La muerte duplicada, o el deber del poeta
La cuidada edición de Homo Sapiens tiene una tapa muy sugerente, pero a la vez muy sombría... Es que en la foto que firma Carlos Prieto hay una luz rielando sobre un agua negra y espesa, no con la placidez de un reflejo lunar, sino con la alarmante porfía de un reflector taladrando la noche.

Domingo 01 de Septiembre de 2019

La cuidada edición de Homo Sapiens tiene una tapa muy sugerente, pero a la vez muy sombría… Es que en la foto que firma Carlos Prieto hay una luz rielando sobre un agua negra y espesa, no con la placidez de un reflejo lunar, sino con la alarmante porfía de un reflector taladrando la noche. Pienso en el río que daba nueve vueltas alrededor de los infiernos, hasta conformar la célebre laguna Estigia y —a posteriori de leer el libro— en el río de la Plata… ¿O acaso el río de la Plata no fue también, a su manera, un río de los infiernos y un río de los muertos, durante la última dictadura cívico-militar?

Y después está el título, que sorprende por lo inesperadamente paradójico: La muerte duplicada… Porque la muerte, como la vida, salvo que uno crea en la metempsicosis, o en alguna otra forma de reencarnación por el estilo, son episodios unitarios por excelencia: hay una sola vida y una sola muerte, de modo que una "muerte duplicada" suena a una suerte de castigo particularmente encarnizado y hasta, me atrevería a decir, sanguinariamente diabólico.

La respuesta nos la dará el propio libro que Sebastián Riestra dividió en tres secciones: I. La primera vez, II. La otra muerte y III. Vienen.

En la primera sección, el tema es la masacre que consumó el terrorismo de Estado durante el último gobierno militar, tema que Riestra encara con lenguaje llano, directo, sin circunloquios ni ornamentos, y con un enfoque tan "descarnado", como descarnados están ya los muertos que sembró—así en la tierra como en el agua— la que sin duda fue la etapa más sangrienta y oprobiosa de la reciente historia argentina.

Se trata de poemas breves, a punto tal que algunos son apenas un dístico, por lo que no puedo dejar de evocar aquel famoso epigrama (brevísimo) de Simónides, un autor griego que vivió entre los siglos VI y V a.C., cuyo tema son los espartanos aniquilados en la batalla de las Termópilas, y en el que los muertos "le ordenan" al poeta que vaya a recriminarles a sus conciudadanos: "que aquí yacemos por obedecer a sus palabras".

Pero este laconismo de Riestra será contrabalanceado por la desmesurada extensión de ciertas enumeraciones en las que registra, con sumo detalle, qué vestían, qué bebían, qué consignas cantaban o escribían en las paredes, qué películas veían, qué comían y hasta qué cigarrillos fumaban —en los años setenta, claro está— las víctimas del Proceso…

En un primer momento estos inventarios, que cautivan por su implacable precisión, me remitieron a los Cantos de Ezra Pound, aunque no tardé en corregirme y en cambiar aceleradamente de rumbo: es que comprobé que esas enumeraciones con las que el poeta nos persigue y nos abruma, se parecían demasiado a las escalofriantes clasificaciones de huesos que hacen los especialistas forenses, cuando se proponen identificar a un grupo de NN, desenterrado de alguna fosa común…

El accionar de Riestra es un escarbar en las ruinas del pasado, para tratar de rescatar y de "restaurar" una identidad perdida, y también un abordaje arqueológico, pero como lo entiende la genial Wislawa Szymborska cuando en su poema Arqueología apunta: "Muéstrame tu nada,/ la que ha quedado de ti,/ y reconstruiré con eso el bosque y la autopista,/ el aeropuerto, la infamia, la ternura/ y la casa perdida".

Las obstinadas enumeraciones acumuladas por el autor se erigen así en homenaje y reivindicación, frente a una realidad melancólicamente extinguida o, para abandonar los eufemismos, cobardemente asesinada…

La segunda parte, La otra muerte, es de una inmediatez tan dolorosa, que nos cruza la cara como un cachetazo. Lo que el poeta denuncia en este segundo segmento de su libro —y con no disimulada furia— es la reciente entronización democrática de los reaccionarios, de los plutócratas, de los opresores y de los retrógrados de mano dura, situación que ya ha infestado a más de un país de América Latina, y que su poema Aquí resume en estos términos: "En este país horroroso/ que aplaudió la caída de sus mejores hijos/ y vendió su futuro por monedas/ no hay salida posible porque lo que está cerrado/ es el pueblo", y más adelante "… en este país / no hay ninguna razón para quedarse / salvo que uno esté muerto".

Hasta allí "la muerte duplicada", esa doble muerte infligida, primero por el tirano y su cruento aparato represivo, pero seguida de otra muerte, asestada como un mazazo por la inconsciencia o la estupidez de los que, en lugar de haber oficiado de idiotas útiles, deberían haber comprendido que era muy otro el camino a emprender, para erradicar la lacra inveterada de la explotación y la injusticia…

Y por fin la tercera sección, Vienen, es un canto de esperanza… vacilante tal vez, susurrado quizá, pero no por eso menos intenso ni menos poderoso. En tal sentido, Mareas, uno de los poemas que integran este tramo final del libro, declara: "Y están los que jamás se rendirán./ (Estos últimos saben que la historia es como el mar:/ hay flujos y reflujos, mareas y bajamares./ Ahora estamos en plena bajamar. Pero no hay bajamar/ que dure para siempre)". Como dice la sabiduría popular, la de los marginados, la de los hambrientos, la de los parias que acuden presurosos desde todos los rincones de la historia: "No hay mal que dure cien años".

Por eso para reseñar la arriesgada empresa que se impuso Sebastián Riestra —y que llevó a cabo con sobrada eficacia— al escribir La muerte duplicada, recurro a los versos de un gran perseguido por las huestes de la normalidad institucional, como lo fuera el marsellés Antonin Artaud: "EL DEBER/ del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto, un libro, una revista de los que ya nunca más saldrá, sino al contrario salir afuera/ para sacudir/ para atacar/ a la conciencia pública/ si no/ ¿para qué sirve?/ ¿Y para qué nació?".