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La última partida

Hace un tiempo, cuando leí una noticia sobre el revuelo que se había generado en Melincué porque el intendente había ganado un torneo de póker, enseguida pensé que si mi padre alguna vez hubiera sido presidente comunal de Bigand no habría renunciado a su mesa de póker.

Domingo 17 de Junio de 2018

Hace un tiempo, cuando leí una noticia sobre el revuelo que se había generado en Melincué porque el intendente había ganado un torneo de póker, enseguida pensé que si mi padre alguna vez hubiera sido presidente comunal de Bigand no habría renunciado a su mesa de póker. Es más, no había nada en el mundo que lo hubiera hecho abandonar una partida de naipes. Recuerdo que él contaba que en los duros tiempos del onganiato, cuando no se podía jugar al póker ni en las casas ni en las habitaciones escondidas de los clubes del pueblo, tuvieron una idea genial. Noche por medio mi padre y tres amigos se subían a un automóvil y después de andar 5 o 10 kilómetros por caminos rurales, cuando encontraban el sitio adecuado, es decir, el lote de maíz más alto y tupido, estacionaban el auto en el rincón más oscuro, entraban en fila india al maizal con una bolsa cada uno al hombro, caminaban unos 150 o 200 metros, y luego de abrir las bolsas sacaban los machetes para abrir un claro donde entrara nada más que la mesa plegable y las cuatro sillas, la lámpara portátil y el termo de café, y así jugaban al póker hasta el alba. Claro que este plan sólo funcionaba durante el tiempo en que el maíz superaba el metro y medio de altura.

A mi padre siempre lo llamaron Pichola y yo nunca supe por qué. Nadie supo explicármelo. Mi madre, mi abuela o mis tíos sólo balbuceaban cosas sin sentido cuando intentaban bucear en el origen del sobrenombre. Así que Pichola significaba sólo Pichola. Mi padre tampoco sabía bien de dónde venía el nombre ni tampoco quién se lo había puesto. Lo que sí sabía el pueblo entero es que Pichola era un tipo frío como el filo de una navaja para jugar al póker. Cerebral y serio, no se lo tomaba en broma. Podía arrancar una partida a las tres de la tarde y terminar a las dos de la mañana del día siguiente y no perder la concentración en ningún momento. No fumaba ni tomaba alcohol cuando jugaba. Era realmente un profesional. En casa, por la mañana, solía encontrarme una bolsa llena de chocolates sobre la mesa de la cocina; era parte de los gastos que tácitamente debían cumplir con los mozos que les llevaban comida, café y bebidas a los jugadores del cuartito escondido. Yo feliz con las golosinas diarias; mi madre no tanto.

Mi padre no solía quejarse por problemas de salud, y eso que sufría de migraña crónica. Dormía hasta el mediodía y a veces pasaba días en el dormitorio con las luces apagadas y las persianas bajas, en absoluta oscuridad, por los fuertes dolores de cabeza. Pero no recuerdo queja alguna. Sí me acuerdo de una semana infernal, donde en medio de las puteadas pedía una explicación de por qué le había pasado eso justamente a él. Ocurrió que una mañana se levantó con el dedo pulgar de la mano derecha totalmente duro, hinchado y del color del tomate maduro. No lo podía doblar y le dolía muchísimo. Según el médico el maldito dedo se había luxado o dislocado por el constante orejeo de los naipes en el instante en que el jugador descubre qué juego ligó. Pichola era de los jugadores que cuando recibía los cinco naipes de la jugada los iba colocando uno sobre el otro, para luego mirar sólo el primero y hacer aparecer lentamente por encima de este cada uno de los naipes, provocando en este mágico instante el llamado orejeo del borde del cartón, momento en que el dedo pulgar hace una importante presión sobre el índice. Bueno, lo cierto es que así mi padre se dislocó el dedo gordo de la mano derecha y eso lo puso bastante mal, sobre todo porque el médico le había prohibido terminantemente por una semana jugar al póker. No había derecho de que le pasara eso a él, se quejaba; al fin y al cabo esa era no sólo su profesión sino el sentido y la pasión de su rutina. Esa semana lo invadió el malhumor mezclado con una profunda tristeza. Así era Pichola, mi padre. También era un buen tipo: generoso con todos, dentro y fuera de la familia.

Pichola llevaba el vicio del juego en la sangre desde jovencito. No sólo había jugado al póker. Codillo, truco, rummy, chinchón, blackjack y hasta el mus habían pasado bajo sus dedos y la mirada atenta de sus ojos oscuros. Una tarde me contaron que de joven mi padre y su grupo de amigos solían tomar el vermut en el club y colocaban diez montoncitos de azúcar sobre la mesa, entonces cada uno apostaba en qué montañita azucarada se iba a posar la primera mosca. También a veces se cruzaban hasta la cancha de pelota paleta y apostaban a qué pareja de jugadores iba a ganar el partido. Jóvenes y aburridos. Con los años varios de ellos profesionalizaron esa pereza de buscar un destino distinto. Pichola era uno de estos personajes y se mantuvo fiel en su camino hasta el final, cuando su automóvil voló literalmente en una curva aceitosa al regresar una noche a su querido pueblo tras la última partida de póker en la puta ciudad.

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