde la literatura leída en voz alta generaba interés, no sólo desde lo oficial e instituido sino desde distintas direcciones, corrientes y contracorrientes. Donde los lugares desacralizados también eran elegidos para anidar, y en ese gesto expandir el público. El abanico recorre lecturas más solemnes, con presentadores que desgranan extensos currículums, a instancias informales donde los autores se introducen a sí mismos y dialogan con otros lenguajes —música, danza, teatro, artes visuales—, aparecen voces emergentes, performances, y hasta slams (concursos) de poesía oral.

Un ciclo ya tradicional, que pervive desde el 2000, es Arte por la Paz. Coordinado por Bernardo Conde Narvaez, pasó por bares como La Fávrika, La Muestra, Lennon, La Subsede y Chavela, hasta que se instaló en la librería Paradoxa (Mendoza casi Maipú) cuando ésta abrió hace dos años. En su primera edición, hace dieciocho años, fueron invitadas a leer ocho personas, entre poetas y narradores, cantó la poeta Sonia Contardi y expuso la artista plástica Graciela Sacco, dos grandes del arte de la ciudad que ya no están. Nacía un formato que pretendía incluir otras expresiones además de la literatura y llegó a recibir el reconocimiento de la Unesco. Conde Narvaez, recientemente distinguido por el Concejo Municipal por su labor como gestor cultural, cuenta que a las actividades siempre las organizó los días de semana, que no cobró ni fue subsidiado por su tarea, como tampoco los artistas.

Las reuniones, ahora mensuales, se plantean como "lugares de encuentro, exposición y visibilización, para que autores de todas las edades muestren lo que hacen y lo compartan; luego el público decide quién le gusta más o menos y en eso también incide la forma de leer para que el trabajo no se pierda", agrega Bernardo, además al frente del ciclo Poesía en el ECU junto a la escritora y pianista Ana María Cué. Arte por la Paz, rememora, arrancó a partir de la propuesta del grupo Poetas del Boulevard de armar un ciclo sobre derechos humanos.


Nuevos aires

El siglo XXI daba sus primeros pasos y nuevos protagonistas buscaban darle una vuelta de tuerca al campo poético, además de habitarlo. Fue la época en que despuntaron —entre otros— Poetas del Tercer Mundo, que tomó nombre del bar donde se realizó durante tres años, en Rioja casi Sarmiento; Miércoles de Rehabilitación Artística y Poetas Corrientes (con encuentros semanales en Corrientes 1380, luego La Chamuyera, ya cerrado); y Ciclotimia en Jekyll & Hyde, organizado por Tres Cabezas Producciones, equipo del que formó parte Fabricio Simeoni. El ciclo se llevó a cabo religiosamente cada martes en la ochava de Mitre y pasaje Zabala desde 2010 hasta el año pasado, combinando música, poesía y cine. Dejó tal huella que al morir el poeta se juntaron cientos de firmas para que el Concejo Municipal le impusiera su nombre al pasaje. Un año después, en 2014, esa pequeña calle empedrada que asoma en la plaza de la Cooperación y se comba hacia Sarmiento pasó a llamarse Fabricio Simeoni.

"En Tercer Mundo pasó de todo, hubo piñas y sexo", sintetiza la poeta Alejandra Méndez. Tras oficiar como una de las presentadoras de Poesía en los Bares, en 2007 arrancó un ciclo propio con su par Leandro Llull en un pub que ya bajó las persianas. "Cuando Leandro se abrió seguí sola, por lo general iban invitados de Rosario pero también de afuera. Si te quedás con el establishment escriben pocos pero si abrís el juego hay muchos escritores, aunque no tengan libros publicados. Mi idea fue que leyera un poeta con trayectoria, alguien con menos recorrido, un alumno de taller. Iba por las mesas y les preguntaba a los habitués si escribían; cuando contestaban que sí los invitaba a leer. Por eso muchos me dicen que los hice leer en público por primera vez", apunta esta mujer que llegó hace dos décadas desde San Cristóbal para estudiar psicología y hoy se destaca como gestora y difusora de la poesía y de los poetas de la ciudad. Co-coordina el Área de Letras del complejo cultural Atlas y el ciclo de poesía de la Biblioteca Argentina.

Algo fuerte pasaba cada lunes en Tercer Mundo, algo del orden de la celebración y la confluencia que iban construyendo los parroquianos. Tanto es así que en determinado momento cobijó al Festival: fue allí donde se inauguraron en 2009 las lecturas de trasnoche, que continúan en la actualidad en otro bar. "Hicimos presentaciones de libros, le metíamos música y pintura, había un cruce con otras disciplinas. En ese momento ciclos como Poesía en los Bares y Arte por la Paz tenían formatos más tradicionales y clásicos, donde se invitaba a gente reconocida, que se sentaba en una mesa a leer. Queríamos hacer algo distinto, sentíamos que faltaban voces y otras ondas. Empezamos a romper un poco con eso. Yo me preguntaba: «¿Dónde están los jóvenes? ¿Donde están los alumnos de los talleres? ¿Qué fusión se da con otras artes?». De esas preocupaciones surgió el ciclo de Tercer Mundo", recuerda Méndez.

"Desde que vine a vivir a Rosario en 2006 y me siento rosarina, veo que la ciudad siempre ha tenido esa intención, la de pensar sus ciclos en relación a sus poetas. El nuevo movimiento es cuidar lo de aquí pero también abrirse al resto del país, que vengan aquí a leer y fuera de Rosario se sepa lo que estamos haciendo", lanza Rocío Muñoz Vergara, nacida en Sevilla y activa participante de la escena literaria local. Junto a la escritora Maia Morosano dirigió el ciclo Poetas Corrientes y la editorial Espiral Calipso hasta 2015. Ese año arrancaron con su pareja Luis Beto Steinmann —con quien acaba de abrir la editorial El Salmón— y el poeta Federico Rodríguez el ciclo A 4 voces, en el bar Oui de Sarmiento y Mendoza. En 2017 hubo un cambio en el equipo: salió Maia y entró Laura Brandazza. Con experiencia en la producción cultural —no sólo son escritores sino también gestores—, el grupo ha convocado ya a 224 autores, entre poetas, narradores y dramaturgos.

A 4 Voces comenzó con frecuencia semanal, pero —en eso coinciden todos los consultados— les insumía tanta energía la organización que se estiraron a una frecuencia mensual y fijaron el sábado como fecha de encuentro. Llevan un promedio de cien personas por edición; siempre traen a un autor argentino que no reside en la ciudad, al que le cubren el pasaje y la estadía; piden a los asistentes una colaboración mínima de cincuenta pesos y les pagan doscientos pesos y una consumición a los escritores que exponen. Entienden que se trata de algo simbólico y como tal opera en términos de retribución, esa que los poetas casi nunca reciben y de la que tampoco hablan demasiado. "Hay una relación de ciertos sectores entre lo artístico y el ocio; los músicos y los teatreros ya lo han resuelto, a la literatura le está costando", advierte Rocío y Beto aclara: "A algunos autores que no querían aceptar (el dinero) les decíamos que se llevaran un libro de la feria, se copaban y lo hacían".

Otro acierto del ciclo que va por su cuarta temporada es la feria de editoriales, donde los autores invitados tienen la posibilidad de dejar libros para la venta. Pueden obtener así un ingreso derivado de su performance y para los lectores también representa una oportunidad de conseguir ejemplares que no siempre son accesibles y allí se ponen a disposición. Sólo hay una apertura breve de otra disciplina artística destinada a preparar el ambiente y, tras las lecturas en un pequeño escenario, una ronda de preguntas para los escritores, además de un sorteo entre quienes hicieron su aporte económico —no pasan la gorra sino la maceta, "para que todos la rieguen"—. El ciclo es autosustentable y hasta cosechó un sponsor, Bocha Helados, que se la jugó por este cuarteto de emprendedores culturales con edades entre los treinta y cuarenta años. Todos rasgos que hace poco hubieran resultado impensables o impracticables en el ruedo poético local.


Aquí y ahora

Por suerte esa arena permanentemente se reconfigura. Este año Ciclotimia sube a escena cada tres meses en el Atlas, de la mano de Pablo Castro Leguizamón y Erika Aristides, con una propuesta más espectacular; el ciclo literario Casa Tomada, que pasó del local del ateneo John William Cooke al centro cultural QTP en Pichincha, lleva ya treinta ediciones desde que salió a la cancha en septiembre de 2017; y entre otras propuestas de lecturas aun en medio de la crisis asomó el ciclo Tirada de Poemas, que conducen miércoles de por medio Alejandra Méndez y el poeta Cristian Molina en Casona Yiró.

La mansión colonial que funge como bar, alberga recitales, talleres y actividades artísticas o terapéuticas, está ubicada en San Lorenzo al 2100. En una de sus muchas habitaciones, cuatro poetas de Rosario de diversas extracciones leen en voz alta sus textos como quien tira cartas de tarot y el público trata de extraer algún sentido, cuenta Molina. Alejandra amplía: "Tirar poemas es escapar a la formalidad de los ciclos acartonados, tiene una connotación relajada. Los oyentes dicen qué emoción les disparó tal o cual imagen o metáfora, y se generan lindos debates".

"Buscábamos una dinámica distinta a los ciclos que ya están en la ciudad, donde se lee desde un micrófono y hay una lógica de show a la que no nos oponemos pero queríamos que el público se comprometiera más, que se generaran intercambios", añade Molina con entusiasmo. "No pretendemos que los poetas tengan un estilo ni representen nuestros gustos e intereses sino que el espacio sea de verdadero contacto en una comunidad hecha por diferencias. Eso crea climas en relación con los tonos afectivos o emocionales pero también con lo estético, cómo cada uno escribe poesía", agrega. A pesar de que a algunos autores no les ha resultado fácil recibir ciertas devoluciones o toparse con visiones distintas a las propias, la cosa se resolvió en un ambiente de distensión, el que propicia la intimidad del living donde se desarrolla la lectura.

"En el ciclo la pasamos bien, nos vamos con algo que nos permite sobrevivir a la realidad", resume Molina, investigador y profesor universitario. Federico Rodríguez, de A 4 Voces, convalida: "Lo más luminoso es descubrir la literatura que pasa en la ciudad, conmoverse frente a lo que está vivo". Con esa materia maravillosa parecen estar tejidas las redes donde la poesía se deja atrapar, y en las que invita a enredarse.

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